La portada de mañana
Acceder
'Sánchez no está solo y su adversario ya no es Feijóo', por Esther Palomera
Axel Kicillof, gobernador de Buenos Aires: “El modelo de Milei está fracasando”
OPINIÓN | 'Un burka en Almendralejo', por Antonio Maestre

Jordi Nomen: “Un profesor debe tener esperanza, porque si no su tarea no tiene ningún sentido”

Chema Seglers

18 de abril de 2026 21:34 h

0

Adolescentes y redes sociales, una combinación no exenta de riesgos. Lo sabe bien Jordi Nomen (Barcelona, 1965), profesor de Filosofía y Ciencias Sociales en la escuela Sadako de Barcelona, referente en innovación educativa, que acaba de publicar Contra la tiranía del like (Arpa Editores), un ensayo que analiza cómo el ecosistema digital condiciona la autoestima, la identidad y las relaciones de los jóvenes.

Nomen, hombre afable y generoso, recupera el valor de las humanidades para enfrentarse con espíritu crítico a este fenómeno cada vez más evidente. Solo cabe recordar la condena del jurado de Los Ángeles a Meta y YouTube del pasado 25 de marzo, en la que se acusó a ambas tecnológicas de generar adicción entre los menores. ¿Qué se pone en juego en el interior de un joven cuándo recibe o pierde un like en la pantalla de su dispositivo? Todo un oleaje de emociones y sentimientos, que Jordi Nomen trata de comprender con valentía y sentido pedagógico.

En muchos hogares ya aparecía, desde hacía bastante tiempo, la problemática acerca de los adolescentes y la tecnología.

Sí, quizá, en clase, ya hará unos ocho años que aparece. Mi aspiración, un poco irreal, es que los jóvenes acaben leyendo por lo menos la segunda parte del libro, dedicada a la filosofía, porque confío en ella como instrumento para ordenar el pensamiento, vivir en libertad y pensar por uno mismo, algo fundamental en una sociedad como la de hoy, en la que nos dicen qué debemos pensar y cómo debemos pensarlo.

De hecho, cita a Aldous Huxley y a George Orwell, cuyas distopías parecen haber alumbrado con acierto la contemporaneidad en la que vivimos.

Sí, pero, ¿sabes qué pasa? Que para controlar al ser humano hay dos medios muy efectivos: uno es el temor y el otro es el placer. Esto se refleja en Un mundo feliz y en 1984. Lo estamos constatando hoy: se controla a la población con el miedo, pero también con el placer, otro medio de control más sutil que tiene igualmente un efecto demoledor, porque, al fin y al cabo, lo que acaban provocando ambas pulsiones es la pérdida de la libertad propia.

Esto me recuerda el hombre masa de Ortega y Gasset. Sin libertad propia nos volvemos ligeros, sin peso, superficiales.

Sí, es que se trata de eso, de seguir a la masa, un hecho que compagina muy bien con lo que hacen los adolescentes. Ellos siguen al grupo, porque es algo fundamental para ellos, y entonces es difícil encontrar la voz crítica que diga: ‘no, el camino es otro’. Es la situación del parterre, que no deberíamos hacer: una persona abre la puerta y pisa el parterre, y luego cruza otra persona, y se dibuja un caminito; y luego pasa una tercera y una cuarta, y al final, donde debería haber flores, solo hay pisadas desordenadas y hierbajos. ¿Ese camino abierto en el parterre era lo correcto?

Es una gran pregunta. Quizá es la comodidad: si sigo a otro, me libero de decidir.

Sí. Muchos adolescentes creen que aquel que va delante lleva razón. Pero yo les cuestiono y les digo que, quizá, aquel que ha pasado aleatoriamente por el parterre se mueve por sus propios intereses, y que tú, en cambio, lo sigues porque todo el mundo pasa por ahí y te resulta cómodo. Sí, yo se lo digo a mis alumnos: que no sigan el camino trillado, que busquen su propio camino, aunque sea más difícil. Es lo que escribió Nietzsche sobre atreverse a vivir una vida única y personal que nos represente.

¿Y qué le responden sus alumnos cuando les cuestiona?

