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Cuando ya ni tus orígenes logran definir tu identidad

Hemiciclo del Parlamento Europeo

¿Qué ocurriría si la UE cursara una petición de ingreso en la UE? La respuesta es clara: sería rechazada. En efecto, la propia UE no cumple las exigencias de democracia  que impone para conseguir el ingreso” (Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, 1999) ¿Qué querrá decir Ulrich Beck con esa carencia de democracia de la que habla? ¿Estamos tal vez ante una crisis existencial de la Unión Europea? En manos de cada individuo reside su respuesta personal ante esta cuestión, si bien negar un estancamiento de la Unión Europea supone creer en algo inverosímil, aislándose de todo cuanto en el seno de esta está sucediendo. Ciertamente puede observarse sin dificultad, y sin ir más allá de una perspectiva general, una crisis descompuesta en cuatro pilares, el económico, el político, el social y el moral, los cuales no pueden entenderse por separado, pues forman parte de un constructo en la cúspide del cual se ensalza la pregunta que se nos plantea. No es atrevido pues afirmar que Europa vive una crisis existencial que se inició con el siglo XXI y el estallido de la crisis económica mundial: ¿Fue tal vez el comienzo de un periodo de incertidumbre frente al futuro de Europa como actor global en su intento de desarrollarse en un proyecto político común?

Antecedentes

Como todo suceso, debemos hallar su explicación en sus antecedentes, en su historia. Es por ello que sería ingenuo buscar el origen de la crisis europea remontándonos a una década, o lo más a principio de siglo, cuando desde la historiografía se nos está mostrando que fue a finales del siglo pasado, en la década de los setenta, cuando realmente fecundó la crisis. Fue en aquella década mencionada cuando los conservadores irrumpieron con fuerza en el panorama político, consiguiendo introducir unos valores sociales alejados de lo que Europa había sindicado como proyecto político de paz y progreso. Fue ya en aquel momento cuando aquellas palabras que Wiston Churchill pronunció: “Si Europa estuviera unida un solo día no habría límites para la felicidad, la prosperidad y la gloria de las que podrían disfrutar sus habitantes” (Wiston Churchill, 1946), fueron cuestionadas. Y es que ya a finales del siglo XX comenzaron los ataques contra el Estado de Bienestar considerándolo inútil, despilfarrador y creyendo que contribuía a eliminar la libertad de los individuos, siendo además una ofensiva contra el papel político del Estado como organizador y distribuidor de los recursos públicos. Los conservadores del momento abogaron, de forma drástica, por la liberalización de la economía, la privatización de las empresas y servicios, imponiendo la “ley del mercado” por encima de la justicia social. Aquella argumentación sería el poso sobre el que se remodelaría el papel de Europa a finales del siglo XX. ¿Qué ocurre entonces con la llegada del nuevo siglo?

Crisis económica: recesión

Remontémonos a un lunes, pero no uno cualquiera, sino al 15 de septiembre de 2008: la caída de Lehman Brothers, la quiebra del que fuera el cuarto banco de inversión de Estados Unidos la cual se ha convertido, con el paso del tiempo, en la imagen icónica de la crisis financiera global. Crisis financiera global, no cabe duda. Pero tampoco cabe que Europa fue, sin lugar a duda, la víctima más directa de lo que hoy acuñamos como la gran crisis económica mundial del 2008. A día de hoy, todavía no se ha recuperado diez años después. Ejemplos varios, sucedidos dentro de sus fronteras, confirman este hecho: Grecia o España, donde los recortes en derechos laborales y sociales han creado una sociedad dual, basada en la desigualdad, la precarización laboral, el desempleo juvenil y unas altas tasas de exclusión y pobreza. En el año 2000 se acuñó el término “mileurista” para significar un bajo salario para los jóvenes, mientras que hoy el salario juvenil está muy por debajo de esos 1000 euros mensuales, y ser parte de los “mileuristas” es toda una hazaña.

