Por qué 'La broma infinita' de Wallace aún fascina pese a los años y sus 1200 páginas
El autor publica El libro infinito. Cómo David Foster Wallace asombró al mundo, una reflexión sobre el legado de La broma infinita, la vigencia de su autor y la extraña capacidad de la novela para seguir interpelando a lectores nacidos en la era de TikTok.
Hubo un tiempo en que leer una novela de más de mil páginas podía interpretarse como algo muy exigente intelectualmente. Hoy, en una época dominada por las notificaciones, los vídeos de pocos segundos y la competencia constante por nuestra atención, parece una heroicidad.
A muchos les cuesta concentrarse más de cinco minutos leyendo sin sentir la necesidad imperiosa de mirar el móvil. Ya ni siquiera tiene que ver que el libro nos guste o no, sino en conseguir concentrarse lo suficiente como para mantener los ojos en la página.
Por eso resulta tan llamativo que, treinta años después de su publicación, La broma infinita, un libro que supera las 1200 páginas, siga despertando fascinación.
La monumental novela de David Foster Wallace continúa generando clubes de lectura, pódcast, foros de discusión y nuevas generaciones de lectores dispuestos a enfrentarse a una obra que desafía muchas de las convenciones narrativas habituales. Y no solo eso, lo que en 1996 parecía una rareza literaria se ha convertido con el tiempo en una referencia ineludible para entender algunas de las obsesiones del presente.
En El libro infinito. Cómo David Foster Wallace asombró al mundo (En Debate, 2026), Antonio Lozano explora las razones de este hecho. Su ensayo reconstruye la historia de una novela que cambió la trayectoria de la literatura estadounidense contemporánea y analiza cómo muchas de las intuiciones de Wallace sobre el entretenimiento, la soledad, la adicción o la atención resultan hoy sorprendentemente actuales.
Hablamos con el periodista y ensayista sobre el legado de un autor que sigue generando admiración, controversia y debate casi dos décadas después de su muerte.
¿Cree que todo el mito que rodea a David Foster Wallace ha acabado yendo en contra de su legado literario o de que su obra se lea?
Al contrario. Su leyenda, donde se mezclan la dificultad de sus textos, su extraordinario sentido del humor, los mensajes sobre la empatía presentes en su obra y, por supuesto, su suicidio, ha contribuido a mantenerlo muy presente. No hay nada como una muerte trágica para despertar el interés, pero en su caso el fenómeno va más allá. La constante atención académica y las reediciones de sus libros demuestran que el interés sigue vivo.
¿Por qué seguimos hablando de Wallace y de La broma infinita tantos años después?
Porque la novela conserva un aura muy particular. Sigue siendo vista como una obra magna, desafiante y descomunal. Enfrentarse a ella implica aceptar un reto. Pero además es un caso extraño de literatura de alta exigencia que ha conseguido penetrar en la esfera popular. A eso se suma la vigencia de su mensaje contra la soledad y contra las formas vacías de entretenimiento. Al final, esto es lo más importante, la conexión emocional con el lector. Wallace hablaba de algo tan universal como la dificultad de encontrar sentido y dirección en un mundo saturado de falsos estímulos y cada vez más pobre en introspección.
En el libro sostiene que la obra de Wallace tiene algo de profético. ¿Cómo logró anticipar fenómenos como la colonización de la atención o incluso figuras políticas como Donald Trump?
Todas las señales ya estaban ahí. Wallace era consciente de su propia adicción a la televisión y llegó a deshacerse de su aparato para terminar la novela. También se preguntaba qué ocurriría cuando la tecnología permitiera experiencias virtuales casi indistinguibles de las reales. Antes de las redes sociales o las plataformas de streaming, que el libro ya anticipa, ya le parecía que la oferta de entretenimiento era descomunal y narcotizante. Proyectar esa tendencia unas décadas hacia adelante implicaba imaginar una intensificación salvaje del fenómeno.
En política ocurre algo parecido. Figuras como Reagan o Bush podían verse como precedentes de líderes mediáticos como Trump. En cualquier caso, Wallace seguramente habría rechazado la etiqueta de visionario. Como decía su amigo Don DeLillo, no se trata de predecir el futuro, sino de prestar suficiente atención al presente.
Durante años, La broma infinita fue también un símbolo de estatus cultural. ¿Eso ha cambiado?
En su momento, como ocurrió con el Ulises de Joyce, la novela fue en gran medida un objeto de decoración y una forma de generar un estatus impostado. No sé si la pérdida del valor cultural y el brillo social que antaño otorgaba la lectura de obras desafiantes pervive mínimamente hoy, lo que provocaría que se siguiera buscando la falsa apariencia de persona leída o capaz de escalar un Everest como La broma infinita. Prefiero pensar que las generaciones más jóvenes, hartas de la superficialidad del scrolling, están abrazándola en un acto a un tiempo de rebeldía y amor por lo significativo, llegando hasta el final a un ratio muy superior al de sus pares treinta años atrás.
Si tuviera que dar tres razones para leer La broma infinita en 2026, ¿cuáles serían?
La primera sería el uso explosivo del lenguaje. La segunda, la desconcertante combinación de tristeza y humor brillantina que atraviesa toda la novela. Y la tercera, la posibilidad de entrar en contacto con una comunidad de lectores, estudiosos y fanáticos que llevan décadas interpretándola desde perspectivas muy distintas. Si tuviera que reducirlo a una sola razón, diría que jamás se han encontrado, ni se encontrarán, con algo ni remotamente parecido, no les parecerá que algo así podía siquiera existir.
