Cuando Elena Garro estuvo en la España de la Guerra Civil: “Todo se decía a media voz y se prohibía preguntar”

Cristina Ros

11 de enero de 2026 21:35 h

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En 1937, Elena Garro (Puebla, 1916-Cuernavaca, 1998) viajó a España en plena Guerra Civil. Iba con su marido, Octavio Paz (Ciudad de México, 1914-1998), que iba a asistir como ponente al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, un evento que tendría lugar en València, Barcelona y Madrid entre el 4 y el 17 de julio. Por aquel entonces, él ya se había labrado una reputación como poeta, mientras que ella, todavía sin obra publicada, era recibida como su acompañante.

Sin embargo, la mirada de escritora ya estaba ahí, como demuestra el libro Memorias de España 1937 (1992), recuperado este año por la editorial Bamba. No son unas crónicas sobre el terreno, sino unos recuerdos escritos tiempo después, a partir de los apuntes que tomó durante su estancia, con la perspectiva que da la conciencia de los acontecimientos que se desarrollaron a posteriori. A finales de los setenta, algunos capítulos comenzaron a aparecer en diferentes revistas, aunque la oportunidad de editarlas en un volumen no se presentó hasta 1992, de la mano de Siglo XXI Editores, en México, tras una revisión de la autora. En España, no se publicó hasta 2011, en el pequeño Salto de Página.

Los vínculos de Elena Garro con España

Aquel viaje de la narradora a España no era su primer contacto con este país, ni sería el último. Desde su nacimiento estuvo marcada por esa mezcla de culturas: su padre era un asturiano radicado en México desde la adolescencia. En Asturias, su madre, oriunda de la ciudad mexicana Chihuahua, pasó buena parte de su embarazo. Cuando creció, Elena se afilió a la comunidad peninsular de Ciudad de México, por lo que estaba en contacto con escritores y otros creadores españoles.

Más adelante, muchos años después de la invitación al congreso durante la Guerra Civil, y ya divorciada de Octavio Paz desde 1959, Elena Garro se involucró en movimientos de rebeldía contra la dictadura mexicana, como la defensa de los campesinos que en los años sesenta fueron despojados de sus tierras por la Reforma Agraria Integral. Durante la masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, se la acusó falsamente de urdir un complot para derrocar al gobierno. Desde entonces, la escritora vivió perseguida y acosada, por lo que en 1972 emprendió una serie de exilios junto a su única hija, también llamada Helena, que había tenido con Octavio Paz.

Nueva York (1972-1974); Madrid (1974-1981) y París (1981-1993) fueron sus destinos. No pudo regresar a su país hasta 1993, condenada a sufrir el ostracismo. El exilio nunca fue fácil, entre otras cosas porque se le había negado la posibilidad de trabajar y estaban a expensas de la mísera pensión de su exmarido. Dentro de lo malo, con todo, en España se le abrió una puerta: no podía publicar en México, pero en revistas españolas sí. Hizo de la necesidad virtud y se puso manos a la obra para redactar sus memorias del viaje.

España, 1937: hambre, contrabando y ‘misterios’

La autora siempre estuvo de parte de los oprimidos, y esta filiación reforzó su afinidad con los republicanos españoles que defendían los derechos que les habían arrebatado. El hecho de moverse de manera clandestina o colaborar con movimientos de resistencia no eran novedades para ella a su llegada: “En España nada era claro, todo se decía a medias palabras y a media voz, para los entendidos. Y se prohibía preguntar”. Entonces era una joven recién casada de apenas veinte años, que conocía bien al círculo bohemio español gracias a sus contactos con la comunidad española en México.

Elena Garro no viajó para ejercer como corresponsal de guerra, pero con la inclusión en su rol privilegiado padeció algunos de los estragos de la contienda, como el hambre. Tras una invitación a comer, cuenta la incomodidad cuando “nos rodearon las mujeres del pueblo para pedirnos algo de lo que iba a sobrar del banquete. […] Vi a las mujeres enlutadas y a los niños que pedían pan y me puse a llorar”. En otro momento, ella misma lo sufrió: “¡No encontramos nada! En una taberna pedí exasperada un sándwich de lo que fuera. ‘¡No puedo darte nada! ¡Ni siquiera un perro!’, me contestó el hombre malhumorado. ‘¿De perro? ¿Por qué?’. ‘¡Porque me los he comido a todos!’, gritó el hombre”.

