Las presas que salen de la cárcel para ir a ver 'Bernarda Alba': “Lorca es teatro de verdad”

Es un día importante en el Teatro María Guerrero. Es el ensayo general de La casa de Bernarda Alba, donde se va a testar por primera vez si el nuevo montaje del Centro Dramático Nacional tiene química o no con el respetable. La obra es una de las grandes de Federico García Lorca. El teatro está lleno. En el primer anfiteatro hay una decena de mujeres jóvenes, entre los 30 y los 50 años. Todas ellas son presas de la cárcel Madrid I de Alcalá Meco. Están animadas, charlan entre ellas, ríen y comentan. Han venido acompañadas por funcionarios. Para algunas, es la primera vez que pisan un teatro; otras han decidido repetir. Nadie alrededor de ellas sabe de dónde vienen.

Todas forman parte de un programa organizado por el Centro Dramático Nacional (CDN) y la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias que comenzó el 11 de noviembre de 2021 con la salida para ver otra obra de García Lorca, Comedia sin título. Desde entonces, internas de esa prisión y hombres de la cárcel Madrid III de Valdemoro han asistido a una decena de montajes. Un camino que es de ida y vuelta, ya que los directores y actores de esas compañías luego visitan las propias cárceles para conversar sobre las obras.

Durante la representación, se las ve relajadas. Son buen público. Cuando ríen, lo hacen con holgura y contagian al resto de espectadores. Al acercarse el final de la obra, cuando la hija de Bernarda, Adela, decide suicidarse y la pieza se convierte en tragedia, se nota su recogimiento tenso en las butacas. Al final, aplauden con ganas, comentan, ríen y van saliendo entre el resto del público.

Forman parte de este grupo María, de 47 años, del barrio madrileño de San Blas, y Josie, francesa de 53 años. Ambas prefieren dar nombres ficticios. “A mí me ha gustado más esta, la otra vez fui a ver Los gestos, pero esta es más entretenida, hay más diálogo y además me gusta mucho García Lorca, la otra no la entendí mucho”, explica María a este periódico. “A mi también”, concuerda Josie: “Me ha encantado. Prefiero esto que el teatro vanguardista que hemos ido a ver al Teatro Valle Inclán. Los dos son buenos, pero este es teatro de verdad, aunque también me encantó 400 días sin luz”, afirma sobre la obra que dirigió Raquel Alarcón y que abordaba el drama humanitario de la Cañada Real.

Prisión interior

En España hay alrededor de 55.000 presos en la actualidad. De ese total, 47.451 están gestionados por la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, dependiente del Ministerio de Interior, en 81 centros repartidos por la geografía española. Los 7.000 restantes dependen de los Gobiernos de la Generalitat y Euskadi, que tienen las competencias cedidas. Para poder asistir a este tipo de salidas, “tienen que tener la cuarta parte de la pena cumplida y estar clasificados en segundo grado”, explica Lourdes Gil Paisán, coordinadora de tratamiento y gestión penitenciaria de la Secretaría General, que también ha decidido asistir a la función con las presas.

Socióloga de formación, Gil Paisán lleva más de 34 años trabajando en el sistema penitenciario. Hace años también formó un grupo de teatro en la prisión de Soto del Real y su visión sobre el papel de este arte en el mundo penitenciario es claro: “Es de las actividades más poderosas de inserción que tenemos en la cárcel. El teatro es un espacio donde las personas se respetan y se aprende del diferente”, argumenta.

Con respecto al programa con el CDN, Gil Paisán solo tiene valoraciones positivas: “Todas las salidas al teatro están siendo muy fructíferas. Aunque en un principio puedas pensar que quizá la obra pueda ser difícil o compleja, no dejan de asombrarte los comentarios que luego te hacen con apreciaciones que tú no habías ni remotamente pensado”, dice. “Cuando vinieron a ver La madre de Frankenstein, que duraba cuatro horas, tenías que ver el grado de atención que tuvieron. Teníamos dudas, pero ni se movieron del asiento”, afirma Gil Paisán sobre la obra protagonizada por Blanca Portillo y basada en la novela de Almudena Grandes.

