No todo es cancelación
“Señores, voy a serles franco, estoy hasta los cojones de todos nosotros”, es la mítica frase de Estanislao Figueras, presidente breve de la Primera República; que tire la primera piedra quien no se haya identificado con ella alguna vez, quien no haya considerado proferirla. Una atiende esta semana al estado de las batallitas y guerras que se dan en el mundo de la cultura y no le queda otra que identificarse con ese espíritu. Esta semana hemos tenido dos polémicas paralelas, con discusiones muy sonadas y réplicas y contrarréplicas, valientes columnistas, teclado en mano, corriendo a defender cualquiera de sus causas: la primera, con el boicot organizado por sus propios participantes a la participación como principal patrocinador de Allianz en el Festival de las Ideas, con motivo de las inversiones de la aseguradora alemana en bonos de guerra del Estado de Israel; la segunda, con la participación o finalmente no participación de la escritora argentina Ariana Harwicz en otro festival, que tendrá lugar en la Universidad de Granada.
Se han mezclado churras con merinas todo el rato. Por desgranar cada una de ellas en orden, y separar especies animales: me pongo en el lugar de los participantes del Festival de las Ideas, en el cual yo misma he participado en ediciones anteriores, y entiendo perfectamente su postura y el pudor, la negativa a recibir un caché (tampoco es que estemos aquí hablando de cifras desorbitantes) manchado o vinculado a la sangre de ciudadanos gazatíes exterminados por un régimen asesino como el de Netanyahu. Un artículo magnífico de Belén Gopegui sobre Carmen Martín Gaite, publicado ya hace muchos años, hablaba de la fuerza de los noes frente a la exaltación en muchas ocasiones de los síes: “La historia de los que dicen que no. Ésta es, aunque no lo parezca, la historia más pública que existe; el no es hoy lo más público que tenemos, tal vez por ser lo único que no se cuenta”. El no a esa participación no es exactamente un no tan privado, porque ha sido un manifiesto y porque ha sido una declaración pública; eso no le resta valor, pero lo central es no convertirlo en una medalla. Da mucho pudor ver cómo en ocasiones la exhibición de integridad moral es una coartada para el narcisismo.
Conste que entiendo los matices. Entiendo que, si rascas lo suficiente en cualquier aspecto del capitalismo financiero, no hay riqueza inocente (esto es Chirbes), no hay dinero (no en España, no fuera) que no se erija sobre cadáveres y violencia, connivencia o silencios. Si nos escoramos al lado completo de lo intachable, quizá la única opción que quede sea, en el fondo, no hacer nada, o no hacer nada bajo el signo del espectáculo; también es esa una opción incompatible con la vida, que exige trabajar para vivir y, en el caso de agentes culturales, poner la cara, también la moral, el discurso, el oficio. Entiendo la importancia de la circulación de ideas, el debate, etcétera. Pero oigo lo que se dice sobre ese boicot desde el otro lado y me desaparecen los matices y reparos. Me parece un delirio terrible afirmar, a partir del boicot a quién financia algo, a quién pone el dinero, a la pregunta por el origen del dinero que aceptas, que el mundo de la cultura se habría llenado de censores, de estalinistas, casi, y que el Festival de las Ideas se estaría vaciando de ideas, pues exigiría la suscripción a una idea única, a una sola. Una cosa es debatir con quienes piensan radicalmente diferente y otra distinta es tener reparos ante quién financia qué cosas.
En un Festival de las Ideas del pasado acudió a dar una charla, como cabeza de cartel, Michel Houellebecq. El señor Houellebecq es un escritor francés, famosísimo, y también un tipo en mil cosas bastante repulsivo: es misógino, sus novelas vehiculan ideas profundamente reaccionarias, y un xenófobo en muchas cosas de primer grado. Su escritura me parece tan reaccionaria como extraordinaria. Por consecuencia, gocé mucho de que viniera a la ciudad, hasta de que me firmara un libro, aquel breve hombre repulsivo; jamás habría pedido un boicot a Houellebecq por sus ideas. Y aquí volvemos a la otra pata de la semana, en el mundo de la cultura y sus culturas, en una batalla cultural muy cansina: la polémica con Ariana Harwicz.