Hoy me pasó en clase, sí, en un tutorial, con un chaval muy inteligente. Le digo, ‘tú eres una persona con opiniones propias, algunas muy correctas. Me gustaría oír más tu voz en clase’. ¿Y sabes qué me ha contestado?

¿Qué?

‘Ya, pero y ¿si alguien se ríe de mí? ¿Y si alguien me insulta cuando digo algo y se mete conmigo?’

El Miedo.

Sí. Y ha añadido: ‘todo esto me provoca muchísima incomodidad, mucha más que callar’. Es decir, si se calla pasa desapercibido y zanja el problema.

Ahí se desvela un poco la vulnerabilidad de los adolescentes, una etapa compleja y complicada al mismo tiempo.

Lo que pasa es que cuando tú hablas con un adolescente, te das cuenta de que posee una notable capacidad de razonamiento, incluso, una ética bien establecida. Sin embargo, la gestión emocional, es decir, los sentimientos y las emociones aún son muy tiernas, y su autoestima es muy frágil todavía. Ellos se preguntan, ‘¿voy a ser capaz de tirarme a la espalda las opiniones negativas que me están manifestando?’ Y concluyen que no. Que van a sufrir. Entonces, ¿cómo evitan ese sufrimiento? Callando. Hay poca gente que alce la voz. Además, el discurso sobre las redes sociales ha sido algo traidor. Su inicio parecía un paraíso. Argumentaban que íbamos a conocer gente distinta, que podríamos comunicarnos mejor con otras personas.

El discurso sobre las redes sociales ha sido algo traidor. Su inicio parecía un paraíso. Argumentaban que íbamos a conocer gente distinta, que podríamos comunicarnos mejor con otras personas.

Lo vendieron casi como la forma de la democracia directa.

Sí. Las redes no van a desaparecer y poseen su lado oscuro, que vende mucho más. Una opinión tamizada, serena y ecuánime no vende nada; en cambio, insultar cuanto más posible y mostrar imágenes de una dureza tremenda aumenta los likes. La mejor manera de tener muchísimos likes es, o bien apelando a sentimientos banales y subir vídeos de gatitos y cachorros, o bien otros de vejación y humillación.

Pero, ¿por qué resulta tan crucial para un adolescente tener un dispositivo? ¿O estar en las redes sociales? ¿Qué sucede en su interior?

Lo digital forma parte de su vida de una forma que las generaciones anteriores no podemos comprender. Nosotros tenemos claro que lo presencial, evidentemente, tiene mucho más valor, sobre todo si mencionamos los sentimientos. Pero ellos ya han nacido en este universo en el que lo digital y lo presencial prácticamente son lo mismo. Por lo tanto, si no estás en lo digital, tampoco estás en lo presencial. Hace una semana le decía a una alumna de catorce años sin móvil, que no sabía la suerte que tenía, y ella me miraba con cara de, ‘pero que está diciendo este hombre. Si estoy absolutamente desconectada de mi grupo y de lo que pasa’. Hoy es muy distinto a cuando tu madre te soltaba aquello de ‘oye, cuelga el teléfono, ya que llevas tres horas hablando’.

Me acuerdo de esas palabras.

Sí, y tú le estabas contando nimiedades a tu amigo, pero, ese vínculo crea experiencia compartida, aunque sea banal. Y para un adolescente es básico. La necesitan. Entonces, las redes fortalecen exponencialmente esa experiencia compartida, porque al día siguiente llegan a la escuela y se comentan el vídeo de YouTube donde aparecía aquel jugador. Y si tú no has visto el vídeo, te sitúas en un segundo peldaño.

Es llamativa esa confluencia entre autoestima y red social.

Aunque el mecanismo del like sea una transacción de datos, para el adolescente constituye un elogio. Él contempla una aprobación a la propia foto suya que ha colgado, y él depende de esa aprobación; y cuando esta no llega, aparece la frustración que merma su autoestima. Luego empieza a preocuparse y se pregunta por qué esta foto no ha funcionado, si tengo otras que han recibido miles de estrellas. Era lo mismo que cuando nosotros nos preocupábamos por las espinillas. Los adolescentes viven la misma adolescencia que nosotros vivimos, pero a la suya se le añade el mundo digital y las redes sociales, y, entonces, todo se amplía.