“Cada día es una aventura, hoy vienen a ver La casa de Bernarda Alba, que es una obra que habla de mujeres castradas por una autoridad. Es una obra fuerte, que seguro les toca, no tanto por la idea de que sea la cárcel lo que se está representando, sino por cómo se ha educado a la mujer en este país en el que todas tenemos cárceles internas que son incluso más potentes que la cárcel física”, explica Gil Paisán. “Seguro que reconocen en la obra figuras que han sido importantes para ellas y que muchas veces se basaron en: haces lo que yo digo y punto”, concluye.

María cuenta a este periódico que la primera vez que fue al teatro fue gracias a este programa: “Pero no me acuerdo de lo que vi, no sabía cómo reaccionar”, recuerda. Más tarde en la conversación se acordará: “Ah, sí, fue Fundamentalmente fantasías para la resistencia, pero es que me quedé bloqueada, el teatro no es como el cine, es otra cosa. Y nosotras, como venimos de la prisión, pues al principio no nos situamos, aunque estemos en el teatro seguimos en prisión”, razona esta madrileña que está cumpliendo su último año de reclusión de una pena de tres.

En cambio, Josie cuenta que la primera vez que fue al teatro fue con 12 años, “a ver Pauvre France”, una comedia de Broadway que en 1981 tuvo gran éxito en Francia con el actor Jean Lefebvre. “Me llevó la abuela con la que vivía, me quedé impresionada, me dije que quería ser actriz. Luego llegaron los centros de acogida, los hijos… He tenido una vida que no me permitió seguir con eso. Cuando llegué a la cárcel, participé como actriz en una obra pequeña, Picnic se llamaba”, recuerda sobre la obra de Fernando Arrabal esta presa a la que ya solo le queda un año de los nueve a los que fue condenada. Ante la cara de asombro de quien esto escribe, Josie espeta: “Pasa rápido, ya no queda nada, porque de aquí salimos. ¡Eh, que no estamos muertas!”.

“El condenado (…) tendrá derecho a un trabajo remunerado y a los beneficios correspondientes de la Seguridad Social, así como al acceso a la cultura y al desarrollo integral de su personalidad”. El artículo 25 de la Constitución Española es claro y así lo reciben en la Secretaría General. “La cultura y la educación aportan al preso espíritu crítico y capacidad de reflexión sobre quiénes son ellos frente a la sociedad. Para nosotros, la cultura es una herramienta fundamental para conseguir que, cuando el preso salga, se enfrente mejor al mundo. Hay mucha exclusión en las cárceles, hay mucho pobre, y no solo económico, sino también de formación”, analiza Gil Paisán, “y el teatro es un espacio de complicidad, en la cárcel pasan muchas cosas y los presos encuentran en el teatro lo que llamamos un espacio 'no cárcel' que además tiene un componente terapéutico muy grande. La persona puede interpretar, ser otro, e interiorizar, por ejemplo, un papel donde se ejerce la violencia y vivirlo y ver cómo es recibido por el otro. Eso para trabajar el control del impulso es perfecto”, explica Gil Paisán.

'Las yeses'

La relación del mundo de los presos y el teatro en nuestro país tiene raíces fuertes desde el nacimiento de la democracia. Todavía hoy sigue en pie la mítica compañía de 'las yeses', la compañía que se creó en 1985 en un momento donde la vida en las prisiones era mucho más dura. Hace casi 40 años, una funcionaria de prisiones, Elena Cánovas, mientras compaginaba su trabajo con sus estudios de teatro, creó la compañía Teatro Yeses. Inmersa en los escritos de Clara Campoamor, Victoria Kent y Concepción Arenal, levantó una compañía que hoy sigue viva y que ha facilitado a cientos de presas transitar ese largo camino que se llama reinserción al mismo tiempo que concienciar al público en temas como la justicia social o el feminismo.

Ahora, Cánovas ya está retirada como funcionaria, pero sigue dirigiendo la compañía y desplegando esa capacidad de acción y energía que la ha hecho famosa. El año pasado, 'las yeses' estuvieron con dos obras en el prestigioso Festival de Almagro, todo un hito. Y ya anda preparando el 40 aniversario de la compañía y el nuevo espectáculo que también acudirá al certamen manchego. “Estamos preparando una obra de María de Zayas del siglo XVII, pero claro, muchas de las actrices este año son nuevas, mis actrices tienen esa mala costumbre de irse en libertad”, cuenta Cánovas a este periódico en los pasillos del María Guerrero, justo antes de que comience la función. Al preguntarle por cómo cree que el teatro incide en las vidas de las presas, Cánovas explica que con este arte “ellas se transforman, se acercan al mundo de la cultura, de la literatura dramática, es como tener la posibilidad de viajar en un momento que están viviendo enclaustradas no solo en la cárcel, sino en una vida en la que muchas veces no ven la posibilidad de salir a flote. El teatro, en ese sentido, es un arma totalmente transformadora”.

