Jose Sanclemente disecciona la telerrealidad en 'Esta es tu vida'

Después de una vida dedicado a la prensa, José Sanclemente sabe que el relato periodístico está sometido a unas leyes de rigor y contraste que no le permiten contar algunas cosas que sabe fehacientemente pero de lo que no hay pruebas y otras que, inevitablemente, le llevarían a los tribunales aunque sean rigurosamente ciertas. ¿Cómo satisfacer esta necesidad de contar que le inspira? A través de la novela.

Lo ha hecho ya en Tienes que contarlo, ambientado en el mundo de la prensa escrita; de la radio, en No es lo que parece, y ahora se atreve con la parte más polémica de la televisión en su tercera obra, Esta es tu vida.

Sanclemente, que es presidente del Consejo de Administración de eldiario.es, conoce bien el mundo de la televisión. Le interesa como analista de medios de comunicación, pero su actividad profesional le ha llevado también, en una de sus múltiples vidas, a ser consejero de administración de la Antena 3 del grupo Zeta, y a lidiar con los los distintos megagrupos que controlan el mundo de la pequeña pantalla.

“Quiero contraseñas de tus emails y de tus cuentas bancarias”

En televisión, aunque parece que no hay nada por inventar, siempre es posible ir un paso más allá. En la novela que publica ahora, Esta es tu vida, Sanclemente se saca de la chistera un programa de telerrealidad en el que los concursantes aportan al escaparate catódico todas las claves de su vida privada: su agenda, sus contraseñas de correos electrónicos, sus cuentas corrientes, la puerta de acceso a todos sus secretos personales, dispuestos a que los investigadores chapoteen en su alma hasta el fondo.

Sin ánimo de divulgar spoilers que molestarían al lector que quiere ser sorprendido, Sanclemente relata el periplo de una concursante que al comenzar la novela aparece asesinada, colgada del campanario de la iglesia de Sant Feliu de Alella. A partir de ahí, cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. El dinero mueve el mundo y también, como no, los medios de comunicación, en los que los escrúpulos no parece que preocupen demasiado a los que se ocupan de su gestión diaria, iglesia incluida.

Alguien puede pensar que el punto de partida de la nueva novela de Sanclemente no es verosímil. Pero yo creo que se ha quedado corto. Hagamos un pequeño viaje por el mundo de la telerrealidad:

Desde subastas de virgos a humillación de inmigrantes

- En Joe Millionaire, un grupo de mujeres pelea para seducir a un “soltero de oro” al que suponen multimillonario. Pero, ¡sorpresa! Al final se descubre que el “magnate” seducido es en realidad un humilde albañil.

- The Swan se inspira en la historia del patito feo: desafía a Dios y se convierte en cisne. Un paria se convierte en príncipe o princesa. Si hace falta, se recurre a la cirugía. El bisturí ya se usó en Extreme Makeover para cambiar radicalmente la imagen de gente fea. No dudaron en llenar la pantalla de sangre y carne para enseñar un aumento de tetas.

- En Inglaterra llegaron a dar autopsias en directo.

- En Cathouse, en Estados Unidos, los americanos grababan con cámara oculta una subasta de virgo en un prostíbulo de Nevada. El oscuro objeto de deseo era una adolescentes de 18 años (edad legal, claro), presentada por su madre que ejercía de celestina. La madre discutía precio y regateaba, como si fuera una vendedora de mercado ambulante: ¿Cómo? ¿Sólo 1.000 dólares? ¡Si te la estoy regalando! Mi hija está buenísima y nunca la ha tocado ningún hombre!

- En Spy TV, aspirantes a modelos posaban cubiertas de serpientes y sostenían cucarachas vivas con la boca. Un inmigrante ilegal llevaba una pizza a un hotel y se encontraba con un hombre asesinado (la simulación de un crimen). No dudaba en saltar por la ventana dejando atrás un cuerpo horriblemente mutilado.

- En Te he pillado una mujer hacía guardia frente al picadero de su marido para sorprenderle con su amante y pegarle a continuación una paliza ante las cámaras. Los espectadores se lo pasaban en grande. El espectáculo de la degradación humana era muy divertido y generaba audiencia, cuota de pantalla, grandes ingresos y daba satisfacción a jefes y accionistas.

El género incluso tiene un nombre: “Cruelty Tv”.

- En Inglaterra no dudan en recrear un “campo de desintoxicación de famosos”. Personajillos de tercera, reunidos en un balneario tailandés muestran maniobras como lavativas de colon. Era un programa muy real, con estrépito de pedos y primeros planos de vómitos y crisis de abstinencia.

- En la cadena de la competencia, aleccionaban sobre “bondage”: te apadrinaba un “amigo” al que debías obedecer a ciegas. Te ordenaba que contaras a tu mujer que eras maricón o que le confesaras que estabas cargado de deudas por tu afición al juego y a las putas y que, para salir del pozo, habías firmado un contrato para trabajar en el porno. ¡Qué divertidas eran las reacciones humanas ante estas revelaciones! Las cámaras no se perdían un gesto, un grito, el desconcierto, que provocaba un gran regocijo entre los espectadores.

- En The Dinner Party Inspectors se televisa una cena de amigos. Los presentadores van de sinceros y se burlan de la pinta de los comensales, de su ignorancia, de su nariz. A una invitada, qué geniales, le dicen, eso sí, educadamente, que es “un monstruo gordo que come ensalada como un conejo demente”.

