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Marta Jiménez Serrano, escritora: “Mis abuelas vivieron casi toda su vida en la misma casa y yo a los 30 años me había mudado once veces”

Clara Nuño

28 de enero de 2026 21:58 h

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El gato se fue. Un felino que se marcha y se esconde cuando, en apariencia, todo está bien. Un gato color mostaza que se acurruca contigo en una manta, también color mostaza, cuando te duele la cabeza, cuando estás enferma, y que esta vez no lo hace. Esta vez desaparece y, esa desaparición, se convierte en una de las obsesiones de Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) cuando rebusca en su memoria, con precisión de cirujana, todo lo que pasó aquella mañana de sábado que casi le costó la vida. 

Un cúmulo de casualidades que la dejaron al borde la muerte. Un cúmulo de casualidades que, también, le salvaron la vida. ¿Qué hubiera pasado si aquello hubiera ocurrido por la noche, mientras ella y su pareja dormían? ¿Y si hubiera estado en casa sola? ¿Y si Juan, su novio, no hubiera bajado a por una Coca Cola y a que le diera el aire unos diez minutos? ¿Y si él se hubiera desmayado también y entonces nadie habría llamado a emergencias? La respuesta a todas esas preguntas es la misma y Serrano la sabe bien. Ella, hoy, no estaría aquí.

Pero Marta Jiménez Serrano sobrevivió y relata aquella circunstancia que le cambió la vida el 7 de noviembre de 2020 en Oxígeno (Alfaguara, 2026), un libro testimonial sobre lo que a ella le supuso intoxicarse por la aspiración continuada de monóxido de carbono en su casa, un piso minúsculo en el que vivía de alquiler y cuya caldera no había pasado las revisiones oportunas, tal y como marca la ley. Pero, claro, eso entonces no lo sabía. Lo supo después, tras esquivar la tragedia, tras no poder dormir en su casa y obsesionarse con la ventilación de los cuartos. Tras querer llevar siempre a cuestas el aparatito que mide la concentración de monóxido en un ambiente y que llevan los equipos de emergencia cuando un hombre les llama angustiado desde su casa porque su pareja está tirada en el suelo del baño, con las bragas por los tobillos, y no responde a ningún estímulo. Un aparatito que pita como lo hacía el canario en la mina.

“Empecé a tomar notas casi de inmediato, en cuanto pude hacerlo”, confiesa Jiménez Serrano en una entrevista con elDiario.es frente a un vaso de agua, en la sede madrileña del grupo editorial Penguin Random House. Notas para escribir una historia que no le apetecía demasiado. “Creo que si hubiera podido escoger el tema, sacarlo de una chistera, probablemente hubiera escogido otro. Pero es que esto es lo que me pasó, era lo que tenía dentro”. 

Jiménez Serrano, que había transitado la poesía y la autoficción en sus anteriores trabajos, La edad ligera (Rialp, 2021), Los nombres propios (Sexto Piso, 2021) y No todo el mundo (Sexto Piso, 2023), apuesta, en esta ocasión, por desnudarse del todo y ponerse a sí misma como personaje de una historia que, confiesa, es una forma de entender lo que le ocurrió, de sacárselo de la cabeza. “He dejado pasar el tiempo desde que ocurrió aquello hasta que me puse de verdad con el libro”, continúa la autora para comentar que se le antojó como una experiencia “rara”. 

“Era como estar hablando, de repente, de otra vida, de rutinas que ya no tengo, de amigos que ya no tengo”, comparte Serrano para señalar que uno de los descubrimientos que ella ha hecho con esta vivencia y su deseo de desmenuzarla sobre las páginas es la poca tolerancia que se tiene hacia el dolor ajeno. “Muchas veces, nos relacionamos con los problemas de los demás intentando resolverlos y hay problemas que solo hay que acompañar”. La escritora madrileña se sintió muy presionada por parte de su entorno cuando contó que iba a escribir un libro sobre lo ocurrido, cuando empezó a hacer entrevistas para recabar todo lo que pasó mientras ella yacía inconsciente.

“Me sentía muy incomprendida, había gente que me metía mucha prisa. Siento que vivimos con una urgencia sobre que pase cuanto antes el dolor de los demás, y hay cosas que requieren su tiempo. Además, se puede estar bien y mal a la vez”. A juicio de Jiménez Serrano, vivimos una obsesión colectiva en la búsqueda de la felicidad liderada por los colores brillantes de los Feed de Instagram. “Todo el mundo espera que te pongas muy bien muy rápido, sobre todo cuando no hay heridas visibles, y la vida no es así”, insiste.

