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Silencio, se emigra

Días antes de decidirme a escribir esta pequeña reflexión, me leí las últimas entradas del blog. El artículo de Sarah Babiker Moreno “Les  sobramos” despertó en mí la gran pregunta: ¿qué día traspasé esa frontera que te convierte en emigrante? Nunca me había parado a pensar cuál fue el día en el que el mecanismo que hace que tengas que coger la maleta para irte lejos del lugar donde naciste, creciste y te formaste, empezó a funcionar. Ese mecanismo, como toda máquina, necesita engranajes, bielas y aceites para que todo funcione sin problemas y no aparezcan molestos ruidos. También necesita de algún operario que controle el proceso, además de un buen logotipo, una marca visible e inconfundible. Un sigo de identificación nacional: La Marca España. Pensé y pensé y creí que mi exilio podría haber empezado el día que el ladrillo dejó de latir con fuerza y las arterias económicas del país se paralizaron, el día que unos pocos nos dijeron al resto que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades y que ahora tocaba hacer esfuerzos y sacrificios. Pero no, no fue ese día. Entonces pensé que podría haber sido el día que recibí -previo  pago- el certificado con las notas finales de la carrera universitaria y acudí al INEM a renovar mis datos con la esperanza de haber mejorado mis posibilidades de contratación. Pero tampoco fue en ese momento. También podría haber sido el día que firmé mi último contrato por obra y servicio - que duraría poco más de mes y medio-  y que me sirvió para empezar “con algo de dinero” el viaje hacia la búsqueda de una vida digna, un viaje emprendido por necesidad y no impulsado por el “espíritu aventurero” que tanto mencionan los que no tienen que irse. Pero ese día tampoco fue. Mi exilio, y el de otra mucha gente, comenzó el día en que ellos empezaron a hacerlo muy bien.

Me encantaría escribirle una carta a mí abuela antes de que fuera madre y contarle todo lo que estamos viviendo. Cómo muchas personas hoy son pobres de solemnidad, otras tantas son perseguidas y encarceladas, a otras las echan de sus casa, otras muchas viven al día con lo poco que ganan o cómo una inmensidad de jóvenes dejan atrás sus barrios, pueblos y casas rumbo al norte de Europa o América Latina en busca de alguna oportunidad donde desarrollar su profesión y tener una vida. Me gustaría contarle quiénes mandan, cómo mandan y cuánto mandan y que no, que no ha habido otra guerra, palabra grabada a fuego en su generación. Una carta que le llegase justo aquel día de noviembre de 1950 que ella cogía el tren destino Madrid y dejaba atrás Extremadura para ir a servir en las casas de aquellas familias privilegiadas. Privilegios heredados por la sangre que corría por sus venas y la que derramaron durante la Guerra Civil y la cruel Dictadura. Esas familias crecieron y tras 1978 siguieron en el poder. 

Hoy en día tienen sus apellidos “biencolocados” en los puestos directivos de las grandes empresas, en las instituciones, en los bancos, en las fundaciones y en los nombres de las calles. Ellos con sus bocas dijeron el famoso "se acabó el café para todos", el "que se jodan" y el "hay que trabajar más y cobrando menos"; frases que esconden un pensamiento latente, una idea de país y una idea de sociedad, la española, que sufre y padece una deriva sabiamente dirigida y perpetuada por los siglos de los siglos y amén. Una deriva donde “La Banca gana”, porque son los banqueros –los de pura cepa y los poderes financieros internacionales– los que dirigen y apoyan unas políticas a su favor;  gana el IBEX 35 y la Troika, porque son los que presionan y dirigen las políticas económicas –Reforma Laboral, Artículo 135 de la Constitución– también las políticas en materia libertades democráticas -Ley de Seguridad Ciudadana- o las destinadas a la educación o sanidad –LOMCE, aplicación de la Ley de Dependencia-. Gana, a fin de cuentas, el statu quo de esa falsa paz social, gana el pero qué bien vivimos que sirve de mantra para contrarrestar cualquier opinión disconforme con el sistema. 

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Nueva campaña: Vidas Nómadas

Imagen de la campaña Vidas Nómadas.

Han pasado más de dos años desde ese 7 de abril de 2013, en el que salimos a la calle para decir bien alto y claro que “No Nos Vamos, Nos Echan”. Teníamos el objetivo de señalar y denunciar que la salida masiva que se estaba produciendo por parte de la juventud de nuestro país tenía unas causas políticas, y que era un problema generalizado al que debíamos hacer frente. Han pasado más de dos años y todavía cada semana, cada mes, nos seguimos enfrentando a las despedidas, a los abrazos y deseos de buena suerte, a la amargura de saber que nuestra gente se va porque aquí no pueden iniciar ese proyecto que intentarán  montar en EEUU, o dar clases como quizás puedan llegar a  hacer en Inglaterra, o tener esa familia que acabarán  teniendo en Buenos Aires. Eso siempre y cuando no sean  expulsados de los países a los que se dirigen o consigan superar la precariedad que acompaña a todo emigrante. 

