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Vuelve a casa sin sanidad

Estas navidades se cumplirán dos años de la pérdida del derecho a la sanidad pública en España de los emigrantes españoles. El cambio legislativo llevado a cabo en 2012, e introducido con toda intencionalidad un 26 de diciembre, en plenas fiestas, se unía al Decreto de Exclusión Sanitaria RDL 16/2012 aprobado el mismo año. De esta forma, la exclusión de más de 800.000 personas residentes en España se amplió para excluir a cientos de miles de personas más que nos hemos visto forzadas a emigrar para encontrar un futuro digno.

Ambas reformas sólo han buscado el cambio de nuestro solidario modelo sanitario, público y universal, para transformarlo en uno de "aseguramiento", el modelo del mercado privado de seguros de salud, el cual no garantiza la misma sanidad para toda la ciudadanía, sino que nos divide y compartimenta en función de requisitos laborales, económicos y administrativos, y convierte la salud en un privilegio para aquellas personas que (por ahora) cumplen con dichos requisitos.

Nos han expulsado de España, donde las políticas de saqueo condenan nuestro futuro, robándonos la posibilidad de una vida digna aquí. No satisfechos, nos roban también nuestros derechos, nos borran del mapa políticamente, asegurándose que no votamos, y nos impiden el acceso al sistema sanitario. Les sobramos y nos condenan con todas sus fuerzas a la exclusión y al olvido. 

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El PSOE olvida, nosotros recordamos

12 de marzo de 2.009, una manifestación de universitarios inunda la calle Atocha al grito de “Ni LOU ni Bolonia, ni precariedad, fuera las empresas de la Universidad”. Cuando la cabecera encara la calle Alcalá, tienen claro que no quieren acabar la protesta en el Ministerio de Educación, como refleja la autorización. Su propósito es recorrer la calle hasta alcanzar el Ministerio de Ciencia e Innovación, sobre el cual recae la competencia de Universidades y al que culpan de estar aplicando la mayor reforma universitaria de la historia (el llamado Plan Bolonia) sin el más mínimo debate o diálogo con la comunidad universitaria. 
 
A pesar de los intentos, y tras unos minutos de tensión con la policía, que bloquea el paso a modo de muro, la manifestación decide disolverse pacíficamente y la gente se dispersa en dirección a Sol. Sin embargo, a la altura de Preciados, un grupo de personas que aún sigue gritando consignas, pone en tensión a los antidisturbios que empiezan a cargar sin mediar palabra. En cuestión de segundos, el rifirrafe desemboca en disturbios en mitad de la Gran Vía que se zanjan con una tremenda represión y con tres estudiantes detenidos e innumerables identificados.

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Queremos vidas libres de violencias machistas

Hoy, 25 de Noviembre, es el Día Internacional contra la violencia machista. La violencia, en singular, como si solo estuviéramos expuestas a los golpes. O solo estuviéramos expuestas a las intimidaciones. No. Son muchas las violencias machistas que sufrimos las mujeres en nuestro día a día.  La violencia machista se manifiesta de múltiples formas, siendo los golpes, las violaciones y los asesinatos la cara más visible pero, ¿qué pasa con el acoso callejero?, ¿y la publicidad sexista?, ¿y el lenguaje que nos invisibiliza?, ¿y la desigualdad salarial? 

Las mujeres, desde que nos levantamos hasta que nos vamos a la cama, estamos sometidas a la violencia machista. Da igual la edad que tengamos, da igual a qué nos dediquemos, da igual en qué gran ciudad o pequeño pueblo vivamos. Si eres mujer formas parte de ese 51% de la población al que han condenado a  vivir contando calorías pero… ¡tenemos suerte! Ya se han encargado las empresas de llenar las estanterías de los supermercados de productos light que, por supuesto, son de color rosa. Nos han condenado también a sentir vergüenza si no vamos debidamente depiladas, si no vamos debidamente vestidas o si esa mañana no hemos tenido tiempo de ordenar la casa y nos sorprende alguna visita. Nos han condenado a sentir vergüenza cuando decimos que hemos decidido retrasar el hecho de ser madres porque queremos centrarnos en nuestra vida laboral. Nos han condenado a sentir vergüenza al contar que hemos sido violadas, maltratadas o humilladas. Nos han condenado a vivir para gustar a los demás, olvidándonos así de gustarnos y vivir para nosotras mismas.

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Nos roban nuestros derechos, nos roban el futuro

El pasado 27 de octubre, desde Juventud Sin Futuro, junto con Marea Granate, lanzamos la campaña "Vidas Nómadas" con el objetivo de dar voz a todas esas personas que se han tenido que marchar fuera de España para poder construir un futuro y vida dignos ya que aquí la falta de oportunidades y la precariedad laboral les impedían hacerlo.
 
