Qué es el discernimiento, una de las herramientas básicas de la inteligencia emocional, según una psicóloga
Todos tenemos que tomar decisiones. Aceptamos el compromiso y el valor de decidir una cosa y no otra. No solo son decisiones morales, sino también relacionales y educativas. Y aquí es donde necesitamos el discernimiento. Bajo este término se esconde una habilidad y una capacidad de percibir diferencias, sopesar interpretaciones contrapuestas, regular la reactividad emocional y retrasar la toma de conclusiones precipitadas para llegar a una interpretación más precisa.
El discernimiento requiere además tolerar la ambigüedad en lugar de eliminarla, e implica la voluntad de revisar en lugar de defender. Por tanto, refleja una gran flexibilidad y la capacidad de transitar entre perspectivas y considerar varias posibilidades sin decantarse por una sola de forma prematura.
Discernimiento, la brújula interna que nos da claridad
“El discernimiento es la capacidad de pararnos a comprender una situación antes de actuar, diferenciando lo que pensamos, lo que sentimos y lo que realmente está ocurriendo para poder tomar una decisión ajustada a lo que necesitamos y a nuestros valores”, explica la psicóloga Nagore García Ortega.
Además de ayudarnos a distinguir si algo está bien o mal, el discernimiento va un poco más allá, porque nos permite “valorar diferentes elementos de una situación, distinguir cuáles son relevantes y cuáles no, y elegir cómo queremos responder”, añade García.
¿Qué dice nuestra intuición? ¿Y nuestra cabeza? ¿Y las personas de nuestro entorno? Todas estas ‘voces’ pueden aportar claridad a nuestras decisiones, pero requieren escuchar, guardar silencio y estar consciente. Para García, “el discernimiento está relacionado con procesos como la metacognición, es decir, la capacidad de observar nuestros propios pensamientos y con algunas funciones ejecutivas implicadas en la toma de decisiones y el control de la conducta”.
García toma como ejemplo cuando tenemos un conflicto con otra persona. “Discernir no sería actuar inmediatamente desde el enfado ni tampoco ignorarlo, sino preguntarnos ‘¿qué ha ocurrido realmente?’, ‘¿qué estoy interpretando?’, ‘¿qué estoy sintiendo?’, ‘¿qué necesito y qué respuesta sería coherente conmigo?’”
Sin la capacidad de discernir, las personas nos volvemos cognitivamente frágiles. Confundimos firmeza con fortaleza y rigidez con perspicacia. Es como si el discernimiento funcionara como el amortiguador de la mente que permite soportar la presión sin que se produzca una fractura.
La diferencia entre discernir y pensar demasiado
El discernimiento nos conduce a pasos concretos. Es la capacidad de tomar decisiones inteligentes sobre las mejores maneras de superar las dificultades, de separar lo importante de lo irrelevante o de diferenciar entre dos opciones similares. Una capacidad que dista mucho de analizar algo de forma obsesiva. “La diferencia fundamental está en que discernir nos ayuda a avanzar, mientras que pensar en exceso puede dejarnos atrapados”, afirma García.
La vida nos exige evaluar comportamientos, reconocer riesgos y elegir, por ejemplo, en quién confiar. El discernimiento nos ayuda a pasar de la experiencia a la decisión. Comparamos lo que sucede con lo que sabemos, estimamos lo que podría ocurrir y decidimos si continuar, retirarnos o solicitar más información. “Cuando discernimos, analizamos una situación con un propósito: comprenderla mejor y poder tomar una decisión, aunque no tengamos una certeza absoluta”, reconoce García.
Esto no ocurre con el pensamiento rumiante, que suele llevar implícita una búsqueda de la certeza o de control que es difícil de alcanzar. “Damos vueltas a las mismas preguntas, revisamos otra vez lo ocurrido y buscamos una respuesta definitiva que nos permita sentirnos completamente seguros”, admite García, según la cual discernir no es tanto una cuestión de cuánto pensamos, sino de cómo pensamos y qué función cumple ese pensamiento.
Porque el discernimiento acepta que “siempre habrá cierta incertidumbre, mientras que el pensamiento repetitivo puede convertirse en una estrategia para intentar reducir la incertidumbre que paradójicamente termina manteniéndonos más preocupados”, advierte García. Y es que la incertidumbre no siempre impide una respuesta razonable: podemos decidir que un acuerdo debe modificarse aun sin estar seguros de los motivos que lo impulsan.
Para distinguir si entramos en este pensamiento repetitivo en lugar de discernir, la experta aconseja hacernos esta pregunta: ¿Pensar sobre una cosa determinada nos está ayudando a comprender y decidir, o estamos intentando conseguir una certeza que probablemente no voy a poder obtener?
Discernir: la conexión con establecer límites saludables
El discernimiento es el paso previo para poner límites. Y hacerlo de forma equilibrada no es fácil. El objetivo, en toda decisión, no es llegar a límites más fuertes, sino más acertados. Primero necesitamos “saber dónde estamos nosotros y dónde empieza el otro: qué necesitamos, qué podemos ofrecer, qué no queremos aceptar y qué consecuencias tiene para nosotros mantener una determinada situación”, afirma García.
Los límites aclaran dónde terminamos nosotros y dónde empieza la otra persona y nos permite ir un poco más allá de la simple emoción del momento, además de evitar el contagio emocional y la codependencia.
Para García, podemos sentir culpa cuando decimos que no, o miedo a decepcionar a alguien, “pero sentir culpa no significa necesariamente que estemos haciendo algo incorrecto”. Y aquí entra en juego la diferencia entre ‘no quiero hacerlo’, ‘no puedo hacerlo’ y ‘creo que debería hacerlo porque temo lo que pueda pensar la otra persona’. “Esa diferenciación favorece unos límites más coherentes y menos reactivos”, explica la psicóloga.
Esta capacidad de establecer límites sanos implica también respetar pensamientos, creencias y valores distintos a los propios, sin sentirnos obligados a aceptarlos ni sentirnos atacados cuando alguien expresa una opinión distinta. “Está relacionado con la asertividad, es decir, poder expresar nuestras necesidades y derechos respetando al mismo tiempo los de los demás”, afirma García.
Una habilidad que se puede entrenar
El discernimiento es una habilidad que se puede desarrollar, malinterpretar o perder temporalmente, ya que no es una cualidad permanente ni una insignia que se obtiene mediante la convicción. Según García, “hay personas que pueden presentar determinadas diferencias en aspectos relacionados con la regulación emocional, la impulsividad, la flexibilidad cognitiva o la capacidad de planificación. Pero el discernimiento no es una capacidad fija con la que nacemos o no: se puede desarrollar y entrenar a lo largo de la vida”.
Entrenar el discernimiento implica desarrollar la capacidad de pausar, observar, procesar la información sin sesgos automáticos y tomar decisiones conscientes. Necesitamos la experiencia, el aprendizaje y la capacidad de reflexionar para poder tomar mejores decisiones.
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