- En Cruel Holiday, la televisión invita a putear a veraneantes y grabarlo. Famosos y anónimos se turnan para convertirse en torturadores psicológicos y emocionales.

- El catálogo de atrocidades es infinito. En Culture Shock ataban a los concursantes a “sogas del dolor”, cuatro cuerdas que suspendían cuerpos en el aire, boca abajo. Ganó y se forró el que más tiempo aguantó. ¿Inconvenientes? Menores. Una concursante, Jill Mouser, de 29 años, recibió inyecciones de morfina y tratamiento hospitalario por lesiones en la espalda, aunque por excesiva prudencia, qué pena, el concurso nunca se emitió.

- En Fear factor, los desafíos obligaban a compartir piscina con 400 ratas, tumbarse en una cama por la que desfilan serpientes, saltar desde la última planta de un edificio sujeto por una cuerda de grosor mínimo, lanzarse desde un camión en movimiento a otro que circula a la misma velocidad, cambiar en el aire de un globo aerostático a otro caminando sobre una maroma, o comer ojos de oveja o sopa de rata.

- En Rusia intentaron superar la hazaña: Extreme Situations los concursantes se metían en agua helada, atravesaban una casa en llamas, volaban sujetos a un helicóptero y se batían en un ring con un boxeador profesional, cuyo único objetivo era dejarlos inconscientes.

- Jackass o Harassment experimenta con las emociones: Unos turistas encuentran un cadáver, mientras actores disfrazados de policía irrumpen en la habitación del hotel para detenerlos por el “crimen”. En un aeropuerto de Arizona, agentes de seguridad obligaron a un viajero a meterse en el aparato de rayos que inspecciona equipajes. Salió sangrando. Otros concursantes se lanzaron por una rampa montados en sillas de oficina para chocar violentamente entre sí, o golpearon a un compañero en los testículos con un martillo.

El productor de Harassment no entendió que algunos concursantes no tuvieran el más mínimo sentido del humor. Declaró: “A algunos les hicimos daño sin querer. Nos alegramos de que no fuera gran cosa. Trasladamos el caso a nuestra compañía de seguros y les ofrecimos una compensación, unos cuantos miles de dólares, pero no los aceptaron”.

El alivio del espectador

Robert Thompson, profesor del Centro de Estudios de Televisión en la Universidad de Siracusa, EEUU, experto en cultura popular cree que la clave el éxito no es la humillación, sino la gratificación. “El espectador se siente aliviado al ver que son otras las personas humilladas mientras él se siente seguro en el sillón de su casa”, declaró a un periódico.

En estos casos, el escándalo es siempre bueno. Las protestas, las demandas y las quejas de los concursantes dan que hablar durante un mes y contribuyen a subir la audiencia. La eficacia mejora si el concursante es un desgraciado. A un indigente o un inmigrante sin papeles se le puede joder más que a un concursante con pasta. Su desesperación le hará admitir pruebas indecentes que divertirán mucho a los espectadores. El concurso Win the green (Gana la carta verde) muestra a seis concursantes cercados por alambres de púas y helicópteros de la patrulla fronteriza. Los “espaldas mojadas” tragan gusanos vivos, se defienden de perros rabiosos, atrapan a cerdos untados en manteca y se cuelgan a cien metros de altura para limpiar cristales de un rascacielos.

El propietario de la productora es un hombre amable y dialogante, que no piensa en abandonar porque su causa es justa: “Nosotros ayudamos a las personas. Yo no sé el porqué tanta polémica”, declaró a la prensa. “Si nosotros regaláramos implantes de pecho u operaciones de cirugía plástica, a nadie le importaría, pero si intentamos ayudar a alguien para que deje de ser niñera y sea una enfermera, entonces todos protestan”.

En un programa de récords un concursante perdió media oreja al intentar sostener con ella 50 kilos de peso; una nadadora quedó inconsciente tras batir el récord de volteretas sumergida en una piscina; otra participante sufrió una contusión en un pie al intentar superar la marca de bloques de cemento rotos a patadas; y un hombre acabó con el rostro ensangrentado por los pellizcos de 100 pinzas adheridas a la piel de su cara. El productor ejecutivo del programa se quejó de los altos precios de los seguros, que les obligaban a descartar pruebas: “En una ocasión, uno de los participantes quería balancearse en una silla a dos patas desde una gran altura y sin red de seguridad. La compañía de seguros se negó a cubrirlo y no pudimos hacerlo”.

Goli Otok es una isla aislada en el mar Adriático, ahora en Croacia, antes en Yugoslavia, que sirvió hace cincuenta años como penitenciaria para disidentes políticos. Aquí podría haber un gran programa de televisión. Las autoridades reciben a turistas que pagan para ser tratados como presos. “Si quiere sentir la tortura a la que fueron sometidos los prisioneros, venga y pague”, es el lema de los promotores de esta atracción.

Los turistas visten el uniforme de prisioneros, reciben comida similar a la servida entonces, llevan cargas pesadas y pican piedra. El programa completo incluye trabajos forzados de día y celdas solitarias de noche. La extrema amabilidad de los organizadores prevé que los presos puedan salir en caso de agotamiento extremo y el compromiso de que no serán sometidos a torturas reales. “Los ex prisioneros trabajan como guías”, aunque algunos ya tienen una edad avanzada, como un anciano de 82 años que estuvo encarcelado dos años y medio en Goli Otok.