Lo que pasó, según lo cuenta ella: “Las organizadoras dijeron cuánto admiran mis libros, que son todo menos propaganda. Me desprogramaron a último momento. Cedieron a la presión de militantes. Cedieron al terror. Yo quería ir igual aunque hicieran una manifestación, dijeron que sería peligroso. Será un Festival sin disidencia. Qué pena por los estudiantes”. Todo viene porque, en tribunas y en textos como su ensayo El ruido de una época (dedicado por entero a estas batallitas paraculturales), Harwicz ha sido una intensísima crítica de cualquier movimiento político propalestino, de la cultura woke, ha defendido la actuación de Israel en Gaza, ha abogado por retirar premios a artistas que pronunciaran eslóganes como “Desde el río hasta el mar”, etcétera.
En fin: motivos extraliterarios, paraliterarios; motivos políticos, sociales, que tienen más que ver con la Harwicz ciudadana que con la Harwicz literata. Con la primera discrepo mucho en sus planteamientos; la segunda, en muchas novelas, como su Trilogía de la pasión, me parece una autora admirable, cuyo discurso sobre la literatura, cuando habla de la literatura, hasta me gusta, me seduce. Luego dice cosas que me parecen injustificables, y esa Harwicz me chirría, pero eso no implica que no vaya a seguir leyéndola, escuchándola, dando réplica.
Se ha montado, pues, la narrativa de que hay una inquisición propalestina en la cultura, una inquisición woke, totalitaria, que ha cancelado a Harwicz del festival en la Universidad de Granada “por ser judía”. Sumando una emoción que me genera rechazo, adicional al narcisismo que identificaba antes: nada hay más narcisista, hoy en día, que el culto que tenemos por aquellos a quienes erigimos como víctimas y mártires. La derecha de 2026 es tan adicta a victimizarse como lo es el muñeco de paja que han construido de la izquierda. Una concesión argumentativa: el antisemitismo existe, el antisemitismo en España existe, tenemos una larga tradición, y una contrarréplica que he leído tiene su parte de sentido; John Banville sigue en ese cartel, cuando ha sostenido tanto las acciones del Estado de Israel como Harwicz; lo que los diferencia es que Banville no es judío. Si el criterio es el posicionamiento respecto a la situación en Gaza, no hay justificación a que se haya centrado sólo en Harwicz… más allá de que Harwicz, su labor novelística aparte, ejerce en redes como polemista, agitadora, y por eso también encadena muchas más polémicas, su postura pincha. Escoger específicamente a una autora judía para centrar toda la crítica en ella y no en los que sin ser judíos también sostienen su postura es indefendible.
Qué habría hecho yo, aunque no importa: me gusta pensar que habría firmado la carta de boicot si hubiera sido participante este año (porque no tengo un problema con sentarme a debatir con quien discrepo, pero sí me preocupa saber quién paga), me gusta pensar que habría defendido programar a Ariana Harwicz y que allí se la discutiera, me gusta pensar que habría opinado lo que hubiera querido y discrepado vocalmente en lo demás. Como cuando participé en el Festival de las Ideas hace unos años y lo hice frente a alguien absolutamente contrario a la ley trans. Ni siquiera comparto el criterio de que los festivales literarios o culturales deban prescindir de autores o artistas por sus opiniones políticas. Me parece que nos quedaría un mundo cultural más soso, más aburrido, y que no querer enfrentar las posturas propias con otras, muy alejadas, es un síntoma de cobardía, como lo he defendido siempre incluso en los casos que me tocaban directamente, por ejemplo, en lo relacionado con los derechos de las personas trans.
Pero se están mezclando derechos que existen separados y que parecen fundirse en amalgamas de banderines ideológicos. La libertad de expresión es un derecho. La libertad de réplica es un derecho. La libertad para escoger no participar en un festival e incluso presionarlo por considerar que el festival se había organizado hasta entonces con dinero manchado de sangre es otro derecho: elegir los sitios en los que una está y en los que no está. La libertad de un festival para escoger a sus ponentes y a quién programa es un derecho; como toda programación, también lo es criticarla. Se pueden ejercer todos a la vez, y sale más barato que el escándalo. Lo que estamos haciendo, en cambio, es recalentar un relato precongelado, sacado de las profundidades de 2019 o 2020; nada más cansino y agotador, y casi más triste, que ese ejercicio.
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