No podía dormir, no podía pensar en otra cosa y no fue capaz de procesar lo que le había ocurrido hasta que por fin lloró en consulta frente a su psicólogo. Después ya sí, escribió por fin el libro en 2025. “Cuando me desperté no estaba en shock y me costó muchas horas de terapia procesar y aceptar todo lo que me había pasado y los miedos que se habían despertado con ello”.

Homicidio imprudente

Como toda historia, la suya también tiene un villano. Una villana en su caso: la Arrendadora de su departamento. La responsable directa de su accidente que bien podría haber acabado convertido en un homicidio imprudente. “Ella también tuvo suerte, no creo que sea consciente de lo que se le hubiera venido encima si nosotros hubiéramos muerto”, ironiza la autora.

La vivienda es un problema social y económico transversal, que afecta a nuestra intimidad, afecta a nuestra vida, afecta a nuestra noción de hogar, a todo

El personaje de la Arrendadora, descrito entre la rabia y la caricatura, es el único que no tiene nombre, el único que no se identifica. Por si acaso, por las posibles consecuencias. “Nos dijeron que la denunciásemos, que le íbamos a sacar una buena tajada, que era una negligencia terrible lo que había ocurrido y ella era la principal responsable. Pero nosotros solo queríamos dejarlo todo atrás”, sostiene la autora quien, como pequeña venganza, se imagina que le llegue el libro, que lo lea, que se vea y sienta vergüenza. Vergüenza por no encargarse de que aquel piso fuera habitable y cumpliera sus funciones. “Una cosa que nos dijo y que escribo en el libro es que, ella, lo único que quería era no encargase de nada”, critica la escritora. Y, efectivamente, de nada se encargó.

“Vuestros caseros son unos hijos de puta”, es la frase que pronuncia César, el técnico que va a revisar su caldera tras el incidente. Hasta ese momento, Marta y Juan pensaban que todo había sido un error, que una mala combustión era un riesgo contemplado por la vida. Pero aquello resultó ser una negligencia grave. La última revisión de aquella caldera databa de 2014. Hacía seis años de entonces y, escribe Jiménez Serrano, las calderas hay que revisarlas cada cinco años y normalmente todas se someten a una revisión protocolaria anual. Pero lo peor no era eso, lo peor era el veredicto emitido en 2014; ya entonces despedía monóxido de carbono. Ya entonces había un aviso de cambiarla, de que nadie podía vivir allí. Pero nadie la cambió.

La crisis de vivienda como escenario

El problema de la vivienda que asola Occidente es, a la vez, el telón de fondo de novela y causa de todo lo que ocurre en ella. “Mis abuelas vivieron casi toda su vida en la misma casa y yo a los 30 años ya me había mudado once veces”, rememora la autora para señalar que, eso, el no tener un lugar propio, una raíz, condiciona mucho las relaciones y la vida de uno. “He intentado que el libro refleje que este es un problema social y económico transversal, que afecta a nuestra intimidad, afecta a nuestra vida, afecta a nuestra noción de hogar, a todo”, declara Jiménez Serrano para insistir en que es un virus mundial: “Además, nos despersonalizada, porque ya nadie conoce a sus vecinos, vivimos muy aisladas y esto también hace que vivamos más desprotegidos”.

La desprotección del inquilino que baja la cabeza, asiente ante el abuso y es desposeído de su dinero por un techo que, muchas veces, ni siquiera tiene una ventana al exterior y el baño lleno de humedades, es el escenario principal sobre el que una pareja formada por dos adultos jóvenes llamados Juan y Marta casi pierden la vida. Cincuenta metros cuadrados en los que esperaban, por fin, pasar mucho tiempo, construir algo. Pero aquello no pudo ser.

La suya es una historia real sobre la cadena de precariedad, egoísmo y cosas mal hechas que hicieron que una mujer de treinta años casi se abriera la cabeza al golpearse contra las baldosas del baño al desmayarse justo después de hacer pis. Completamente intoxicada. “Un rato más y no lo cuentas, no lo contáis”, les dijo la del SUMMA que los atendió, pero Marta Jiménez Serrano lo ha contado partiendo de una pregunta: ¿cómo se puede seguir viviendo después de haber estado a punto de morir?