Pero aparte de 'las yeses', la presencia de proyectos teatrales en las cárceles de España es abrumadora. “En este momento hay 21 grupos de teatro en activo en los centros penitenciarios que dependen de la Administración General del Estado”, explica Gil Paisán, que cuenta también a este periódico que desde su secretaría todos los años realizan un concurso entre las obras que montan los grupos: “Grabamos las obras, conformamos un jurado y votamos. Todo muy casero, pero son nuestros premios Max”.

Gil Paisán cuenta que los proyectos tienen vidas a veces efímeras al asentarse en el compromiso de quienes los imparten. Aun así, en España hay proyectos pioneros en el tratamiento terapéutico del teatro en las cárceles como los que se están llevando a cabo en Huelva, con la actriz y terapeuta Cinta Entenza, o en Teixeiro (A Coruña), donde el educador Eduardo Francisco Domínguez ha levantado la compañía Nueva Vida. Otra aventura que lleva años destacando es Lóva, que se desarrolla en la cárcel de Valdemoro, donde los presos escriben, producen y levantan un montaje cada año. Allí fue a trabajar la dramaturga y directora Carolina África, experiencia que intentó trasladar en El cuaderno de Pitágoras, obra que produjo y se estrenó con éxito en el CDN hace dos años.

Cambio de rumbo

Después de la función, Alfredo Sanzol, amablemente, en un día tan complicado, de últimas notas y retoques antes del estreno, se presta a hablar con elDiario.es. “Uno de los puntos fundamentales de esta dirección es el abrirse a nuevos públicos. Y cuando Paloma Monleón, que trabaja en nuestro equipo, nos propuso esta colaboración, nos apuntamos de cabeza”, explica el director. “Quizá ellas pudieran pensar que esta no es su casa, se trata de conseguir que sí lo piensen. Y quiero soñar que cuando acaben la condena, cuando ya sean libres, vengan a ver una función”, argumenta este director, que ha conseguido abrir nuevas políticas de mediación, de ampliación de públicos y de inclusión de colectivos vulnerables o en riesgo de exclusión durante su mandato hasta ahora inéditas en el CDN.

La lista de proyectos en estos tres años es larga. Está Dramawalkers, un proyecto de ficciones sonoras geolocalizadas que tiene como objetivo la apertura del teatro a las comunidades, ciclo en el que una de sus últimas entregas está dedicada, justamente, a una visita a la prisión de Alcalá-Meco, pieza sonora que puede escucharse en la web del CDN y para la que se llamó a una de las artista sonoras y visuales más potentes del país, Edurne Rubio.

Estas y otras acciones van consiguiendo posicionar al CDN en los parámetros de apertura y modernización de los principales centros escénicos del mundo. “Se trata de ir haciendo conexiones con el público, pero generar públicos yendo a los públicos, no esperando a que vengan. Yendo a los barrios, a las asociaciones... se trata de crear vínculos emotivos con ciudadanos que además suelen tener difícil acceso al teatro”, argumenta Fernando Sánchez-Cabezudo, asesor y coordinador artístico del CDN.

La charla con María y Josie tiene que ser corta. El autobús que lleva de regreso a la cárcel no espera. Cuentan a este periódico que ambas son grandes lectoras: “Yo desde que he entrado ya llevo 226 libros”, dice orgullosa María, “aunque creo que Josie me gana. Personalmente, en los 47 años que tengo de vida no había leído nunca, incluso las dos veces que estuve antes en la cárcel no me dio por leer”, explica. Antes de que tengan que partir les preguntamos quién les ha gustado más en la obra. “Bernarda (Ana Wagener) está muy bien, señora, señora”, dice Josie. “Para mí la criada, la Poncia (Ane Gabarain)”, dice Angie. ¿Y de las hijas? “Claramente Adela (Claudia Galán)”, defiende Josie. “No, no, para mí, Martirio (Sara Robisco). Por lo menos la otra, Adela, ha disfrutado lo suyo con Pepe el Romano. Esta, en cambio, la pobre…”, zanja María.