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Cultura

Patricio Pron: "El gran escritor de ficciones es el Estado"

El escritor argentino inauguró una pequeña exposición en la librería Tipos Infames de Madrid sobre el proceso de escritura de su nuevo libro No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Random House)

Pron habla sobre la muestra en vídeo y sobre su nuevo libro en el texto, una historia que recorre el siglo XX y que comienza en el fallido Congreso de Escritores Fascistas Europeos, que acabó abruptamente en 1945

"Creemos que la Segunda Guerra Mundial terminó en 1945, cuando algunas de sus manifestaciones de mayor relevancia se extendieron hasta tiempo después e incluso afectan a nuestras instituciones todavía hoy"

"Me parece que en este momento es mucho más interesante poner en cuestión ambos términos que aferrarse a ideas preconcebidas de qué sería ficción o qué sería realidad"

El escritor argentino Patricio Pron (Rosario, 1975) presenta No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Random House), al que acompaña con una exposición en la librería Tipos Infames de Madrid. La muestra explica, mediante fotos y borradores, el proceso de escritura del libro. El libro empieza con el Congreso de Escritores Fascistas Europeos que iba a celebrarse en Italia en abril de 1945, y termina bien entrado el XXI, en una manifestación en las calles milanesas en 2014.

Tu novela funciona con un triángulo de tres fechas muy importantes en la Historia europea e italiana: 1945, 1977 y 2014.

Creo que son fechas muy relevantes por diferentes razones. Desde luego, la principal de ellas es que las tres señalan cambios de época. Estamos muy habituados a creer que los periodos históricos se suceden sin solución de continuidad unos a otros, y soslayamos el hecho de que buena parte de esos hechos históricos no se terminan abruptamente sino que se solapan con los siguientes. Creemos que la Segunda Guerra Mundial terminó en 1945, cuando algunas de sus manifestaciones de mayor relevancia se extendieron hasta tiempo después e incluso afectan a nuestras instituciones todavía hoy. Parece que en esos tres momentos y especialmente en el último, 2014, con el reconocimiento de la pérdida definitiva de los derechos que disfrutamos durante sesenta años, se produce un sistema de cambio de valores en el que surgen las situaciones ambiguas, que son las más pertinentes para narrar en la ficción.

Hay una frase de Gramsci en la novela que dice algo así como “el viejo mundo no ha muerto, el nuevo mundo aún está por nacer, de manera que ha llegado la hora de los monstruos”. Estos son momentos de monstruos y, por consiguiente, son muy interesantes para narrar.

En tu libro tienen mucha importancia dos ismos. Uno aún hoy muy usado en el lenguaje común, el fascismo, “¡es usted un fascista!” y otro completamente olvidado, el futurismo, ¡a mi me molesta que nadie diga ya “¡es usted un futurista!”! (risas)

Sería de desear que alguien te lo llamase. El futurismo fue apropiado por el fascismo, algunas de sus ideas al menos, a pesar de lo cual para algunos futuristas estas eran demasiado revolucionarias para el fascismo e hicieron pública esta objeción, por lo que fueron expulsados del movimiento. Me interesan los futuristas porque son la primera vanguardia, la que más lejos llegó en el intento de todas las vanguardias de convertir arte en vida y la que más cerca de un poder fáctico estuvo y, por consiguiente, más cerca de que alguna de sus ideas se convirtiese en política de Estado. Ningún otro movimiento del siglo XX estuvo tan cerca de llegar a ser una estética de Estado. A pesar de que el movimiento desapareció con la caída del régimen fascista, buena parte de sus elementos permean las vanguardias posteriores y tienen continuidad en ciertas expresiones del arte moderno actual.

Robo una pregunta clásica a tu novela que se repite en el texto de forma manifiesta, en boca de uno de los personajes, y de forma soterrada, en mi opinión, durante casi todas sus páginas. Voy: para ti, ¿qué son más importantes, los autores o los textos?

Los textos, siempre lo han sido. Tengo interés personal por conocer a los escritores que son importantes para mi y tengo relación de amistad con muchos autores, pero los textos son los que nos permiten que se nos disculpen decenas de errores y dislates que cometemos diariamente.

Nos da un poco igual saber quién fue el autor de El Lazarillo o quién era Homero.

Es que, en algún sentido, somos todos con nuestra lectura los que hemos escrito El Lazarillo, La Iliada o La Odisea. Y, posiblemente, seamos todos nosotros que nos preguntábamos cómo se vinculan los textos a la sociedad los que seamos, de alguna forma, futuristas. Para mí era un problema moral, si lo quieres llamar así, simpatizar con escritores fascistas pero me parecía que en esa dificultad había un aliciente para escribir el libro: confrontarme con personas cuyas ideas están en las antípodas de las mías pero que, sin embargo y a diferencia de personas con ideas similares a las mías, sí llevaron hasta el final las suyas. En esto hay un reconocimiento a escritores que sabían que habían sido derrotados pero que, aún así, tenían batallas pendientes.

Tendemos a pensar que los personajes son manifestaciones del autor pero, en este caso, son vehículos de una perplejidad y de un cierto descontento ante el estado de cosas y de una disidencia que ha tenido diferentes rostros a lo largo del XX. El mensaje de Luca Borrello, uno de los protagonistas, es que hay que salvar algo y lo que él salva son los textos. Es más, a riesgo de revelar algo de la novela, su único interés vital está en la preservación de su obra y en lo que su obra pueda producir en otros. Ahí hay una lección que va más allá de que pudiese ser fascista o no.

