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El incómodo teatro de Mamadou Diol en Senegal: de desmontar el 'sueño europeo' a promover el uso del preservativo

Soraya Aybar Laafou / Marta Hidalgo

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A solo unas calles de la orilla del Atlántico, en la costa noreste de Dakar, la compañía de teatro de Mamadou Diol (57), Kaddu Yaraax, empezó su carrera hace 30 años para cuestionar al sistema establecido y promover el espíritu crítico. Diol nos recibe en un espacio repleto de arte. Su presencia llena la sala de teatro que lleva varios años sin actuaciones. Su voz, contundente, y sus palabras, pausadas, aminoran el ruido de la calle; su mirada firme, tras unos ojos menguados, irradian una forma única de entender su entorno, fuera del patrón de lo establecido. “Lo primero que aprendemos en nuestro movimiento es que el teatro no es una creación europea griega, sino una creación de la humanidad”, sentencia.

Diol tiene clara su definición de este arte: “Si sigo el modelo de creación de los europeos, nunca podré llegar a competir con ellos. Con la mía, sin embargo, me centro en la pureza del teatro”. La diferencia principal, analiza, es que la europea “no es una buena práctica, no es pedagógica, solo es política”. En su forma de entender el teatro, el escenario no necesita luces artificiales, está bajo un baobab [tipo de árbol) y la actuación, se hace en su lengua. “Nunca he visto a un grupo italiano actuar en wolof, ¿por qué debería actuar yo en italiano, entonces?”, reflexiona.

Pensativo, pausado, pero con un discurso claro y estudiado, se detiene para hablar de la importancia de utilizar el wolof en sus actuaciones, aunque estén inspiradas en obras francesas, italianas o españolas clásicas. “Hemos visto obras de Molière traducidas a muchos idiomas europeos, nosotros lo traducimos al wolof y colocamos nuestro idioma al mismo nivel”, enuncia, “lo subtitularemos en francés e iremos a actuar a Francia”. Y lo hace para que su comunidad vea que hay cultura en su idioma, pero también para mandar un mensaje al mundo: “Detrás del teatro, siempre hay un mensaje, y este también puede partir del idioma que se elige para interpretar”. Con una sonrisa cómplice, el director artístico confiesa que, pronto, empezar a traducir obras de Cervantes a wolof con la colaboración del grupo La Xixa de Barcelona.

Cada función termina con un micro abierto para escuchar las reflexiones de la audiencia. Sin la aportación del público, no hay teatro para Mamadou Diol. Es la forma en la que se retroalimenta este arte.

Los inicios de Kaddu Yaraax

La basura que contaminaba esa orilla en la que ahora Diol tiene su sala de teatro, en el barrio de Hann Bel-Air, fue su inspiración. La compañía denunciando los restos que llegaban de los barcos europeos, rusos y chinos, y que, efectivamente, ensuciaban el mar, pero señalaron principalmente las malas acciones de la población local: “La bahía no es un basurero”, interpretaron.

“En aquel momento, en este lugar, la forma de solucionar los problemas sociales o de medio ambiente era hablando con los ancestros y pidiéndoles ayuda”, explica. Sin embargo, el recién creado grupo de teatro se empezó a ganar la confianza del entorno a través de personajes conocidos como “el llamado vigilante del mar, o una mujer que vendía pescado”, recuerda.

Su estrategia para ser percibidos como un motor de cambio vino, precisamente, por utilizar el teatro como un mensaje de los ancestros. En esa primera función, las mujeres bailaban en el ritual tradicional de conexión con un cesto lleno de peces y conocido popularmente como Ndeupp. “Y, de repente lo giraban, y el pez había desaparecido, como si fuera una venganza de los ancestros”, narra. Desde el público otro de los actores gritaba que el problema no eran los dioses, sino que el mar estaba muerto por la contaminación.

Inspiración: los lastres sociedad

Después de 30 años actuando, Diol asegura que su teatro va ligado a la actualidad, “a la actualidad social y política”, matiza. “Después de las actuaciones, abrimos el micro y escuchamos las aportaciones de las personas, así hacemos un teatro de intervención”. Asegura que algunas personas participan, otras solo escuchan y, en alguna ocasión, se enfadan.

Mamadou Diol sonríe antes de confesar que su labor es provocar que su comunidad se sienta incómoda: “Queremos revisar la sociedad, derribar todos los paradigmas, para conseguir que esta sea más igualitaria”. Recuerda una campaña que hicieron para el uso del condón masculino. “En esta zona de Dakar, donde hay muchos pescadores, pasa algo único: hay más hombres que mujeres y nosotros quisimos concienciar de la importancia de utilizar protección a la hora de tener relaciones sexuales”, comienza, “pero lo que recibimos fue el rechazo de los líderes religiosos. Aun así, no lograron censurarles.