Hoy lanzamos la segunda parte de esta campaña, en la que pretendemos visibilizar y denunciar la progresiva pérdida de derechos que estamos sufriendo tanto la ciudadanía que vive en España, como la que viven las personas que se han visto forzadas a salir fuera.

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¿En serio creen que vamos a volver?

Tengo 37 años y soy una de las muchas enfermeras que están trabajando en Reino Unido. Hace ya 3 años que emigré a Inglaterra en busca de un trabajo estable y digno, un trabajo que me permitiera hacer planes más allá de la fecha de finalización de mi enésimo contrato de trabajo en algún hospital público de España. Ya 3 años intentando balancear mi vida entre dos países, ganar esto sin perder aquello, difícil balance.

Para trabajar en Reino Unido como enfermera es obligatorio estar registrada en el NMC. El registro es un proceso lento y tedioso que cuesta unos 300€ y 5 meses de burocracia, más unos 150€ anuales de cuota de mantenimiento.

Se habla mucho del número de enfermeras que hemos emigrado al Reino Unido, pero pocas veces se dan números concretos, a pesar de que éstos son fáciles de obtener. Gracias a la Freedom of Information Act 2000 británica, Ley de Libertad de Información, cualquier persona puede solicitar información a los organismos públicos.

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Emprende

Emprender es construir tu propia vida, una que intenta ser digna, a pesar de todas las trabas que te ponen

Un año, sin saber cómo, llega ese verano en el que acabas de estudiar. Tienes tu carrera, tu máster, tus cursos de idiomas y todas esas cosas que te piden para poder optar a un empleo. De las condiciones del mismo mejor no hablamos, porque todos conocemos y hemos sufrido ya los contratos de formación, las prácticas interminables y la precariedad laboral. Todos conocemos la crisis y las consecuencias que esta ha parecido tener solo para los de abajo, los que nos levantamos todos los días para poder empezar a dibujar nuestro futuro y salir adelante. Porque, inexplicablemente, los ricos son cada vez más ricos y nosotros somos cada vez más pobres, pero ese es otro tema.

Volvamos a ese primer verano en el que por primera vez no tienes una vuelta a la universidad en septiembre. No tienes tampoco muchas posibilidades de que te contraten en unas condiciones dignas. Entonces, ¿qué haces? Es ahí cuando el discurso del “eres joven, emprende” empieza a perseguirte. Emprende porque no tienes nada que perder. Acabas de terminar de estudiar. Tienes tu carrera, tu máster, tus cursos de idiomas. Lo tienes todo a tu favor para triunfar en esta vida. Emprende. Sé autónomo. Sé tu propio jefe. Emprende, claro que sí. Emprende.

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Nos queremos vivas

Nos queremos vivas

Hay mucha gente a la que le ofende la noción de violencia machista. Le ofende que pretenda crearse una categoría para hablar de unas víctimas concretas, y definirlas políticamente. Si nos ponemos a hacer números, dicen estos, perdemos. Y es que, en términos globales, lo cierto es que mueren al año, por muerte violenta, muchos más hombres que mujeres. No obstante, hay un dato en todo esto que suele dejarse al margen pero que es fundamental: y es que mientras la gran mayoría de los hombres son asesinados por otros hombres, las mujeres asesinadas son víctimas mayoritariamente de criminales masculinos. La violencia, por lo tanto, parece ser monopolio de estos últimos. 

Aquí vendrán en ejército los neo-machistas organizados a decir que también mueren hombres a manos de mujeres. La respuesta es sencilla. Por un lado, porque la relación numérica es tan ridícula que saca los colores: es como querer minimizar la relevancia política del holocausto nazi haciendo referencia a las víctimas del ejército alemán –todo esto puede resultar demagógico, pero a veces hace falta ponerse bruta–. Por otro lado, porque de lo que estamos hablando aquí es de un problema de violencia sistémica. Un problema que tiene que ver con cómo está organizada la sociedad para definir una serie de cuerpos que tienen el monopolio legítimo de la violencia y otros que son definidos previamente como víctimas potenciales, y que además se encuentran organizados bajo un régimen de propiedad que legitima su uso, disfrute o agresión, según el momento. 

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El voto triste

Una placa elaborada para el 15M.

Ya hemos estado aquí, hace cuatro años. Ya hemos vivido el mismo ciclo. En primavera conquistamos lo que creímos imposible. Llega el otoño y perdemos la guerra.

