Ben Attia, el genio desconocido del teatro independiente que sobrevive como guía turístico
En un piso del centro de Pamplona, unos espectadores asisten a una escena que no saben cómo calificar. Un hombre sale de la ducha y se encamina al salón. Allí, tres mujeres con el rostro tapado, como espectros, le esperan. El hombre se atilda y desayuna lento, sin prisa. Las tres figuras comienzan a gemir hasta llegar al llanto desesperado. El hombre ni se inmuta y abandona el piso. Ellas siguen gimiendo mientras comienza a sonar el Miserere de Arvo Pärt. Unos trozos de pan y un pez presiden la mesa. El público, sin saber qué hacer, contempla esa mesa transformada en símbolo cristiano. Es el teatro inclasificable de Ahmed Ben Attia, un teatro creyente y profanador que está convulsionando la escena independiente de este país.
El acto descrito forma parte de su nueva creación, Opus tres, estrenada en el Festival Teatrodix. “Me gusta el teatro, me gusta mucho el teatro, todo del teatro. La representación es otra capa más de mi trabajo. Lo que buscamos es que pasen cosas. Cosas que se acerquen a lo sobrenatural, que tengan que ver con la fe, con poder entender este mundo y esta realidad también desde esos otros planos que occidente tanto rechaza”, dice Ben Attia en conversación con este periódico.
Su padre es de Túnez y su madre, charnega hija de obreros del textil, de Sabadell. “Soy mitad tunecino, mitad proletario”, dice. Él nació en 1991 en Granada y a los diez años se fue a vivir a Marruecos. Su padre, exiliado y militante del partido islamista de Túnez, decidió vivir en Tánger, y allí creció Ahmed hasta que a los 18 años quiso volver a su ciudad natal para estudiar filología árabe. Allí es donde el teatro se cruzará en su vida, al conocer a Sara Molina, una de las buceadoras del teatro de investigación de este país.
Ahora vive en el campo de Gibraltar, donde llena la nevera trabajando como guía turístico para musulmanes venidos de Malasia, Indonesia y todo el Magreb que quieren conocer Al-Ándalus. Allí, en medio de la nada, él y su compañera María Moncada abrieron en 2022 un teatro, Box Levant–Centro escénico del Estrecho. El escenario está hecho con un contenedor marítimo de mercancías. Y allí, en “el teatro más al sur de Europa, el primero”, dice con chufla, han conseguido crear uno de los núcleos del teatro de investigación de España.
“Soy musulmán, me dedico al teatro igual que los talibanes se dedican a su vida y al yihad. En invierno están con sus cabras en el monte, haciendo su vida. Pero cuando llega el momento de la guerra, cogen el fusil que tienen colgado en la pared, lo cargan a sus hombros, encomiendan a sus cabras a quien sea y bajan a hacer la batalla. Luego vuelven”, dice Ben Attia. “Concibo la creación, el arte, casi como una misión divina. No quiero un teatro obligado por lo económico, sino un teatro libérrimo”, añade.
Su teatro mezcla instalación, la performance, el happening y la utilización del espacio de manera no convencional, y se aleja del eurocentrismo. “Estoy harto de que me llamen como al morito, a hacer cosas de morito, nosotros estamos intentando saber qué teatro queremos hacer, descubriéndolo”, afirma sobre su compañía que, además de a Moncada, integra a Maxi Labrador y a otros, más itinerantes, como Carmen Aldama.
Ben Attia ha sembrado su propio camino desde que estrenó en 2016 su primer trabajo, Alifato. Con Juan Navarro —performer y director inclasificable que ha trabajado con creadores como La Fura dels Baus, Rodrigo García o Jan Lawer— estrenó Opus Nigrum, una obra oscura y otra vez profanadora en la que el público asistía a un asesinato y un entierro en mitad campo (pudo verse en Freetour). Luego, estrenó Isabel en el festival Tachán, una lectura libre y subversiva de la relación de la reina española con el Islam.
Pero fue con una obra anterior, con Opus cero, donde su carrera eclosionó. Contiene una violencia arrolladora para con el espectador occidental. Es un teatro de la crueldad, con ecos a la Fura dels Baus y a la profanación de Angélica Liddell, pero la comparación de su teatro con otros que fueron tampoco llega a explicarlo. Su teatro no se entiende sin su carga racial y cultural.
Opus tres, la obra estrenada en Pamplona, es un buen ejemplo de cómo opera su teatro. En esas dos horas de periplo el público sigue a Maxi Labrador que camina melancólico por las calles. Mientras ese coro, ahora acompañado por un oficiante marroquí con el rostro rojo que blande una extraña bandera verde, también lo sigue con sus gemidos. Maxi llega hasta la iglesia gótica de San Cernin en la cual, frente a sus rejas, se arrodilla.
Los paseantes le miran con desconfianza, no entienden la presencia de ese penitente y ese grupo abanderado y gimiente conformado por personas migrantes. Pieles oscuras provenientes de Cuba, Camerún, Perú y Marruecos, con los rostros tapados, escoltan a ese doliente arrodillado que reza frente al templo más antiguo de la vieja ciudad. Poco a poco, el público va comprendiendo que el hombre que encarna Maxi está viviendo su último día; unos textos leídos por el propio Ben Attia así lo delatan. Fragmentos poéticos que son el testimonio de quien ha decidido, por amor, acabar con su vida.
El espectáculo es de una espiritualidad muy europea, deudora del movimiento Sturm und Drang del romanticismo alemán. Opus 3, realmente, es una revisación de la figura del joven Werther, personaje de Goethe, pero cruzada, mestiza, imbuida en las culturas que sufrieron la colonización de occidente y que hoy deben migrar a países donde se les repudia. Un cruce que todo lo resignifica.
Los textos son de una belleza tremenda, la verdad del actor va más allá de la interpretación; la exposición y la entrega son evidentes. Pero ese coro gimiente, que pudiera ser griego y representar el dolor espiritual del protagonista, también son las lágrimas de una ciudad, de sus gentes abandonadas, un dolor ante el que las cuitas románticas quedan reducidas a cenizas. Es en ese cruce donde surge el teatro de este creador. A un lado el occidente intelectual, pero también despiadado. Al otro, esas otras culturas milenarias, pero expoliadas y vejadas, hoy migrantes a quienes nuestra sociedad mira con el máximo recelo.
Para presentar esta obra, Ben Attia ha trabajado en un taller, organizado por el festival, junto al colectivo navarro Negu Gorriak, dedicado a acoger migrantes en Pamplona. La ciudad comienza a reaccionar ante una emergencia migratoria que las instituciones no acaban de solventar. Negu Gorriak, que ha cambiado su nombre en Derecho a Techo tras la persecución sufrida en Ceuta, sigue su activismo y hoy está en uno de los proyectos más esperanzadores surgidos del activismo marxista y libertario de la capital navarra, Fraktal.
El actor marroquí de rostro pintado de rojo, que porta la bandera y mira con orgullo al horizonte, vive, como muchos jóvenes de origen magrebí, en tiendas improvisadas a la orilla del río Arga. De ahí surge parte de la fuerza del teatro de Ben Attia, de la rabia y el dolor de la periferia. Después del estreno en Pamplona, el creador regresa a Algeciras con su pareja, a trabajar como guía turístico, a cuidar de sus hijos, a seguir mimando el teatro que regenta. Al reposo que es también espera para la siguiente batalla.