Dnipro, la puerta de huida del Donbás anclada entre tres frentes

Gabriela Sánchez / Olmo Calvo / Enviados especiales a Dnipro (Ucrania)

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La primera pregunta empujó a Olga a romper a llorar. Responder un simple “¿qué tal?” puede llegar a costar demasiado cuando se acumulan los días sin pararse a pensarlo. En una habitación, repleta de colchones, en lo que antes fue un gimnasio de la ciudad ucraniana de Dnipro, la señora de 62 años quería hablar, aunque apenas podía. Sus lágrimas hablaban más que sus palabras. El día anterior había abandonado su casa en Lisichansk (Lugansk), una de las ciudades del Donbás que el Kremlin busca cercar tras el recrudecimiento de su ofensiva en el este de Ucrania. “Bombardeaban las casas, no teníamos gas ni electricidad. No había nada”, explicaba Olga. La señora decidió marcharse a principios de abril junto a su marido, su cuñada, su hija y sus nietos cuando empezó a estar “demasiado asustada”. 

Más de 50 días viviendo en el metro de Járkov bajo el fuego ruso que no cesa

Saber más

“Solo cruzar la calle me daba mucho miedo, porque las bombas venían y venían. Cuando empezó a haber más ataques aéreos, sentía que podía morir en cualquier momento”, relataba la mujer a elDiario.es hace unas semanas. Su casa seguía en pie en el momento de la entrevista, pero un ataque a “una guardería” ubicada a 50 metros de su vivienda, les empujó a tomar la decisión. “Cayó un misil y dejó un hoyo enorme en el suelo. Entonces decidimos que nos teníamos que ir, pero tardamos una semana en conseguirlo”, decía Olga, sentada sobre uno de los colchones cubiertos con sábanas de colores esparcidos por el cuarto del centro de emergencia levantado por voluntarios en una zona céntrica de Dnipro, una de las ciudades seguras del oriente de Ucrania más próximas al Donbás. 

Dnipro sigue siendo un punto clave de llegada de desplazados del este de Ucrania, tanto para quienes huyen del Donbás como para los residentes de la región de Járkov. Alrededor de 200.000 personas -desplazadas y residentes- han abandonado la localidad en tren desde el inicio de la guerra, según las cifras oficiales. Su localización la convierte en puerta de salida de una de las zonas más azotadas por la guerra, pero también provoca que su población mantenga cierto estado de alerta. Las calles respiran normalidad, la mayoría de comercios están abiertos y los jóvenes se agrupan con tranquilidad en algunas terrazas horas antes del toque de queda nocturno, pero las autoridades locales aseguran estar preparadas por si la ciudad se convirtiese en un nuevo objetivo de Vladímir Putin. 

Entre tres frentes

En un patio interior de un centro cultural de la ciudad, completamente atrincherado a base de sacos cargados de tierra, el alcalde de la ciudad, Borys Filatov, intentaba explicar de forma visual a elDiario.es la importancia estratégica de la localidad que dirige. Agarraba un par de fragmentos de corteza de pino. Sobre el muro donde permanecía sentado, utilizó uno de ellos para reproducir la situación de la ciudad y comenzó a dibujar sobre el hormigón: “Hay tres frentes alrededor de la ciudad. Por un lado, está el Mar de Azov y los territorios ocupados de la región de Jersón. Aquí [decía apuntando hacia el este] está el Donbas y, ahí, [hacia el noreste] la región de Járkov”.

“A partir de estos puntos, hay tres frentes y nuestra ciudad es un centro logístico a donde llegan todos los refugiados, pero por donde también pasan los recursos materiales y las tropas”. Dnipro es una ciudad estratégica, pero Filatov se mostró convencido de estar preparado ante la posibilidad de la aproximación de alguno de los frentes aún situados a cientos de kilómetros. 

Desde el segundo día de la guerra, Filatov sugiere a las mujeres, niños y ancianos que, si cuentan con la posibilidad de ir a un lugar más seguro, abandonen la ciudad. “Por la localización de nuestra ciudad hay un riesgo permanente de ataques con misiles. Como alcalde, no puedo hacer una proposición oficial de evacuación. Es una cuestión estatal y militar pero, mi opinión personal es que la gente que no pueda trabajar en infraestructuras esenciales se vaya si tiene la oportunidad de ir al oeste de Ucrania o a otros países”, aclaró el alcalde. Es el mismo consejo que dio a su propia familia. El inicio de la invasión rusa coincidió con un viaje de su mujer y sus hijos en Chile. La familia decidió no volver a Ucrania.  