Han pasado más de dos años, y el único cambio que percibimos es que escuchar de la boca de tu vecina un “mi hijo se ha ido a Noruega a trabajar” ya no nos parezca algo extraño. Pero no queremos tomar como norma algo que debería darse solo como una elección vital de cada persona, y no como una obligación ante el hecho de que aquí no podemos ganarnos la vida dignamente. Desde que empezamos aquella campaña hemos planteado que tanto entonces como ahora nos obligan a elegir entre paro, precariedad o exilio, y que esa situación tiene unas causas y unos responsables directos. Nos marchamos de forma forzada porque las políticas impuestas por el PP y el PSOE, lejos de favorecer el empleo y asegurar un futuro estable y digno a la juventud de este país, lo que hacen es crear trabajos temporales y justificar el pago de salarios precarios. En definitiva, políticas que solo favorecen a los grandes intereses económicos y perciben al resto de la población como mano de obra barata, sin necesidad de garantizar sus derechos ni sus posibilidades de desarrollar proyectos de vida estables, y excluyen a toda esa gente que quiere trabajar o estudiar y construir un proyecto de vida en su país. 

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No somos máquinas

Foto de la autora en la universidad.

No somos máquinas. Parece una tontería hacer esta afirmación mirándonos a los ojos, pero ya estamos en octubre, volvemos a las aulas, a calentar los asientos, a perder las tapas de los bolígrafos, y nos toca recordar que no somos máquinas.

Un año más hay pupitres vacíos a mi alrededor. Ya  no faltan solo 45.000, cada vez son más los que se suman a esta triste realidad de las ausencias por no haber podido pagar las tasas: los medios de comunicación dicen que  este año son 77.000 los alumnos que han tenido que abandonar las aulas por no poder pagarlas. Nos echan y además piden a los que hacen malabares para poder seguir adelante, que estemos orgullosos de estar en esas clases. Pero ir a la universidad no debería ser cuestión de suerte, sino un derecho del que deberían poder disfrutar todas las personas que quieran ejercerlo.

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El futuro que quieren para nosotros

Paro, precariedad o exilio, el futuro que nos dejan construir.

Todavía recuerdo la sensación de euforia que se apoderó de mí cuando publicaron las notas de la selectividad, en junio de 2007, y pude comprobar que estaba más que apta, y que por fin podía empezar a construir lo que quería que fuera mi profesión y mi futuro. Con 17 años hice las maletas y las llené de ilusión y ganas por empezar mi nueva vida.

Tan solo eran 65 los kilómetros que separaban mi ciudad natal de la universitaria, pero para mí esos 65 kilómetros eran suficientes para autoproclamarme independiente. Fueron tres años intensos, en los que estudié, aprendí a moverme por la uni y a ser la única responsable de mis actos, hice amistades nuevas, perdí otras más antiguas, me salté algunas clases y disfruté otras. Mi despertar universitario coincidió con el despertar de la crisis económica, y los telediarios empezaron a hablar de cierres de bolsas de trabajo y de lo difícil que estaba el acceso al mercado laboral. No presté mucha atención a esas informaciones porque siempre me habían dicho que estudiar y trabajar eran dos cosas que iban de la mano, así que seguí viviendo mi vida estudiantil con total despreocupación.

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Lo que hay que celebrar

Estos días atrás hemos visto numerosos actos programados por el Ministerio de Defensa con motivo del día de la Fiesta Nacional, del día de la Hispanidad. Llevamos semanas escuchando, por parte de Rajoy y sus secuaces, un relato grandilocuente sobre España que roza los límites de la ficción. En un contexto muy marcado por los resultados de las recientes elecciones catalanas, el Partido Popular ha optado por duplicar los actos celebrados este día con respecto a otros años, y por el discurso de la unidad y de la recuperación económica tirándose unas flores.
 

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Contratos temporales: cuando el fraude es la norma

Los verdaderos ingredientes del nuevo mercado laboral español.

Un vaso es un vaso, un plato es un plato, y los últimos datos de paro son desastrosos. Por más que quieran vendernos la recuperación, el pasado septiembre ha sido el peor de los últimos tres años. Más desastroso aún tras del pésimo resultado del mes de agosto, con  21.679 desempleados más. Estas cifras demuestran que el Gobierno de Rajoy tiene suficientes razones para rebajar su entusiasmo.

