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El relato de una cena familiar infernal que Paula Fox bordó en 'Los hijos de la viuda'

Cristina Ros

2 de noviembre de 2026 22:07 h

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Como bien dijo Tolstói, las familias infelices lo son cada una a su manera. De familias y sus dinámicas recónditas sabía mucho Paula Fox (Nueva York, 1923-2017), una autora que todavía no goza de la atención que merece entre el público hispano. Dedicó muchos años a la literatura infantil y juvenil, ámbito en el que publicó una veintena de títulos, entre los que destacan La danza de los esclavos (1973) y La cometa roja (1995), que le valieron reconocimientos como la Newbery Medal 1974, el National Book Award 1983 y el Hans Christian Andersen 1978, este último de alcance internacional y considerado el Premio Nobel de la literatura para niños.

Paula Fox, hija de madre cubana y padre neoyorquino, ambos ligados al mundo cultural –ella, Elsie de Sola, como guionista, y él, Paul Hervey Fox, como escritor, dramaturgo y guionista a su vez–, publicó también siete novelas para el público general, que, como les suele ocurrir a quienes escriben para los más jóvenes, pasaron más desapercibidas entre el público adulto. En los años noventa, eso cambió: escritores como Jonathan Franzen o David Foster Wallace la reivindicaron, con lo poco habitual que era, al menos entonces y hasta hace bien poco, que un autor blanco heterosexual elogiara la obra de una mujer.

Sea como sea, la recomendación surtió efecto; y sus novelas volvieron a leerse, esta vez con el aplauso que merecían. En España, la publicó el malogrado sello El Aleph, donde apenas despertaron interés, y no ha sido hasta los últimos años, cuando Sexto Piso le ha dado una nueva oportunidad, que parece que al fin su nombre comienza a calar entre los lectores. En particular, de su producción destaca Personajes desesperados (1970; Sexto Piso, 2020, trad. Rosa Pérez Pérez), la historia del declive de un matrimonio de mediana edad en el Brooklyn desapacible de los años sesenta, que cuenta con una adaptación a la gran pantalla protagonizada por Shirley MacLaine.

Los hijos de la viuda (1976; Sexto Piso, 2025, trad. Magdalena Palmer) sigue esa misma senda de la deconstrucción de un matrimonio de clase media-alta, y por extensión del resto de la familia, aunque no alcanza la excelencia de su obra maestra. La novela está protagonizada por una mujer de mediana edad llamada Laura Maldonada, de origen español, que convoca junto con su marido Desmond a tres invitados muy especiales: Clara Hansen, la hija del primer matrimonio de Laura; Carlos Maldonada, su hermano, un tipo excéntrico y excesivo; y Peter Rice, un editor amigo de la familia.

Los cinco se encuentran en una habitación de hotel en Nueva York, donde la pareja se hospeda la víspera de partir rumbo a África, en uno de sus frecuentes viajes por placer. Toman unos cócteles para amenizar la velada, mientras hacen tiempo para salir a cenar. Todo tranquilo en apariencia, salvo porque las copas suscitan cierta exaltación en Laura, y lo que tenía que ser una velada sencilla va subiendo de tono hasta volverse asfixiante, sobre todo para su hija, Clara. Y es que la vida de Laura no fue siempre el remanso de lujo y ociosidad de ahora: poco a poco, a través de la mirada de Clara, descubrimos que la joven se crio con su abuela Alma y la relación con su progenitora no ha sido fácil.

La relación entre madre e hija, junto con el modo en el que cada mujer ha desarrollado su identidad, es el hilo principal de la novela, que va sacando a la luz un lado oscuro de la maternidad que amenaza con romper la frágil armonía que sostiene los vínculos entre los adultos. Laura, enajenada, muestra su lado menos amable; la novela adopta un tono histriónico, una tensión pegajosa como la que va imbricando a los personajes. La mujer guarda un secreto, cuya revelación, en el punto álgido de la narración, los pone frente a las cuerdas. Clara, en cambio, es una chica reservada, discreta; madre e hija no parecen tener nada en común, pero están unidas por ese nudo materno que cuesta tanto deshacer.

La novela alterna los pasajes de introspección de cada personaje, que van dando pistas de la historia familiar, con fragmentos de diálogo muy vivo, en el que cada contertulio tiene su manera particular de expresarse, de revelar su carácter a través de lo que dice, de cómo lo dice y, por supuesto, de lo que calla. Paula Fox domina esas escenas que se podrían adaptar al teatro –un número reducido de personajes reunidos en una estancia, sin más desencadenante de la acción que aquello de lo que hablan–, escenas de “ruido”, de lenguaje coloquial, de participantes metomentodo y un tono cada vez más irritado, de ambiente que se va cargando–; y, por eso mismo, resulta fundamental leer entre líneas, prestar atención a lo que se insinúa debajo del bullicio.

Como en Personajes desesperados, la autora disecciona las relaciones familiares con una hondura psicológica que permite entender el punto de vista de cada uno. Es dura, hábil para captar las sutilezas, los roces, la aridez. Tiene un sentido del humor un tanto grotesco; no busca complacer al lector, no busca encariñarnos con el elenco. Esto es el relato de una cena familiar infernal, vívida hasta la extenuación para los protagonistas, pero también para los lectores. Laura, el personaje más complejo, responde al perfil de una madre como pocas veces se ha retratado, inestable, impulsiva y cambiante, que hace daño sin poder evitarlo; hoy se podría asociar a un trastorno límite de personalidad.

En los últimos capítulos, cuando el secreto ya ha salido a la luz, la contención estalla y los personajes ya no esconden sus heridas. Más que una trama de causa y efecto, Paula Fox parece disfrutar de ir añadiendo capas que ponen de relieve la complejidad de cada uno de ellos, la imposibilidad de dividirlos en buenos y malos; así de difícil es, en suma, la naturaleza humana, que en ocasiones manifiesta el dolor de manera cruel, despiadada, sin ánimo de enmienda. La novela, que tiene un trasfondo autobiográfico, traza un fino retrato de una familia disfuncional sin buscar la redención, porque la vida no está hecha de finales apoteósicos, sino más bien de “murmullos descuidados que llenan la casa”, y que en las manos adecuadas se convierten en literatura.