Trincheras y columpios

La entrevista fue interrumpida por la alarma antiaérea. Filatov, tras responder a la última pregunta con cierta tensión, se despidió de forma respetuosa pero cortante. En un parque ubicado frente al gran edificio público atrincherado, mientras el sonido de las sirenas se extendía por toda la ciudad, varias mujeres continuaban balanceando a sus niños en los columpios sin inmutarse. En la zona ajardinada, una mujer esperaba sentada junto a un poni y ofrecía a los viandantes el servicio de pasear a sus pequeños. Como en otras muchas ciudades de Ucrania, las sirenas no frenan la vida en Dnipro.

“Al principio sonaba la alarma y entrábamos en pánico. Veíamos imágenes como las de Bucha y pensábamos que nos pasaría lo mismo. Corríamos a sitios más seguros, pero ahora estamos más acostumbrados”, decía Olga, mientras seguía a su pequeña cada vez que cambiaba de columpio. “Ahora sabemos que, de momento, está tranquilo, no hay tropas, solo misiles. Por eso la gente camina tranquilamente cuando suena la alarma”, añadía la mujer, residente en Dnipro. Había decidido quedarse, pero no descartaba la huida. Tiene una mochila de emergencia preparada por si la situación cambiase de repente.

Para muchos desplazados, Dnipro es solo un lugar de paso. Para otros no lo era, pero el habitual sonido de las sirenas antiaéreas les recuerda demasiado al lugar del que huyeron y prefieren intentar dejar de escucharlo. Natasha, su hermana y su hija estuvieron tres semanas en la ciudad tras dejar su vivienda en Járkov, pero decidieron marcharse a Leópolis, al oeste del país. “Nos fuimos de casa por el miedo a los bombardeos y aquí suena mucho la alarma. Estamos demasiado cerca... Estamos cansadas y muy mal psicológicamente”, dijo la mujer de 50 años, mientras esperaba en la entrada de la estación de trenes.

Salir de Dnipro

En Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania objetivo durante semanas de los bombardeos rusos, la familia carecía de un lugar seguro próximo donde resguardarse de los ataques aéreos. “El metro más cercano estaba a dos horas a pie. Cuando sonaba la alarma, corríamos al pasillo...”, recordaba Daria, su hija, de 19 años. En Dnipro vive su abuelo, pero no conseguían estar tranquilas. En su siguiente destino tampoco contaban con un plan concreto, pero confiaban en la ayuda de los voluntarios desplegados en el oeste del país para tomar una decisión.

En el andén de la estación, minutos antes de la partida de un tren con destino Leópolis, una mujer lloraba detrás de la ventanilla con su teléfono móvil pegado en la oreja. Apoyaba la palma de su mano sobre el cristal. Sonreía mientras las lágrimas seguían corriendo. Al otro lado de la ventana, junto a decenas de personas que esperaban la salida del convoy, Sergei hablaba con ella mientras no dejaba de mirarla.

La pareja también vivía en Járkov, pero decidieron escapar. Ella se subió a un tren rumbo al oeste de Ucrania con el objetivo de atravesar la frontera y viajar a República Checa, donde la empresa donde trabaja cuenta con otra sede. “Hemos tomado la decisión porque allí podrá trabajar mejor y más tranquila, pero también por seguridad”, decía su novio, con los ojos enrojecidos. Él no ha podido acompañarla debido a la Ley Marcial. “Al principio estaba muy preocupado, asustado, pero ahora tengo más esperanza de que todo va a ir bien”, contaba Sergei, preparado para alistarse en caso de que las autoridades se lo requieran.

La primera pregunta empujó a Olga a romper a llorar. Responder un simple “¿qué tal?” puede llegar a costar demasiado cuando se acumulan los días sin pararse a pensarlo. En una habitación, repleta de colchones, en lo que antes fue un gimnasio de la ciudad ucraniana de Dnipro, la señora de 62 años quería hablar, aunque apenas podía. Sus lágrimas hablaban más que sus palabras. El día anterior había abandonado su casa en Lisichansk (Lugansk), una de las ciudades del Donbás que el Kremlin busca cercar tras el recrudecimiento de su ofensiva en el este de Ucrania. “Bombardeaban las casas, no teníamos gas ni electricidad. No había nada”, explicaba Olga. La señora decidió marcharse a principios de abril junto a su marido, su cuñada, su hija y sus nietos cuando empezó a estar “demasiado asustada”. 