Esa necesidad de aprobación tiene relación con la cuestión de la fama, de ser popular. De hecho, es la primera reflexión que arroja en su ensayo. Quién no ha querido obtenerla alguna vez en el instituto, ¿no?

Sí. A veces, ellos te exponen que quieren ser ricos y famosos, y tú les sueltas que para serlo deben esforzarse duramente. Sin embargo, esto ya no sirve. Te dicen que no estás en lo cierto, porque tal influencer lo ha sido solamente colgando su primer vídeo. Entonces, frente a este argumento, hay que insistirles en la libertad personal y en la justicia social.

La libertad debe tener límites, porque si no, no es libertad.

Entiendo. Otra cuestión que aborda es el aumento de la falta de atención en los adolescentes, quizá, lo que más preocupa a los profesores.

Ha decaído mucho. El estímulo que ahora capta la atención es extremo. Si yo hablo de libertad y de derechos sociales, no capto su atención, porque es algo que consideran caduco. Lo que capta su atención es la imagen potente que muestra un riesgo o mueve a risa.

Pero la imagen roba la imaginación. Nuestra generación prefiere el libro a la película.

Sí, pero a ellos les gusta más la película que el libro. Su pensamiento es muy rápido, muy presentista, y el pensamiento crítico se define por la lentitud y la reflexión, buscando las consecuencias y los criterios.

Es todo lo contrario.

Entonces, nuestra labor es hacerles entender que esa rapidez les roba la libertad de ser ellos mismos y de pensar por sí mismos. Y luego explicarles que eso va a condicionar sus relaciones humanas, porque los vínculos rápidos son de poca profundidad y se agotan en sí mismos. De alguna manera, ellos quieren ser tratados como adultos, y en las clases de filosofía yo lo intento. Por eso, les planteo la cuestión de las fragilidades o, por ejemplo, explicarles cómo cuesta ganar el dinero. Decirles que hay que trabajar para obtenerlo. Es como aquello que decía Pepe Mujica: el valor está en el tiempo invertido para lograr algo.

Sí, recuerdo esta reflexión de Mujica. Lo curioso, sin embargo, es que quieren ser tratados como adultos, pero, a la vez, la infancia se alarga.

Sí, es una paradoja. Ellos te salen con que los adultos no les tratan como adultos. El otro día les hablaba de las guerras, del hecho de que no se ven víctimas, de que no aparecen. Se informa de la precisión tecnológica de una ofensiva, pero no se nos informa de que, donde ha impactado el proyectil, hay sufrimiento y hay muerte y hay horror. Parecen guerras quirúrgicas. Sin embargo, no lo son. Y cuando les hablas así, entonces, ellos te escuchan y te dicen que esa manera de hablar no la han escuchado en sus casas. Por eso, la familia debe hablar de las dificultades, incluso de aquellas que atañen a los adultos. Hablar de la fragilidad humana es absolutamente necesario para humanizar un mundo.

Póngame otro ejemplo.

Va muy bien pedirles ayuda. Desde que lo descubrí, lo hago muchísimo. Anda, chicos, ayudadme a recoger la clase, que tengo un dolor de espalda terrible. Y no sabes con qué rapidez se agachan y se ocupan. Las familias tienden a proteger a los adolescentes, y creen que en su habitación están a salvo de la realidad. Pero, con el móvil en la mano se les abre el universo de lo bueno, que está, y de lo malo, que por desgracia es mucho más evidente. La clave es trenzar el sentido tanto en los padres como en los adolescentes. Por ejemplo, se acerca el crío y te dice, ‘oye, papá, sube esta foto magnífica del primo José que está saltando a la piscina’. Y tú, exponerle que no, que no la vas a subir. ¿Y sabes por qué? Primero, porque el primo José es menor de edad. Segundo, porque está medio desnudo en la piscina. Y tercero, porque él no me ha dado permiso.

La idea de los límites.