Los cigarrillos eran un bien codiciado, que llevó a la escritora a protagonizar una escena nocturna digna del mejor cine negro: “Me latió con fuerza el corazón. Todo había sido rapidísimo. Viajé con cara de tonta a sabiendas de que había cometido un grave delito y de que en España el contrabando era castigado con severidad”. Aun pasado el tiempo, la autora capta la atmósfera de aquellos ambientes, con la mirada irreverente de una joven que cuenta sus impresiones sin sumarse al sentir preestablecido: “Nos llevaron a visitar la catedral de Gaudí, y las zanahorias y coliflores de sus torres me parecieron un Walt Disney de mal gusto. […] Yo prefería Le Lion d’Or”.

Elena Garro desconocía los entresijos de los partidos políticos españoles, se perdía en las conversaciones sobre el POUM y los intelectuales perseguidos, y ese desconcierto da frescura a la narración al carecer de sesgos partidistas. Su mirada se centra en lo que le llama la atención, que no son ni las noticias sobre el frente ni las conferencias del congreso, sino más bien los detalles cotidianos, donde se revela la realidad más cruda del conflicto. Ella llama ‘misterios’ a los comentarios que se murmuraban en voz baja: “Había misterios en España: se decía en voz muy baja que Azaña, el presidente de la República, estaba en Benicarló, aislado”.

Los intelectuales

Buena parte de sus memorias están dedicadas a la gente del mundo cultural que conoció en su viaje, y, una ventaja de escribir pasado el tiempo, las completa con recuerdos de lo que supo de ellos más tarde. “A María Zambrano, la mejor discípula de Ortega y Gasset, después o antes que Julián Marías, la vi muchas veces en España, en México y en París, en donde en alguna ocasión se alojó en mi casa. Recuerdo que cuando desayunaba en la cama decía: ‘Elenita, hoy amanecí muy cartesiana…’. Ahora nadie la recuerda o solo hablan de sus gatos”, lamenta.

Conoció también a Miguel Hernández (“a quien quise mucho. Se insistió mucho en que lo había educado un cura, de ahí su perfecto latín y su retórica. No olvidaré jamás el corte de su pelo castaño, a cepillo, con un pequeño copete al frente, como peinaban a los niños, ni su voz de bajo profundo”) y a un solitario Luis Cernuda, que, tímido, reposaba en la playa con su cuaderno en las manos: “Yo era indiscreta y tendía mi toalla cerca de la suya”, admite la autora. “A veces me parecía que me consideraba impertinente, pero como era muy cortés se guardaba de decírmelo. […] Era como si Cernuda viviera separado del mundo por una cortina invisible”.

Son muchos los nombres que desfilan por estas páginas, pero no todos le dejaron un recuerdo tan entrañable: “En Valencia me encontraba intranquila. Los intelectuales eran tan misteriosos que me habían hundido en la confusión. No eran claros como Cervantes o como Pepe Bergamín que hacía frases brillantes, o Cernuda que permanecía plácido en la playa, o Miguel Hernández que hablaba de Josefina. Los demás eran personajes raros y hablaban un idioma inconexo y siempre tenían un secreto que guardar”.

El ‘renacimiento’ de Elena Garro

Hace solo un par de años, el único libro de la autora mexicana que se podía encontrar en las librerías españolas, dejando al margen el circuito de segunda mano, era su primera novela, la maravillosa Los recuerdos del porvenir (1963; Alfaguara, 2019), que con el tiempo ha sido reivindicada como un exponente del realismo mágico hispanoamericano. Pero, más allá de este libro y de sus Cuentos completos, poco se sabía de ella a este lado del océano. Atlántico. En apenas un año, eso ha cambiado.

Gracias a las editoriales independientes como Espinas o la ya mencionada Bamba, que pueden meter mano donde las grandes no se atreven, se han reeditado novelas como Testimonios sobre Mariana (1961), la segunda que publicó, o Inés (1995), esta última sobre el descenso a los infiernos de una mujer que bebe mucho de su experiencia tras la traumática separación de Octavio Paz. Y se ha publicado, además, una personalísima y brillante “biografía” a cargo de Jazmina Barrera, La reina de espadas (Lumen, 2024), en la que la autora recrea su vida al tiempo que, como creadora a su vez, dialoga con ella. Un trabajo de documentación que, con su traducción al inglés, consiguió una candidatura al National Book Award 2025 de Literatura Traducida.

La historia de las mujeres escritoras está llena de silencios, sacrificios e injusticias, de ahí que apenas supiéramos de la existencia de estas, sin duda, relevantes Memorias de España 1937. Pese a todo, quizá antes no habría sido el mejor momento para que este libro se leyera con la debida atención; ahora, en cambio, conociendo mejor quién fue la autora y su importancia indiscutible como figura de las letras hispanas del siglo pasado, se la puede leer más, se la puede leer mejor. La conciencia de las penalidades sufridas por los vencidos, y muchos de ellos aparecen en sus páginas, es otro motivo para leerla. Sea como sea, ya no hay excusas: ha llegado, por fin, el momento de Elena Garro.