En el libro afirma que la novela exige un peaje inicial al lector.
Dado que la novela busca en parte alertarnos sobre el peligro del entretenimiento, no podía enganchar desde el principio, o su tesis se desmoronaría a las primeras de cambio. Hay que superar el desconcierto inicial porque las lecturas previas no nos han preparado para algo así. Aconsejaría leer algún ensayo previo sobre el libro, que en cierta manera requiere, o agradece, un manual de instrucciones previo sobre cómo leerlo, tanto a nivel de contenido como desde un punto de vista práctico. Si se persevera, y se produce un clic (lo que, sinceramente, no siempre ocurre), se te abre un mundo con el que puedes alucinar (y como extra, ese arranque tan desconcertante adquiere todo el sentido al cabo de mil páginas).
Wallace rechazaba la etiqueta de posmoderno y prefería hablar de realismo. ¿A qué se refería exactamente?
Realista en el sentido de que capta el modo en que procesamos el entorno y las toneladas de estímulos e información que nuestro cerebro registra y procesa sin descanso. Realista en el sentido de que no tira de los artificios de la escuela presuntamente realista para generar orden y estructura en un mundo que es por defecto caótico, confuso, rápido, enigmático, asfixiante... Realista en el sentido de que busca explicar cómo somos los seres humanos.
La novela llegó a España seis años después de su publicación original. Usted vivió aquel momento desde la revista Qué Leer. ¿Qué impacto tuvo?
Fue un impacto relativamente limitado a ciertos círculos literarios. La dificultad de la obra hizo que muchos hablaran de ella más por su tamaño o su reputación que por haberla leído realmente. Por esto mismo, jamás llegó al gran público, que si se llegó a enterar fue en tanto que producto hype. La obra en general de David Foster Wallace sí que provocó (aspirantes a) imitadores entre muchos practicantes de una narrativa española llamémosla poco ortodoxa o atrevida, sobre todo jóvenes. Pero cabe incidir en el hecho de que los que sí leyeron con pasión La broma infinita, por lo general se adhirieron al culto, que es lo que genera, no una comunidad de lectores agradecidos, sino una pléyade de fans entregados.
En el libro recuerda una frustrada entrevista suya con Wallace. Sin desvelar todo lo que ocurrió en esa historia, ¿qué sintió al recibir las respuestas del autor, cómo fueron?
Dado que una serie de obstáculos y malentendidos limitaron enormemente el número de sus respuestas a un cuestionario por e-mail que era extenso, la sensación fue de frustración (que se encabalgaba ya a la resultante de la imposibilidad de no haberlo podido entrevistar en persona). Sin embargo, con el tiempo queda la alegría de contar con unos mensajes del autor que apenas concedió entrevistas a medios europeos, los cuales atesoro en el baúl de los grandes recuerdos de mi trayectoria periodística. Aunque también debo confesar que leyendo ahora mis preguntas me producen algo de bochorno por su simpleza y falta de filo, lo que ante la inteligencia descomunal de Foster Wallace parece una falta intolerable.
¿Qué cree que pensaría Wallace de la sociedad de 2026?
Probablemente a la secreta satisfacción por haber visualizado con tanto acierto la progresiva narcotización de la sociedad a manos de las industrias tecnológicas se uniría una preocupación sincera por el estado del mundo. Como ya ha resaltado tanta gente, es una verdadera lástima no haber podido contar con el análisis de una mente tan lúcida en asuntos como TikTok, Instagram, los palos de selfie o Donald Trump. Con su agudeza y sentido del humor seguro que habría firmado unas piezas de ficción o no ficción extraordinarias.
¿Considera que la obra de Wallace ha sido bien tratada después de su muerte?
Ha sufrido un gran malentendido. Se le ha visto como un ser moral superior o un gurú de la autoayuda por su énfasis en la compasión en su discurso 'Esto es agua', lo que casi todo el mundo conoce de él. Muchos interpretaron su muerte trágica como una fragilidad emocional imposible de lidiar con la desconexión humana que atravesaba La broma infinita. También un semiintento de cancelación por su actitud violenta con la escritora y expareja Mary Karr, una relación esporádica y tormentosa que nace en el peor marco imaginable: un centro de rehabilitación para alcohólicos y drogadictos.
Sin embargo, las reediciones de La broma infinita, la gran atención mediática con motivo de su aniversario, la proliferación de comunidades (en buena parte jóvenes) que utilizan las redes sociales para vertebrar clubs de lectura sobre la misma, y el resurgimiento del autor en la cultura popular (citas en Rick y Morty o en The Lowdown) dan fe de que sigue despertando interés y admiración. ¿Cuántos coetáneos que emergieron a finales de los 90 mantienen viva su obra?
Después de volver a leer La broma infinita para escribir este ensayo, ¿qué impresión le dejó?
Conserva intacta lo que la definió en su momento: estímulo, exigencia, asombro, exasperación momentánea... Aunque algunos detalles ligados a la tecnología, y a la sensibilidad que hoy mostramos hacia temas como las minorías o la representación equitativa de ambos sexos, puedan haber quedado algo anticuados, su mensaje sobre la necesidad de conexión interpersonal y de cuidado de la salud mental solo se han visto reforzados con el tiempo. Leerla hoy, en tiempos de encogimiento de la atención, adquiere unos niveles de heroicidad, satisfacción y recompensa probablemente mayores que cuando apareció.
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