Es de estos hechos de donde surge nuestro primer gran pilar del constructo llamado crisis existencial: la crisis económica. Existe actualmente una gran discusión acerca de si Europa ha seguido las medidas correctas o no para atajar dicha crisis. Se intentó dar solución a través del llamado “austericismo”, dirigido por la canciller alemana Ángela Merkel, basado en el recorte de derechos, subsidios, pensiones y ayudas, mientras que la prioridad residía en pagar deudas. Este debate fue abierto tras la posibilidad de la política europea de comparar dicho sistema con el desarrollado por el gobierno americano del 44º presidente de los Estados Unidos de América Barak Obama, quien apostó por un programa de expansión económica del Estado, invirtiendo en dinero público para acelerar la economía y el consumo, aumentando así el gasto público como medio para salir del estancamiento en el que se encontraban tras el estadillo de la crisis (Estas políticas de expansión fueron defendidas por los premios Nobel de Economía, Paul Krugman y Joseph Stiglitz). El “austericismo” ha significado una presión sobre los ciudadanos, extrayendo de él una de las grandes transformaciones producidas en esta crisis, la referida a las cuestiones laborales, es decir, a uno de los cambios que afectan en mayor medida y de manera más directa a la ciudadanía. Europa ha creado una nueva clase social, la cual refleja que hoy en día no basta con tener un trabajo para vivir dignamente, pues en múltiples ocasiones se requiere de hasta varios empleos, todos precarios, para poder llegar a final de mes, para lograr subsistir. Esta nueva clase social fue bautizada por el británico Guy Standing como “el precariado” (Guy Standing, El precariado. Una nueva clase social, 2012), y es que “La Unión Europea representa el 7% de la población mundial, sobre una cuarta parte de la riqueza mundial y casi la mitad de gasto público social mundial… Pero uno de cada cuatro ciudadanos europeos está en riesgo de pobreza o exclusión social” (Antonio Ariño y Joan Romero, La secesión de los ricos, 2016).         

Crisis social: desigualdad

Ante una situación en la que se concluye que, “mientras «el ganador se lo lleva todo», […], se ha consolidado la política económica de la inseguridad y la desigualdad” (Antonio Ariño y Joan Romero, La secesión de los ricos, 2016), surge una población desconfiada, que forja el segundo gran pilar explicativo de esta crisis existencial: la crisis social.

Remarcaría como generalización indiscutible el hecho de que la desigualdad ha sido un factor de indudable crecimiento, así como de empobrecimiento de la ciudadanía, logrando el retroceso de la clase media europea. Las medidas económicas emprendidas han forjado movimientos nuevos de protesta en numerosos países pertenecientes a la Unión, como puede ser el caso de los desahucios (utilizando este ejemplo debido a la próxima con que ha vivido el suceso la ciudadanía española), hecho insólito que antes resultaba inimaginable: gente desalojada de sus viviendas las cuales adquirieron cuando tenían empleo y que ahora no pueden mantener ya que no pueden pagar sus cuotas (viviendas que además fueron compradas hasta por el doble de lo que ahora valen debido a la burbuja inmobiliaria). Los bancos, encabezando la lista de protagonistas del problema, dando créditos sin solvencia, a su vez han sido rescatados con dinero de todos los ciudadanos, mientras que estos se han quedado sin casas, las cuales por tanto iban engrosando el patrimonio bancario.

Otro de los graves efectos de la crisis económica el cual, a su vez, ha consolidado la crisis, ha sido la subsistencia familiar. Muchos hijos de familias de clase media europeas han vuelto a casa de sus padres por no disponer de recursos para mantener a la familia que han formado, acudiendo al amparo ya no tanto de sus padres, sino de las pensiones de estos. Como ejemplo de ello y contextualizando la crisis social de nuevo a nuestra sociedad para comprenderla en un mayor grado de preocupación, se dice que la crisis española la han soportado, en su mayor parte, los mayores que han hecho frente con sus pensiones a la subsistencia familiar.

Cabe añadir que la crisis social ha tenido consecuencias en recortes de ayudas, becas, subsidios, salarios, y un largo etcétera, que afecta fundamentalmente a las clases medias y, sobre todo, a los más vulnerables y necesitados de la protección del Estado de Bienestar.