Más de 50 días viviendo en el metro de Járkov bajo el fuego ruso que no cesa

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“Solo cruzar la calle me daba mucho miedo, porque las bombas venían y venían. Cuando empezó a haber más ataques aéreos, sentía que podía morir en cualquier momento”, relataba la mujer a elDiario.es hace unas semanas. Su casa seguía en pie en el momento de la entrevista, pero un ataque a “una guardería” ubicada a 50 metros de su vivienda, les empujó a tomar la decisión. “Cayó un misil y dejó un hoyo enorme en el suelo. Entonces decidimos que nos teníamos que ir, pero tardamos una semana en conseguirlo”, decía Olga, sentada sobre uno de los colchones cubiertos con sábanas de colores esparcidos por el cuarto del centro de emergencia levantado por voluntarios en una zona céntrica de Dnipro, una de las ciudades seguras del oriente de Ucrania más próximas al Donbás. 

Dnipro sigue siendo un punto clave de llegada de desplazados del este de Ucrania, tanto para quienes huyen del Donbás como para los residentes de la región de Járkov. Alrededor de 200.000 personas -desplazadas y residentes- han abandonado la localidad en tren desde el inicio de la guerra, según las cifras oficiales. Su localización la convierte en puerta de salida de una de las zonas más azotadas por la guerra, pero también provoca que su población mantenga cierto estado de alerta. Las calles respiran normalidad, la mayoría de comercios están abiertos y los jóvenes se agrupan con tranquilidad en algunas terrazas horas antes del toque de queda nocturno, pero las autoridades locales aseguran estar preparadas por si la ciudad se convirtiese en un nuevo objetivo de Vladímir Putin. 

Entre tres frentes

En un patio interior de un centro cultural de la ciudad, completamente atrincherado a base de sacos cargados de tierra, el alcalde de la ciudad, Borys Filatov, intentaba explicar de forma visual a elDiario.es la importancia estratégica de la localidad que dirige. Agarraba un par de fragmentos de corteza de pino. Sobre el muro donde permanecía sentado, utilizó uno de ellos para reproducir la situación de la ciudad y comenzó a dibujar sobre el hormigón: “Hay tres frentes alrededor de la ciudad. Por un lado, está el Mar de Azov y los territorios ocupados de la región de Jersón. Aquí [decía apuntando hacia el este] está el Donbas y, ahí, [hacia el noreste] la región de Járkov”.

“A partir de estos puntos, hay tres frentes y nuestra ciudad es un centro logístico a donde llegan todos los refugiados, pero por donde también pasan los recursos materiales y las tropas”. Dnipro es una ciudad estratégica, pero Filatov se mostró convencido de estar preparado ante la posibilidad de la aproximación de alguno de los frentes aún situados a cientos de kilómetros. 

Desde el segundo día de la guerra, Filatov sugiere a las mujeres, niños y ancianos que, si cuentan con la posibilidad de ir a un lugar más seguro, abandonen la ciudad. “Por la localización de nuestra ciudad hay un riesgo permanente de ataques con misiles. Como alcalde, no puedo hacer una proposición oficial de evacuación. Es una cuestión estatal y militar pero, mi opinión personal es que la gente que no pueda trabajar en infraestructuras esenciales se vaya si tiene la oportunidad de ir al oeste de Ucrania o a otros países”, aclaró el alcalde. Es el mismo consejo que dio a su propia familia. El inicio de la invasión rusa coincidió con un viaje de su mujer y sus hijos en Chile. La familia decidió no volver a Ucrania.  

Trincheras y columpios

La entrevista fue interrumpida por la alarma antiaérea. Filatov, tras responder a la última pregunta con cierta tensión, se despidió de forma respetuosa pero cortante. En un parque ubicado frente al gran edificio público atrincherado, mientras el sonido de las sirenas se extendía por toda la ciudad, varias mujeres continuaban balanceando a sus niños en los columpios sin inmutarse. En la zona ajardinada, una mujer esperaba sentada junto a un poni y ofrecía a los viandantes el servicio de pasear a sus pequeños. Como en otras muchas ciudades de Ucrania, las sirenas no frenan la vida en Dnipro.