Aparecen en “No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles” escritores fascistas que ganaron, esencialmente los españoles Ruano o Sánchez Mazas, por ejemplo, y escritores fascistas que perdieron, como Ezra Pound. Para la literatura, ¿es mejor ganar o perder?

Qué pregunta. Hay una pequeña victoria, que es la única victoria que la literatura puede permitirse, en el reconocimiento de que la batalla está perdida de antemano pero que aún así hay que darla. Dicho esto, también se producen paradojas: en España hay ensayos que dejan de manifiesto que, si bien los que triunfaron entre los políticos eran escritores fascistas, buen parte de las técnicas de los escritores republicanos vanguardistas fueron adoptadas por los ganadores. Por tanto, su triunfo tuvo algo de derrota en virtud de que las innovaciones del bando rival penetraron en la literatura oficial. Esto es un recordatorio de que la literatura funciona de forma paralela y subterránea a la política, con plazos que son diferentes.

Siempre me ha impresionado el caso de El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence. Fue un libro que los censores de su época determinaron que no debía ser leído por los lectores ingleses pero cuando se rehabilitó en los sesenta, esto no fue en virtud que el libro hubiese cambiado su contenido, cosa imposible, sino que las ideas acerca de las libertades sexuales que proponía Lawrence ya se habían popularizado a nivel subterráneo hasta dejar a la sociedad inglesa a la altura del libro. La literatura opera en el ámbito de las mentalidades donde las transformaciones son más lentas pero más duraderas.

¿De tus autores fascistas, con cuál te quedas?

Soy muy fan de Ezra Pound. Me parece que, en su absoluta falta de escrúpulos y vergüenza, Pound es un magnífico ejemplo de escritor. Quizá no lo refleje, pero nunca me he divertido tanto con un libro como con este. Leer no solamente sobre los autores que aparecen en el pequeño diccionario de autores del final del libro, sino de ellos fue una experiencia irritante, barra, placentera, barra, inquietante.

En esta lectura también está la reivindicación de la que ya hablamos antes: no debemos juzgar autores sino textos. Hay escritores que fueron condenados y apartados de la circulación porque sus textos, magníficos por otra parte, eran vehículos de sus ideas, y otros como el alemán Waldemar Bonsels, autor de La abeja Maya, fue indultado a pesar de que La abeja Maya es un libro acerca de la supremacía racial de las abejas, que serían los alemanes, en oposición a las langostas, que serían los rusos. La Historia juega extraños juegos con los autores y los que están condenados posiblemente no serían mejores ni peores que los que fueron salvados. Ahí creo que hay una lección. 

Al leer la solapa pensé que usarías la muerte de Luca Borrello, uno de tus protagonistas, como McGuffin, o excusa para desarrollar otros temas, pero no. Tiene importancia central y la oscuridad que la rodea, también.

Hay en esa muerte, del signo que sea, una especie de entrega, que me parece muy importante en aquellos escritores que considero relevantes. Escribir parece, en algún sentido, una actividad sin por qué. No hay ninguna razón medianamente defendible para explicar que uno haga estas cosas…

En un castillo. (Nota del ent.: me refiero al castillo italiano, residencia de escritores, donde Patricio preparó el libro y que se explica en el vídeo sobre la exposición en la librería Tipos infames)

Lo del castillo compensaba. El valor de la obra siempre es atribuido por otros y para que ese valor se atribuya se deben preservar los textos. Por eso, Borrello, con el deseo de conservar sus textos, constituye una especie de ejemplo a seguir, de santo laico del tipo de escritores que me interesa.

Entre las realidades que se cruzan en ese Congreso de escritores fascistas, hay ficciones que construyen, en mi opinión, un edificio tan sólido que parece hecho todo del mismo material. ¿Por qué decidiste combinar realidad y ficción?

Sencillamente, porque no creo estar en condiciones de distinguir una de otra. Leemos a partir de unas coordenadas culturales y, por tanto, históricamente condicionadas de lo que significa la ficción y la realidad y nos vemos obligados de continuo a discusiones sobre si sería mejor la ficción o la no ficción, o al trato de la no ficción con herramientas de la ficción. Un debate que en España está en boga pero que en todo lo que no es España ya sucedió en los cincuenta. Al margen de lo que yo opine sobre este debate, creo que empobrece la discusión acerca de los textos y cómo se relacionan con nosotros y con la sociedad. Además en un momento en el cual la falsificación voluntaria o involuntaria, por ejemplo en redes sociales, ha adquirido un tamaño desproporcionado. Como periodista cultural mi compromiso es contar lo que yo considero que es la realidad, pero carezco de herramientas para decir que lo sea indefectiblemente. Entonces me parece que en este momento es mucho más interesante poner en cuestión ambos términos que aferrarse a ideas preconcebidas de qué sería ficción o qué sería realidad.

No creo en los discursos que nos venden como realidad y cuya única legitimación es monopolizar las formas de narrar. Todos los que venimos de Argentina y hemos experimentado cosas como la dictadura o la guerra de Malvinas sabemos que lo que se nos dice que es real en realidad responde a intereses creados de forma más o menos desembozada. Además sabemos, porque nos lo enseñó Piglia, que el gran narrador es el Estado, el gran escritor de ficciones es el Estado. Escribir ficciones, por tanto, tiene un gran carácter de disidencia porque significa arrebatarle al Estado la forma de narrar. El caso es que, para los que venimos de esa tradición, hay solo dos tipos de relatos: los que responden a la lógica estatal y los que la contravienen.

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