Crisis política: desconfianza

Tratemos de pensar cómo reaccionarán los ciudadanos frente a la decadencia en la que se encuentran inmersos. Como ya se ha utilizado para introducir la crisis social, se ha creado una población bañada en la desconfianza, en la “sociedad del riesgo” (Ulrich Beck, La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, 1986). La crisis económica seguramente fue solo el detonante que destapó una crisis encubierta, larvada, que se iba materializando con las sucesivas votaciones electorales, y que consiste en una desconfianza cada vez mayor a las instituciones democráticas. La ciudadanía actualmente desconfía de todo: de los políticos, de los jueces, de los medios de comunicación. Ello genera un ataque a la democracia, pues si la población observa de manera impotente y sin poder hacer nada (pues, por mucho que se logre hacer, existen grandes desacoplamientos en esta nueva era de la globalización que afectan de forma directa a la Unión Europea, como son el forjado entre Estado-mercado, el cual impide que los poderes nacionales o la población de los Estados pueda enfrentarse al gigante económico sin instituciones realmente unidas y desarrolladas a nivel continental o internacional -como debería ser la Unión Europea, de ahí el gran debate analizado en este ensayo sobre su crisis existencial-) como se aplican medidas económicas que dañan y generan sufrimiento en el seno de las familias europeas y, sobre todo, ven como estas llegan de instituciones no democráticas como el Banco Europeo o el Fondo Monetario Internacional, se va  generando una progresiva indignación social.

Indignación que va canalizando en una crisis política (tercer gran pilar que construye la gran pregunta de si la Unión Europea se encuentra en una crisis existencial) y que desemboca en una de las múltiples crisis en las que vive inmersa la Unión: la crisis de las ideologías del siglo XX tales como la socialdemocracia, que se encuentra en claro retroceso y en una caída electoral en todos los países que conforman la UE. Indignación que a su vez, y como fenómeno más preocupante, es utilizada por los partidos de ideología extrema, que están ascendiendo y entrando en los parlamentos, pisando fuerte y con intención de quedarse, hasta el punto de reunirse dos de los grandes Estados de renombre en Europa, Francia e Italia, con el objetivo de crear una alianza soberanista para "salvar" Europa (Lunes, 8 de octubre de 2018). En la rueda de prensa llevada a cabo, las ideas que ensalzaron el propósito de la ultraderecha emergente fueron  las de un discurso, encabezado por el Ministro Interior italiano Matteo Salvini y la líder francesa Marie Le Pen, en el que proclamaban “Estamos aquí para dar sentido y alma a un sueño de Europa que los burócratas europeos han vaciado. Los salvadores de Europa están aquí, no en Bruselas”, pues aseguran “estar en contra de la UE pero no contra Europa” (Matteo Salvini y Marie Le Pen, 2018), dando pie a un resurgimiento de conceptos excluyentes como nacionalismo o proteccionismo, que si bien parecen en ocasiones inofensivos frente a la incesante e imparable globalización, nos dejan también personajes, incluso fuera de Europa que, como mínimo, producen un escalofrío en la capacidad racional y de coherencia de todo ser humano: Donald Trump (y su “América First Again”) o Jair Bolsonaro (¿Tal vez con un “Racism First Again”?); así como fenómenos de la talla del “Brexit”, referéndum llevado a cabo por la gigante Gran Bretaña (mater del proyecto europeo desde sus orígenes) para salirse de la UE y así poder defender “lo propio”; y sin poder olvidar fenómenos ultraderechistas de la talla de Holanda y su “supremacía blanca”, Grecia y su Amanecer Dorado, Hungría y su gobierno represivo contra los refugiados, o Suecia (cuna de la socialdemocracia y del Estado de Bienestar) y la subida con fuerza de la extrema derecha en su parlamento. Ejemplos de cómo una fractura social crea a su vez una gran fractura política.