El empleo está estancado: llega el verano, las contrataciones de un mes, un día o unas horas crecen. Se acaba el verano, los contratos finalizan... y todos de vuelta a la cola del paro. Ni los datos récord de llegada de turistas han podido relanzar la contratación, lo que significa plantillas exprimidas hasta la extenuación, jornadas imposibles de 13 o 14 horas, horas extra que no se pagan....

¿Y por qué si sube el paro también sube la afiliación a la Seguridad Social? ¿Eso no es bueno? Es, como casi todo lo que ocurre en nuestro mercado laboral, puramente temporal y coyuntural. Sube por el principio del curso escolar y la vendimia. Profesores y profesoras que se fueron a la calle en junio para no tener que pagarles las vacaciones y recogedores de uva que volverán al paro pasado mes y medio como mucho. Hay contratos por días o por horas, cuya afiliación a la Seguridad Social contabiliza como varias altas durante el mismo mes.

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Ciudades para todos los transportes

Madrid en bicicleta

Hace una semana se celebraba la Semana Europea de la Movilidad (SEM) y en Madrid hubo varios actos relacionados con el uso de la bicicleta como alternativa al vehículo de combustión. La nueva alcaldesa de la ciudad es una usuaria y amante declarada de este medio de transporte. La bici forma parte de la iconografía popular, además de ser la protagonista de muchas obras artísticas míticas, desde la película clásica "Ladrón de bicicletas” hasta la canción “Bycicle Race” de Queen, pasando por los paseos playeros de Verano Azul. La bicicleta está dejando de ser un sano entretenimiento de verano para convertirse de nuevo en el vehículo diario de desplazamiento de cada vez más personas.

Es positivo no solo que aumente la presencia de la bicicleta en nuestras ciudades, sino que las instituciones presten atención a las necesidades particulares que requiere este medio de transporte para que sea un vehículo seguro tanto para el ciclista como para el resto de usuarios de la vía. Nuestras ciudades en general, y Madrid en particular, fueron construidas para moverse en coche. Por lo tanto, conviene preguntarse si Madrid es una ciudad con bicis o una ciudad preparada para las bicis.

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Nuevo curso, viejas políticas

Aulas vacías de alumnos e ilusión, llenas de recortes

Soy Naamá, una estudiante de segundo de bachillerato en un instituto público de Madrid. Siempre he sido alumna de la educación pública y siempre he tenido la convicción de que es en ella en la que más hay que invertir, con el fin de proporcionar una educación gratuita, libre y de calidad para todas las personas.

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El PSOE de regreso, no

Imagen del escrache que hizo Marea Granate Uruguay a Zapatero en Montevideo en agosto de 2014

Mi generación ostenta un curioso récord: hemos sido emigrantes antes incluso de intuir que tendríamos que irnos de nuestro país. Yo, por ejemplo, llegué un 2 de abril de 2013 a Montevideo, pero en realidad mi emigración comenzó, sin yo saberlo, casi 2 años antes, el 23 de agosto de 2011. Recuerdo bien ese día. En Valladolid, mi ciudad, se paraba un  desahucio, y el grupillo que estabamos a cargo de las redes alucinábamos viendo en directo cómo PSOE y PP votaban en bloque la reforma del artículo 135 de la Constitución: en un par de horas quedaba consagrado el déficit cero y se daba a la prioridad del pago de la deuda el rango de dogma. Sin debate previo y, desde luego, sin referéndum. El PPSOE imponía el mayor austericidio de las últimas cuatro décadas, y con él nuestra emigración. O nuestro exilio, como preferimos llamarlo muchos de nosotros. 

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Les sobramos

La autora, Sarah Babiker, en Buenos Aires.

La llamamos Nur y está hecha de migraciones. Por eso tiene un nombre raro, al menos para Buenos Aires, y llevamos sus tres meses de vida explicando a pediatras, comerciantes y pasajeras del autobús, que no gente, que no, que nada tiene que ver con Onur, el nombre del galán de la telenovela turca tan de moda por aquí. Con Zoe, la hermana mayor, fue más fácil. Nos ajustamos sin querer a la lista de los nombres de nena más usados en Argentina en el 2013. Y en España, ¿será raro su nombre si volvemos? 

Si consigo regresar, mis hijas transitarán su primera migración antes de ser capaces de entenderlo. El padre de Zoe y Nur dice que les pusimos nombres cortos para dejar espacio a nuestros apellidos largos cargados de pasado, de gentes de otros lados que cruzaron océanos y mares en distintos momentos del siglo XX. Los bisabuelos de la Europa del este, judíos huidos de un continente hostil; el bisabuelo italiano, el asturiano, el abuelo sudanés, ¿se pensaron a sí mismo como emigrantes?

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