“Al principio sonaba la alarma y entrábamos en pánico. Veíamos imágenes como las de Bucha y pensábamos que nos pasaría lo mismo. Corríamos a sitios más seguros, pero ahora estamos más acostumbrados”, decía Olga, mientras seguía a su pequeña cada vez que cambiaba de columpio. “Ahora sabemos que, de momento, está tranquilo, no hay tropas, solo misiles. Por eso la gente camina tranquilamente cuando suena la alarma”, añadía la mujer, residente en Dnipro. Había decidido quedarse, pero no descartaba la huida. Tiene una mochila de emergencia preparada por si la situación cambiase de repente.

Para muchos desplazados, Dnipro es solo un lugar de paso. Para otros no lo era, pero el habitual sonido de las sirenas antiaéreas les recuerda demasiado al lugar del que huyeron y prefieren intentar dejar de escucharlo. Natasha, su hermana y su hija estuvieron tres semanas en la ciudad tras dejar su vivienda en Járkov, pero decidieron marcharse a Leópolis, al oeste del país. “Nos fuimos de casa por el miedo a los bombardeos y aquí suena mucho la alarma. Estamos demasiado cerca... Estamos cansadas y muy mal psicológicamente”, dijo la mujer de 50 años, mientras esperaba en la entrada de la estación de trenes.

Salir de Dnipro

En Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania objetivo durante semanas de los bombardeos rusos, la familia carecía de un lugar seguro próximo donde resguardarse de los ataques aéreos. “El metro más cercano estaba a dos horas a pie. Cuando sonaba la alarma, corríamos al pasillo...”, recordaba Daria, su hija, de 19 años. En Dnipro vive su abuelo, pero no conseguían estar tranquilas. En su siguiente destino tampoco contaban con un plan concreto, pero confiaban en la ayuda de los voluntarios desplegados en el oeste del país para tomar una decisión.

En el andén de la estación, minutos antes de la partida de un tren con destino Leópolis, una mujer lloraba detrás de la ventanilla con su teléfono móvil pegado en la oreja. Apoyaba la palma de su mano sobre el cristal. Sonreía mientras las lágrimas seguían corriendo. Al otro lado de la ventana, junto a decenas de personas que esperaban la salida del convoy, Sergei hablaba con ella mientras no dejaba de mirarla.

La pareja también vivía en Járkov, pero decidieron escapar. Ella se subió a un tren rumbo al oeste de Ucrania con el objetivo de atravesar la frontera y viajar a República Checa, donde la empresa donde trabaja cuenta con otra sede. “Hemos tomado la decisión porque allí podrá trabajar mejor y más tranquila, pero también por seguridad”, decía su novio, con los ojos enrojecidos. Él no ha podido acompañarla debido a la Ley Marcial. “Al principio estaba muy preocupado, asustado, pero ahora tengo más esperanza de que todo va a ir bien”, contaba Sergei, preparado para alistarse en caso de que las autoridades se lo requieran.

La primera pregunta empujó a Olga a romper a llorar. Responder un simple “¿qué tal?” puede llegar a costar demasiado cuando se acumulan los días sin pararse a pensarlo. En una habitación, repleta de colchones, en lo que antes fue un gimnasio de la ciudad ucraniana de Dnipro, la señora de 62 años quería hablar, aunque apenas podía. Sus lágrimas hablaban más que sus palabras. El día anterior había abandonado su casa en Lisichansk (Lugansk), una de las ciudades del Donbás que el Kremlin busca cercar tras el recrudecimiento de su ofensiva en el este de Ucrania. “Bombardeaban las casas, no teníamos gas ni electricidad. No había nada”, explicaba Olga. La señora decidió marcharse a principios de abril junto a su marido, su cuñada, su hija y sus nietos cuando empezó a estar “demasiado asustada”. 

Más de 50 días viviendo en el metro de Járkov bajo el fuego ruso que no cesa

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“Solo cruzar la calle me daba mucho miedo, porque las bombas venían y venían. Cuando empezó a haber más ataques aéreos, sentía que podía morir en cualquier momento”, relataba la mujer a elDiario.es hace unas semanas. Su casa seguía en pie en el momento de la entrevista, pero un ataque a “una guardería” ubicada a 50 metros de su vivienda, les empujó a tomar la decisión. “Cayó un misil y dejó un hoyo enorme en el suelo. Entonces decidimos que nos teníamos que ir, pero tardamos una semana en conseguirlo”, decía Olga, sentada sobre uno de los colchones cubiertos con sábanas de colores esparcidos por el cuarto del centro de emergencia levantado por voluntarios en una zona céntrica de Dnipro, una de las ciudades seguras del oriente de Ucrania más próximas al Donbás.