'La enemiga', la novela que enfrenta a una adolescente solitaria con una madre narcisista
Han pasado más de veinte años del fenómeno de Suite francesa (2004), la gran novela que rescató del olvido a la que había sido una de las grandes novelistas del periodo de entreguerras, Irène Némirovsky (Kíev, 1903-Auschwitz,1942). El manuscrito, que no tuvo tiempo de terminar cuando la deportaron, sobrevivió escondido en una maleta de sus hijas, que la descubrieron por casualidad muchas décadas después. Cuando por fin vio la luz, la obra dio la vuelta al mundo y recibió el Premio Renaudot de Francia, que por primera vez se otorgó a título póstumo.
No había duda de que estábamos ante una escritora extraordinaria, pero lo que aún no se podía sospechar era que, tras veinte años, el éxito seguiría con la adaptación al cine, una nueva edición con fragmentos inéditos y una novela gráfica. Más allá de Suite francesa, en este tiempo no han dejado de editarse libros de la autora, tanto de los que publicó en vida como otros inéditos. Y no, no se trata de aprovechar el tirón: Suite francesa no fue una casualidad (una obra maestra nunca lo es), sino el broche a una trayectoria de picar piedra que dio lugar a una larga lista de títulos meritorios. Es una suerte poderlos disfrutar en castellano, en las ediciones siempre cuidadas de la editorial Salamandra.
El último en llegar a las librerías ha sido La enemiga (1928), este mismo año, traducido por José Antonio Soriano Marco. Fue su tercera novela publicada; por lo tanto, se sitúa entre su obra de juventud, entre El malentendido (1926), Un niño prodigio (1927), y las más conocidas David Golder (1929) y El baile (1929), que fueron sus primeras novelas publicadas por una editorial importante, Grasset, y la situaron enseguida en el panorama literario. Las tres primeras, que aparecieron en la revista mensual Les Œuvres libres, no tuvieron apenas repercusión, pero su calidad ya estaba ahí y hoy podemos comprobarlo.
Cuando la madre es la enemiga
Hija única de una familia judío-rusa adinerada, la pequeña Irène Némirovsky hizo de la lectura, al igual que tantos niños que luego se han convertido en escritores, su refugio. No era fácil crecer en una tierra donde el antisemitismo iba en aumento, pero además arrastraba otra herida, más íntima: su compleja relación con la madre, Anna Margoulis, una mujer con fama de ser muy bella y coqueta, que distaba mucho de ejercer el rol maternal al uso. Irène no se le parecía, ni en el físico ni en el carácter. El trauma de tener una madre narcisista, obsesionada con su aspecto y temerosa de envejecer, lo trató en numerosas obras, como El baile (1929), El vino de la soledad (1935) o Jezabel (1935).

La enemiga también se inscribe en ese grupo, de algún modo constituyó la semilla de lo que amplificaría después en libros de mayor recorrido, aunque no hay que considerarla una novela menor, puesto que ya demuestra una gran madurez en la psicología de los personajes y sus relaciones, en el estilo incisivo, elegante, sutil y de palabras justas, en la construcción de la historia y en cómo la dota de una tensión dramática creciente. Era ya una autora con una voz personal y unas ideas claras sobre cómo contar una historia.
En la primera escena, dos hermanas de once y seis años se abren paso en una concurrida calle de París, después de salir de clase. Buscan a su madre entre la multitud. Ese día se presenta acompañada de un joven apuesto; ella misma, con su cabellera rubia y sus ojos azules, tiene el aspecto de una delicada muñeca de porcelana. Y no está pendiente de las niñas. Gabri, la hija mayor, sabe leer la situación y decide no interrumpirla en su flirteo. Las dos chiquillas esperan, observándola desde la distancia, cansadas y hambrientas.
En los siguientes capítulos veremos crecer a Gabri, que se convierte en una adolescente herida por la negligencia de la madre, una madre que también ha sido desleal al padre. Esa actitud tiene, en un momento determinado, consecuencias trágicas; y la rabia se va apoderando de Gabri. Ella no se parece a su madre, no es el tipo de jovencita que llama la atención por un físico exuberante; aun así, tiene algo que su madre está perdiendo: la juventud. Llegará el día en el que las tornas cambien, y quien seduzca sea ella: “En el fondo, ¿qué he hecho de malo? Me dejas sola todo el día. Tú te diviertes a tu manera, ¿no? […] ¡Bueno, pues yo también! ¿Por qué quieres que sea mejor que tú, mamá?”.
