Nota al pie
Teléfono rojo
El cinco de abril de 1963, seis meses después de la crisis de los misiles de Cuba, el Gobierno de la Unión Soviética aceptó la propuesta de su contraparte estadounidense de establecer una línea directa entre Washington y Moscú para situaciones urgentes. En realidad, la propuesta original había partido de la URSS, que ya había expresado su preocupación por la posibilidad de que se declarara accidentalmente una guerra, como se afirma en el Memorándum de entendimiento que se firmó en Ginebra en junio de aquel año (la copia del acuerdo está disponible en el archivo digital del Departamento de Estado). Y la primera frase que se transmitió por el flamante sistema decía así, en mayúsculas: THE QUICK BROWN FOX JUMPED OVER THE LAZY DOG'S BACK 1234567890, que vendría a ser, descontando los números, “el raudo zorro marrón saltó sobre el lomo del perezoso perro”.
Dean Rusk, secretario de Estado con John Fitzgerald Kennedy y Lyndon B. Johnson, contaba que el gran ministro de Asuntos Exteriores que fue Andrei Gromiko (sus Memorias son altísimamente recomendables) le llegó a preguntar qué demonios significaba la frase de marras. Teniendo en cuenta que los traductores rusos lo averiguaron enseguida, es obvio que Gromiko estaba ironizando con el pragmático halcón, tan capaz de parar los pies a Douglas MacArthur en Corea como de defender la guerra de Vietnam, que costó la vida de entre dos y tres millones de personas; pero, sea como sea, el mensaje estaba tan poco codificado como la respuesta soviética (una descripción de una puesta de sol en Moscú, según el Criptomuseo de los Países Bajos): era un pangrama, es decir, una frase que contiene todas las letras de un abecedario determinado y que, en el caso del zorro y el perro, se solía utilizar para practicar mecanografía o probar máquinas de escribir, teclados de ordenadores, tipografías y, en efecto, sistemas de comunicación entre superpotencias.
A veces, la realidad es más sencilla de lo que parece. Lo único verdaderamente relevante de esa anécdota es el motivo de que se usaran mayúsculas, y solo lo es por la importancia de lo trivial: que la máquina no tenía minúsculas, lo cual nos lleva al quid de la cuestión. En el imaginario de la mayoría de la gente, aquella “línea caliente” entre la URSS y EEUU era un teléfono; en parte, por esa maravilla cinematográfica llamada Dr. Strangelove que surgió del encuentro de Red Alert (Peter George) con el siempre genial y subversivo Stanley Kubrick y el no menos subversivo Terry Southern, de quien se acaba de reeditar su feroz Candy en castellano, de la que no hablaré porque me toca directamente. Sin embargo, ni era el teléfono rojo de la película ni lo podía ser, por las limitaciones inherentes al lenguaje hablado. Era un teletipo y, aunque no evitó jamás ninguna guerra, entretuvo bastante a sus operadores, que se dedicaron durante años a intercambiar relatos de Mark Twain, Antón Chéjov y demás para pasar el rato o asegurarse de que la línea seguía operativa, como comenta Rusk en As I Saw It, no traducido a nuestro idioma.
Desconozco qué intercambiarán ahora por la red de satélites y fibra óptica que acabó sustituyendo al télex. La guerra fría también fue una guerra cultural –si es que no lo fue sobre todo– y, al no haber ya una verdadera contraposición de modelos culturales, es posible que tampoco se sientan en la necesidad de competir en dichos términos o, simplemente, de fingirse cultos. De lo que no cabe duda es de que, con independencia del tipo de materiales que intercambien por chat y correo electrónico, la ficción sigue teniendo más peso a efectos colectivos que la sobria y cargante realidad. Por mucho tiempo que pase y mucho que se explique, aquel trasto de color negruzco seguirá siendo un teléfono y, además, rojo. No es algo propio de la “cultura pop”, como se ha dicho durante décadas, sino de nuestra especie, aunque solo sea por la razonable pretensión de adornar o simplificar lo complejo. Queremos cosas fáciles y bonitas, fábulas que no nos incordien. Si hay un Kubrick de por medio, liberan; si no, condenan. Y nuestra querencia, que en el ejemplo propuesto en este artículo no tuvo consecuencias graves, puede ser suicida.
Antes de ser secretario de Estado, Dean Rusk estuvo en el Departamento de Guerra de los EEUU y, a pesar de la situación del Extremo Oriente en aquella época, descubrió que los únicos documentos que había en sus archivos sobre esa zona del mundo eran “un ejemplar” de una guía turística (la Murray’s Tourist Handbook), un informe de 1925 de un “agregado militar” británico y “un cajón de artículos” del New York Times. Dusk afirma –y no parece dudable– que corrigió el problema, pero imaginen qué pasa cuando la incompetencia se suma a formas de hacer política que consisten básicamente en un montón de propaganda mediática. Los oficiales estadounidenses de entonces no sabían dónde estaba Indochina, y quién sabe si los de hoy sabían lo suficiente de Irán. De lo que sí son conscientes todos, siempre, es de la importancia de un buen cuento, de una historia enorme que oculte lo demás, tapando cualquier barbaridad tras un chicle de fresa. Piénselo cuando sigan, como yo mismo, la evolución de la Artemis 2. Estando en medio un imperio, ni hay teléfonos rojos ni cohetes que despegan cuando más le conviene al poder.