Crisis moral: desesperanza

Este fenómeno expuesto anteriormente se debe a que “La gente usa la política no sólo para promover sus intereses, sino también para definir su identidad. Sabemos quiénes somos sólo cuando sabemos quiénes no somos, y con frecuencia sólo cuando sabemos contra quiénes estamos” (Samuel P. Huntington, El choque de civilizaciones, 1996) ¿Contra quién está Europa? La explosión de la ultraderecha, la popularidad de los populismos, la crisis política democrática, tienen sin lugar a duda una consecuencia clara: una crisis moral europea, el cuarto pilar explicativo. Los ciudadanos europeos, víctimas de la inseguridad, de la incertidumbre y del miedo, van contra los valores que un día forjaron la Europa de la postguerra, la Europa de prosperidad social y paz, de aquel pacto donde “Lo más esencial del proyecto de la Unión Europea no era compartir un espacio económico común, aunque posteriormente fuera este el elemento más significativo y reconocible, […]. El ideal europeo reside en su proyecto moral” (Ana Noguera y Enrique Herreras, Las contradicciones culturales del capitalismo del siglo XXI, 2017), abogando por mensajes egoístas, xenófobos, de cierre de fronteras, de defensa de lo propio por encima de los derechos humanos (los cuales conmemoran este próximo mes de diciembre su setenta aniversario, en un momento en que la propia Europa no los está cumpliendo). La mayor crisis moral que está viviendo Europa la encontramos en el rechazo público a la acogida de los refugiados sirios y los inmigrantes africanos. Seres humanos que mueren en el mediterráneo buscando el paraíso, mientras Europa cierra sus fronteras presa del pánico que se convierte en odio, pues existe una “incapacidad de responder de modo unido y solidario a la crisis de los refugiados, la más importante tragedia humanitaria que padece Europa desde la Segunda Guerra Mundial” (Sami Naïr, 2016). La gran pregunta referida a la crisis moral europea (que resulta ser uno de los conflictos -sino el primero- que más soluciones urgentes requiere, pues debido a su desarrollo se encuentran en peligro las bases sobre las que se construyeron “los orígenes de la unión”) es: ¿Por qué la Unión no apuesta por avanzar en el camino de la Europa que fue, de aquella Europa del pasado, reasfaltando la carretera del compromiso social y la ética universal, y de los valores tales como la igualdad, la libertad y la solidaridad? ¿Por qué no sigue la línea del modelo con el que se inició, aquel modelo soñado por el resto de potencias y que, hoy en día, todavía muchas auguran alcanzar algún día (“ya quisiera yo para Latinoamérica una cosa como la Unión Europea” (José Mujica, 2018)? ¿Por qué no defender, en una era en que la “supremacía” parece ser de nuevo el máximo objetivo a alcanzar por las grandes potencias mundiales (ya sea militar, económica, estratégica, e incluso racial) una supremacía moral?

No obstante, también hemos de revisar los errores y Europa tiene una deuda moral y política con África. La UE pasó de la colonización a la descolonización, sin garantizar los derechos mínimos de los africanos. Si no queremos que África sea el gran fracaso histórico político de Europa, debemos revisar esa relación política y humana.

Conclusión: incertidumbre

Como ya se ha señalado, la Unión Europa vive una crisis existencial formada por un haz de crisis: económica, social, política y moral, que está generando incertidumbre en el futuro de esta y desconfianza por parte de la ciudadanía en las instituciones europeas. Europa está poniendo en riesgo lo que ha sido su invención política y social más importante, el Estado de Bienestar, mediante el cual no podía concebirse la idea de que existieran desigualdades o, al menos, su objetivo era eliminarlas (resulta paradójico si lo comparamos con las tomas de decisión llevadas a cabo por estos estados actualmente).

Podríamos decir que la crisis significa ponerle rostro humano a las medidas que se están llevando a cabo en materia económica y política. Cuando un gobierno toma dichas medidas, plenamente numéricas, objetivas, sin atender ni valorar las posibles consecuencias humanas, se convierten en decisiones frías, puramente estratégicas, que afectan de forma directa a nombres y apellidos, en los que residen historias de familias enteras, de generaciones distintas todas golpeadas por la misma baza. ¿Cómo llamar, por ejemplo, a un Estado que permite el fenómeno denominado “fuga de cerebros”, la marcha de nuestras generaciones futuras, sin plantearse ninguna solución prioritaria para atajar con ello? ¿O cómo calificar la situación de un adulto que se quita la vida porque la depresión le ha consumido hasta el último rincón de su dignidad? ¿Cómo no ser capaces de actuar frente a una oleada de seres humanos que arriesgan su vida únicamente por sobrevivir? ¿Cómo llamar a una Europa que ha perdido su utopía?

¿Son acaso los europeos hoy más felices que antes de la crisis?

En mi opinión, la solución radica en más unión, en fortalecer lo que ha significado la Unión Europea desde la diversidad. Europa necesita resurgir de sus cimientos, recuperar los valores que la hicieron fuerte, volver a guiarse por el consenso que la fundó. Y es que, como Junker afirma de la manera más clara posible: “esta convicción de que «unidos somos más grandes» es la esencia misma de lo que significa formar parte de la Unión Europea” (Jean-Claude Junker, 2018).

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