De todas las cosas que se dijeron, que se cantaron, que se escribieron en el 15M había una frase particularmente hermosa. Dormíamos, despertamos. Se repitió mucho, lo repetimos, quizás sin pararnos a pensar a qué exactamente despertamos. ¿A caso no sabíamos que vivíamos una democracia anémica?, ¿que no había un plan para la mayoría de nosotras?, ¿andábamos todos alienados bajo el embrujo crediticio?,  ¿ignorábamos que la vida cada vez era más difícil para casi todas, y más chipiriflaútica para unos pocos? Todo eso lo sabíamos. El despertar fue otra cosa. Despertar fue dejar de mirar fatalistas los periódicos, desconcertadas los telediarios, y empezar a mirarse a los ojos, socializar la incertidumbre, escuchar las vidas de los otros, y darse cuenta de que no estábamos solos. El despertar del 15M como lo recordamos muchas y muchos fue a que las cosas no tenían por qué ser así. Que había dignidad en la gente que te cruzabas por las calles, con la que viajabas en el metro, con la que coincidías en el aula o en las reuniones familiares. Y que las cosas ya no tenían por qué ser así. De eso fue aquella primavera. De despertarse para poder soñar.

Qué orgullo, qué sensación de pertenencia, cuando unos cuantos nos juntamos para sentir que para nosotros no había miles de kilómetros, estábamos ahí mismo, en el despertar colectivo de todos

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El 7N vamos por un país que merezca la alegría y no la pena

 Un número, ¡sí, un número!, parece que las mujeres nos convertimos hace tiempo en algo tan vacío e inerte como un número; como si fuésemos “cosas” que circulan por el tiempo y el espacio a la espera de que alguien las rompa, o las quiebre con la levedad de un movimiento. Parece que estamos obligadas a sobrevivir en una ruleta rusa donde todo depende de los gestos de otro; en cuyas manos se encuentra el azar de nuestros días. ¡Qué desgarro saberse muerta, violentada o frágil por el mero hecho de ser!; ¡qué injusto asistir a esta interminable noche negra!.

 Incontables son ya los gritos por aquellas a las que les arrancaron la voz, inabarcables las preguntas por una situación que pone en jaque toda ética, e insondables los asombros por la apatía política frente a un escenario tan grave y doloroso. No aguantamos más: no permitiremos que se nos piense como un número y este siete de Noviembre vamos a demostrarlo.

 Desbordaremos Madrid para hacer presentes a cada una de las mujeres que ese día no estarán, pero también nos alzaremos para celebrar que seguimos existiendo y miraremos firmes a un horizonte en el que las que vengan se queden. Iremos junto a todos nuestros compañeros de viaje, los que habitan un profundo espanto al sentir la imposición de un mundo  injusto y violento que así les reconoce; aquellos que también se fracturan cuando alguien nos arroja al terrible abismo de la cifra, donde siempre somos “una menos”.

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Cantar la dignidad

Fotografías tomadas por Bouchaib Amrouss durante su estancia en el CIE de Aluche

Bu – así le llamamos sus amigos en España, aunque su nombre es Bouchaib – me contó a través del cristal de la sala de visitas del CIE que algunas personas cantan dentro de las rejas, mientras desconocen acaso qué pasará mañana, mientras esperan en ese limbo existencial y caprichoso a los antojos administrativos, a que les devuelvan al sitio de donde habían huido tiempo atrás, mucho tiempo atrás. Cantar, no de alegría sino de supervivencia, daba entonces un nuevo sentido al tiempo, arrebatado este de su contenido habitual: el de ser productivo para la vida. Ese humilde acto de cantar, les permitía así pasar el tiempo, sobrevivir a la espera de volver a ser dueños del propio destino. Se convertía entonces en un acto de dignidad.

Llegados a este punto, es importante aclarar que cuando digo tiempo productivo para la vida, o tiempo para vivirlo no me refiero – no tan solo – a las horas que los migrantes emplean ganando dinero para después gastarlo, sumidos en un círculo de consumo del tiempo capitalista al que solemos llamar “integración”. Me refiero a aquel tiempo que los migrantes emplean para la noble aventura de vivir. Resulta asombroso, pero parece que esto se nos ha olvidado. Sus ilusiones, sus sueños, sus recuerdos, sus afectos, sus miedos, sus vidas, no han sido puestas en el centro de la cuestión, y llamar la atención sobre este hecho se ha convertido en algo de ingenuos, idealistas o románticos. Yo les vengo a proponer – juzguen ustedes si ingenua, idealista o románticamente - detenernos a escuchar estas vidas, poner en valor sus relatos, sus historias, su lucha por el futuro cuando apenas existe el presente, su cotidianidad. Acercarnos a los enormes actos de dignidad de las personas migrantes. Pues es la dignidad la que nos permite emprender nuevos recorridos, lanzarnos a los caminos, inventar y elegir en un intento constante la propia vida y la propia identidad.

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