Detrás de un planteamiento de líneas sencillas en apariencia, Némirovsky despliega una exploración de caracteres y relaciones de poder entre una madre, una hija y los hombres que revolotean a su alrededor. Además del natural paso del tiempo, las circunstancias de la familia también evolucionan, lo que añade emoción y plantea nuevas situaciones. Las dos mujeres, más allá de la rivalidad –una rivalidad que no es más que la debilidad de la madre y el deseo de venganza de la hija, un claro anticipo de la protagonista adolescente de El baile–, se enfrentan a la soledad, el miedo, la pérdida de control, el hundimiento.
Porque quizá ese sea el gran tema: cuando el odio es tan fuerte que las lleva a actuar por el deseo de castigar a la otra por encima de sus propios intereses. Sin maniqueísmos, la autora perfila a dos protagonistas llenas de aristas, ni la madre es tan superior siempre ni la hija se mantiene como la pobrecita benévola de las primeras páginas. La historia tiene giros inesperados que las empujan a diferentes aprietos, con un desenlace difícil de olvidar. Otra novela magistral que enriquece todavía más el universo Némirovsky.
La gran narradora del alma rusa en lengua francesa
Como la mayoría de su obra, La enemiga se desarrolla en Francia, en el entorno burgués por el que se movió Némirovksy durante su vida adulta. Sin embargo, otras historias se inspiran en su infancia en el Imperio ruso, antes de la Revolución de 1917. Su existencia estuvo marcada por los conflictos políticos de la primera mitad del siglo XX: su familia tuvo que huir del país tras la derrota del régimen zarista, y, después de un breve paso por Finlandia, en 1919 se estableció en París. Allí, la futura escritora estudió Letras en la Sorbona y a principios de los años veinte hizo sus pinitos en literatura con pequeñas colaboraciones en prensa.
Heredera de Antón Chéjov, a quien dedicó la biografía La vida de Chéjov (1946), pero también de los realistas franceses del siglo XIX, como Balzac, Maupassant o Stendhal, Némirovsky escribió más de veinte novelas, además de numerosos relatos y nouvelles. Encontraba la inspiración tanto en sus recuerdos –El vino de la soledad, una de las más autobiográficas, relata la huida desde el Imperio ruso hasta París– como en el presente inmediato de sus coetáneos –como El peón en el tablero (1934), que narra la caída en desgracia de un hombre de clase media en plena Gran Depresión. Por aquel entonces, ella también sufría dificultades económicas; su productividad se debe, en parte, a esta necesidad–.

Adoptar el francés como lengua literaria le resultó natural. Su familia confió la mayor parte de su educación a una institutriz francesa, como se estilaba para las jóvenes rusas de su condición. Desde Kíev, Némirovsky creció inmersa en el idioma francés y su cultura, fascinada por sus paisajes. En Francia, se casó con Michel Epstein, un ingeniero judío ruso como ella, con quien tuvo dos hijas. De algún modo, la autora estuvo siempre entre dos culturas, aunque, a diferencia de compatriotas como Nina Berbérova, que no abandonó el ruso y le costó mucho más publicar, pudo desarrollar una carrera literaria fulgurante desde muy joven.
Ambiciosa, aunque desempeñaba sobre todo el género breve, quería que Suite francesa fuera una novela monumental, su Anna Karénina. Tan solo la frenó la muerte, en el campo de concentración de Auschwitz, en 1942, con 39 años. Sus hijas, Denise y Élisabeth, se salvaron, y sin saberlo salvaron también el legado de su madre. Años más tarde, la menor, bajo el nombre de Élisabeth Gille, escribió Un paisaje de cenizas (1996; Nocturna, 2015, trad. Juana Salabert), donde novela sus experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, cuando ella y su hermana fueron escondidas por unas monjas en la Francia ocupada.
Élisabeth Gille firmó también una biografía de su madre, Irène Némirovsky: el mirador, memorias soñadas (1992; Circe, 1995, trad. Roser Berdagué). Ese “soñadas” se refiere al hecho de que apenas pudo conocerla por su temprana muerte. Además, el año pasado se publicó al fin en castellano Cartas de una vida (2021; Salamandra, 2024, trad. José Antonio Soriano Marco), quinientas páginas de correspondencia de Irène Némirovsky con amigos e intelectuales de su círculo. Son, junto con su narrativa, la mejor forma de conocerla, de entrar en su mundo y quedarse para siempre en él.
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