Crónica

Romeo y Julieta, amor entre abucheos

30 de mayo de 2026 06:02 h

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“¿Cómo hacer nuevamente una historia que todo el mundo conoce?”, se preguntaba Thomas Jolly durante la rueda de prensa de Romeo y Julieta. El nombre quizás les suene: fue el responsable de las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos de París. “¿Por qué nos sigue emocionando aunque sepamos el final?”, proseguía, en videoconexión desde el festival de Cannes. “Lo que atrapa al público es la fuerza con la que estos enamorados luchan, con eso nos podemos identificar”.

El propio Jolly está bien identificado con los personajes. Durante la cuarentena del COVID, el actor y director aprovechó que su apartamento tenía dos balcones para representar junto a su pareja la célebre escena homónima de la obra de Shakespeare. La ocurrencia, como tantas otras de la pandemia, se viralizó. Llegó, incluso, a manos del director de la Ópera de la Bastilla, quien, ni corto ni perezoso, contactó con el joven regista para ofrecerle mejores medios que un telón improvisado con una persiana.

Veinticinco óperas se han escrito sobre la manida historia de estos enamorados con parentelas enfrentadas. Algunas siguen al pie de la letra el argumento del bardo inmortal. Otras se toman licencias modernizadoras, como hiciera Leonard Bernstein en West Side Story. La de Charles Gounod se estrenó en 1867 y es una versión sentimentaloide. En ella, desaparecen las tensiones sociales y políticas, y el argumento se despacha entre cuánto te quiero, cuánto me quieres: matémonos.

Malos tiempos para programar semejante alegato en favor de amor romántico desatado. “Esta historia es un oxímoron”, repetían durante la presentación sus responsables escénicos. “Partiendo del título, Romeo ‘y’ Julieta, que son dos personajes que no pueden estar juntos”.

Para escenificar estos imposibles, Jolly ha optado por incrustar en el escenario la gran escalinata de la Ópera Garnier, famoso mastodonte Estilo II Imperio, sabiendo que la producción se estrenaría en la Bastilla, el moderno teatro sede de la Ópera Nacional de París. El golpe de efecto, sospecho, tendrá más impacto en Francia. Para los madrileños que abarrotaron el Teatro Real durante el estreno de este miércoles, la desproporcionada escalera no fue más que un armatoste giratorio que no sabía estarse quieto.

Historia de un descarrilamiento

La ópera, escrita antes de que la consigna “enseña, no cuentes” fuese predicada a los guionistas, comienza con un coro (a la manera de las tragedias griegas) que nos relata que en Verona hay una epidemia de peste y dos familias que se detestan. “Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana”. Y como en las películas de Star Wars, casi nada de lo dicho vuelve a retomarse. Se alza el telón y aparecen médicos con máscaras picudas desinfectando cadáveres con un sahumerio. Primera y única vez que sabemos del virus y de los doctores. El recurso narrativo, al cajón de los descartes.

Suma y sigue. Sobre el obstinado artefacto rotador, una multitud carnavalesca se agita como poseída por el “ritmo ragatanga”. En las fiestas de los Capuleto, cada uno baila su música imaginaria. Sin que sepamos ni cómo ni por qué, algunos Montesco se han colado a zampar canapés, gula que podría costarles la vida. Fruto de esa osadía, Julieta se cruza con Romeo y Cupido hace de las suyas. Diez minutos después se confiesan sus apellidos. “Está decidido”, proclama ella, “si no puedo estar con él, la tumba será mi lecho nupcial”.

Admito que el despropósito consiguió ilusionarme. Con un libreto tan absurdo y lleno de clichés —pensé—, habrán decidido pisar el acelerador y vamos derechitos hacia un descarrilamiento. Qué ingenuo. Una hora después, la escalinata de cartón piedra seguía dando vueltas, lo irracional no pasaba de hortera, y los elementos escenográficos se sucedían más por demostrarnos que se disponía de ellos que porque tuvieran sentido. Hubo peleas a puerrazos, un fraile botánico entrando en barca por lo seco, trajes cargados de espejitos, novias derviches, coreografías imposibles, toda clase de distracciones que dificultaban atender a la música, confeti a destiempo y un dúo protagonista al que la química le salió a deber.

Viendo el guirigai, el público se animó a participar. Durante toda la función, los aficionados de las localidades más elevadas interrumpieron la música a gritos, molestos tras quedar cegados a causa de una iluminación que, en términos generales, tampoco tenía ni pies ni cabeza. Al concluir el entreacto, Carlo Rizzi (el director musical), fue recibido con abucheos que volvieron a repetirse al final de la función, junto a la tradicional pitada que este teatro suele reservar al director de escena (tuvo el valor de salir primero en solitario para recibir los primeros golpes) y al resto de su equipo.

Ni la música ni la dramaturgia

Romeo y Julieta es una ópera insostenible porque la protagoniza gente que todavía no ha merendado junta, pero que está dispuesta a sacrificarse en el altar de un amor que ni es digno de ese nombre. “Qué dulce instante. Qué alegría infinita y después morir contigo”. Para que medio funcione, tanto la música como la dramaturgia deben convencernos de que sus protagonistas están enajenados. Podrían, no sé, haber ubicado la acción en un frenopático y sería más creíble que en esa Verona de pestes intermitentes, en la que los cuellos con gola conviven con linternas a pila y esquifes con ruedas.

Perezosamente, esta propuesta despliega la serie de hitos que necesita la obra (la fiesta, el encuentro de los amantes, el repentino enamoramiento, la boda secreta, el duelo con muerto, el destierro de Romeo, el casamiento forzoso con un aristócrata por voluntad de un hermano cadáver, la muerte fingida, el plan que sale mal, el suicidio felicísimo) como una lista de epígrafes a completar más que como episodios de un mismo itinerario narrativo que deben sucederse con una mínima naturalidad. Tampoco termina de entenderse la apuesta estética de Jolly. Por qué, tras el entreacto, el desparpajo esquizoide de la primera parte deja paso a un minimalismo injustificado. Nos quedan, eso sí, las danzas incomprensibles. Algo es algo.

Yendo a lo musical, la dirección de Rizzi fue aburridísima y no logró ofrecernos ni un triste momento de tensión. Teniendo sobre la escena a dos jóvenes tan fogosos, parecería que habían repartido calmantes. En las voces, Nadine Sierra fue muy superior a su contraparte, encarnada por Javier Camarena. La soprano estadounidense, bien es verdad, tiene un rol mucho más lucido.

Los agradecimientos hay que dárselos a la señora Miolan-Carvalho (primera cantante en interpretar el papel y esposa del empresario que patrocinaba la función) que logró que Gounod le alicatase la partitura con arias de lucimiento. La pareja empasta mal y al tenor no se le vio cómodo en ese papel, por más que arrancase un par de aplausos con sus notas de pecho. El resto del elenco se reparte papeles menores y ninguno consiguió lucirse demasiado.