El mismo mar que protegieron en su primera función, la orilla situada a solo 100 metros del centro Kaddy Yaraax, es la misma que ahora ve partir barcazas de jóvenes que buscan nuevas oportunidades en Europa. Las actuaciones de la compañía también buscan mostrar una realidad a quienes imaginan una vida mejor en la otra orilla del mar. “En estos tiempos, la manipulación es un gran problema. Les cuesta creer que lo que les cuentan sobre Europa no es verdad”, lamenta Mamadou Diol, “o puedes comparar vivir en tu propia sociedad, con tus propias raíces, en tu propia lengua, en tu propio todo…”.

Los lastres de la sociedad son la inspiración para empezar a crear. “Si las mujeres están siendo asesinadas hoy, aquí, ¿por qué esperar a mañana para hablar de ello?”, cuenta Diol sobre el proceso de creación. Una vez escogido el tema, siguen una técnica propia, primero en grupo y después en parejas, para consensuar finalmente cómo será la historia común, y sin eliminar la aportación individual de los miembros del equipo. Eligen los personajes y ensayan.

El teatro se aviva e interpreta en la calle, en el espacio público. Allí es donde surge la magia de lo que Diol llama el teatro de los oprimidos, donde todo el mundo tiene la palabra. Después de cada actuación, escuchan las críticas y opiniones sobre el tema que han abordado. “Soy una parte de esas personas que han leído miles de libros, pero los mejores análisis sobre la vida los he escuchado de gente que nunca se leyó uno; eso me hace humilde”“, reflexiona. Diol admite que ese pensamiento le lleva a cerciorarse de que ”algo“ están haciendo bien, ”de que esta manera de hacer teatro es la correcta“.

Expresión cultural, reprimida

El edificio donde se ubica Kaddu Yaraax es una construcción típica senegalesa, con un patio abierto que permite escuchar el bullicio de la calle y los pájaros. El tráfico de una de las carreteras de Dakar también se cuela en este espacio construido entre paredes llenas de grafitis, decoradas con algunas fotografías y arropada por varios montones de libros que asoman en una esquina. La creación en este centro es un alma viva, una actriz indispensable en un país donde la cultura se ha visto aislada a la práctica interna. Y ahí es donde late. 

Durante tres años no pudieron actuar por orden del anterior Gobierno senegalés, que prohibía cualquier actividad artística por considerarla ocio. “El país está luchando, y vosotros estáis actuando, no es el momento de hacerlo”, pone en palabras de la cúpula de poder Diol. “Lo que no saben, porque no tienen la cultura para entenderlo, es que nosotros estábamos luchando en el escenario antes que ellos”, enfatiza.

La disconformidad de la sociedad con el Gobierno de entonces, “sus mensajes contradictorios, el populismo sobre Europa o la religión, que es el opio de la sociedad”, han llevado a que la gente esté agobiada. Por eso, en los últimos años, Diol ha cambiado también su dirección artística y dedica el teatro a “desagobiar”, con funciones que hacen reír.

Interpretar los temas del día a día ha llevado a Mamadou Diol y su compañía a ser parte del desarrollo de la sociedad. “Conseguimos salir en medios internacionales con nuestra campaña contra la apropiación de terrenos por parte de empresarios europeos”, ejemplifica. Explica también que después de actuar en contra de que la gente tuviera que permanecer en la calle “hicieran 40 grados, o lloviera” para comprar un visado, consiguieron que habilitaran espacios para esperar en el interior de las embajadas. “Pedimos que nos respetaran, y lo conseguimos, aunque nunca admitirán que haya sido gracias a nuestro teatro”.

“Sentaros, la comida está lista; este es el país de la teranga (hospitalidad, en wolof), aunque parezca que se ha perdido”, insiste. Nos despide con el plan de reencontrarnos en España cuando venga a celebrar los 30 años de su compañía. Un grupo que ha visto cambiar la historia y que ha sido parte de esa evolución. Nos invita a ir a ver la actuación en wolof. Particular o no, su dirección de arte de un teatro de barrio en Senegal ha sido rompedora, provocadora, apelativa, pedagógica, y ha dejado estela. Hasta aquí la dirección de esta actuación. El público ahora puede tomar un té con una nueva reflexión que consultar con la almohada. Este ha sido el teatro foro de hoy.