Claro, es que la libertad debe tener límites, porque si no, no es libertad.

Cierto, pero estos dispositivos, y usted lo señala en su ensayo, rompen la noción de límite. Es como la foto de Elon Musk al lado de Trump: simbolizaba el poder desmesurado de la tecnología.

Sí, pero hay que aprovecharse de esa imagen y preguntarles durante la cena si saben quiénes son, e interrogarles sobre qué les sugiere esa fotografía. Y entonces se mueren de ganas de opinar. Igual sucede con el hecho de pagar impuestos. Apareció ayer mismo en clase.

¿Buscar su opinión para visibilizarlos?

Exacto. Hay que contextualizarles en la vida cotidiana, no podemos mantenerlos en la inopia, porque ya no funciona, y además les restamos ciudadanía, y ellos son ciudadanos.

En ese sentido, querría preguntarle cómo valora la prohibición de las redes sociales que planteó en su día el Gobierno. ¿Es factible? ¿Es adecuado?

Es como el cuento de la Bella Durmiente que, para evitar que se pinchara, el padre hizo desaparecer cualquier objeto puntiagudo, en vez de educarla y explicarle el mundo. Y, sin embargo, al final, ella termina por pincharse con el hueso de una rueca. Se trata de educar.

¿Y se está logrando?

No, creo que no. Implica mucho compromiso y tiempo por parte de las familias. Y en las escuelas se priorizan otras materias. Hay que saber ciencia y tecnología, sí, por supuesto, pero también hay que saber de humanidades, porque sin ellas estamos perdidos como humanidad. En definitiva, la formación en redes sociales es una cuestión de las humanidades, sin ninguna duda. Y hay que hablar con los adolescentes y prepararlos para que cuando reciban un bulo y puedan dañar a alguien, no lo compartan. Debe salir de ellos. Que no lo diga el maestro, que ya es un viejuno. Además, esta rapidez y aceleración les genera una ansiedad enorme. Por eso, hay que trabajar el sentido de la distinción y el de la elección. ¿Qué me aporta este vídeo? ¿En qué me enriquece?

Es el pensamiento crítico. Saber perder algo para obtener una ganancia.

Sí, hay un deseo ineducado que te lleva a la esclavitud.

Hay que hablar más de valores y de comprensión de las propias emociones. Hablo de ética: discernir entre el bien y el mal.

Para ir terminando, ¿cómo observa esa pérdida de distinción entre lo privado y lo público que las redes distorsionan?

Los adolescentes están dispuestos a entregarlo todo de manera muy fácil, sea por inconsciencia o inmadurez. La confusión entre lo privado y lo público es la reflexión acerca de que todo lo que cuelgas desaparece, para aparecer, de pronto, en cualquier momento.

Se entregan fácilmente, imagino, porque necesitan sentirse amados.

Mucho. Ellos sueñan en un futuro mejor. Lo que ocurre es que el adulto infantiliza esos sueños. Ellos quieren cuidar el medio ambiente, sí. En definitiva, o aprendemos a confiar en las nuevas generaciones o estamos perdidos. Lo decía Galeano, ¿no? Las utopías no se consiguen, pero nos marcan el futuro.

Y Victoria Camps también expone la misma idea: sin esperanza no se da una vida humana.

Exacto. Hay que sembrar responsabilidad en lo colectivo. Si no, lo que queda es la banalidad, y ya sabemos que la banalidad, con frecuencia, lleva al mal. Mira, un profesor que no sea optimista, no debe dedicarse a la profesión. Un profesor debe tener esperanza porque si no su tarea no tiene ningún sentido. Y hay que hablar más de valores y de comprensión de las propias emociones. Hablo de ética: discernir entre el bien y el mal. Eso solo lo pueden hacer los seres humanos, pero jamás una máquina. Hay que trabajar lo que nos hace humanos. El discurso que hoy en día se vende es aquel de que está bien prescindir del otro si eso da poder y riqueza. Pero las familias y la escuela debemos contrarrestar ese mensaje, porque si no, haremos de nuestros adolescentes unos infelices e inhumanos. Y esa es la mayor de las preocupaciones.