ANÁLISIS
La guerra que catapultó a la IA
La guerra de Irán ha alterado cadenas de valor y de suministro, disparado los precios energéticos y obligado a los inversores a recalcular riesgos en prácticamente todos los sectores. Sin embargo, lejos de frenar el ciclo tecnológico, las hostilidades militares en Oriente Próximo han reforzado la percepción de que la IA es el nuevo El Dorado al que acuden a la desesperada tanto empresas como gobiernos.
Los ataques unilaterales de EEUU e Israel contra el régimen de los ayatolás, a finales de febrero, parecían firmar el epitafio del ciclo de negocios post-Covid. Pero no solo no ha sido así, sino que el diagnóstico deja riesgos de enjundia. El aterrizaje, de momento no forzoso, trae consigo otra escalada de precios que anticipa una estanflación latente y deja otro factor preocupante, porque los flujos de capital, lejos de esfumarse, se han redirigido hacia infraestructuras de IA, centros de datos y fabricantes de semiconductores.
Si la burbuja tecnológica existe, tardará aún en explotar. Porque en los 100 primeros días desde el inicio del conflicto armado con cierre de Ormuz de por medio, la IA se ha erigido en el valor refugio. Por encima del dólar, el franco suizo o el oro. Wall Street ha oscilado entre el temor a una escalada militar y el riesgo de tipos de interés más altos y a una posible burbuja tecnológica. Pero el mercado sigue valorando la IA como la única fuerza motriz capaz de amortiguar todos los daños económicos e inversores colaterales.
La guerra redefine el mapa empresarial
El bloqueo parcial o total de Ormuz, el encarecimiento de la energía y el regreso de las presiones inflacionistas han alterado las perspectivas de numerosos sectores. Algunos se han beneficiado del aumento del gasto militar, que el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, según sus siglas en inglés) cifra en 400.000 millones de dólares desde el primer ataque a Teherán, casi la mitad, en manos del Pentágono y que se sumarían a los 2,6 billones de factura militar en 2025.
Otros, han sabido surfear por la ola bursátil o ponerse a resguardo de la seguridad energética. Pero también hay industrias que han sufrido el impacto de unos costes más elevados y de unas expectativas de crecimiento más débiles.
Entre los primeros destaca el negocio energético. Morningstar resalta que su Índice Global de Exploración y Producción de Petróleo y Gas ha avanzado un 11,4% desde el inicio de la guerra, mientras las grandes petroleras se han revalorizado un 8,6% por el encarecimiento del crudo.
Las supermajors han asumido el rol de receptoras de flujos defensivos. Al igual que la industria de Defensa. Su índice MSCI sobre valores aeroespaciales y armamentísticos, ha acumulado una rentabilidad del 32% interanual en el primer trimestre, superando el 18,9% del último tramo de 2025 en el que los cheques militares ya repuntaban notablemente. En especial, en Europa, que demanda principalmente pedidos de sistemas antimisiles, drones, munición y equipos militares.
Un tercer bloque, el financiero, completaría el pódium. La banca de inversión se ha aprovechado de la volatilidad imperante. Sean Dunlap, de Morningstar, lo explica de forma elocuente: “los clientes quieren rotar sus carteras y operan con más frecuencia, lo que eleva la rentabilidad de los intermediarios financieros”. Entre enero y marzo Morgan Stanley elevó su beneficio un 29%, Goldman Sachs un 19% y JPMorgan un 13%.
Sin embargo, han sido los valores vinculados a la IA los que han monopolizado casi por completo los flujos de capital. Por delante de las energías renovables que han experimentado un frenético resurgimiento por los deseos globales de reducir la crudo-dependencia. Ni uno ni otro se pueden considerar un sector en sí mismo. Pero resultan determinantes en la carrera competitiva por la hegemonía tecnológica y geopolítica. La demanda de chips --otro espacio donde la innovación algorítmica se mueve como pez en el agua-- sigue en estado de solidez. Al igual que las fuentes renovables, que han vuelto a captar el interés inversor.
Nick Marro, analista de Economist Intelligence Unit (EIU) considera que la guerra ha reforzado la tesis de la seguridad energética, impulsado la transición limpia y diversificado sus canales de suministro. El índice S&P Global Clean Energy Transition ha registrado por avances interanuales puntuales del 70%.
Por contra, los sectores más sensibles a la fragilidad económica y las subidas de tipos de interés como la minería o las materias primas metálicas encabezan las pérdidas. Uno de sus indicadores más fiables, el que elabora Morningstar, pasó de ganar un 22,6% en los dos primeros meses del año a caer un 22,8% tras el estallido del conflicto. Coeur Mining, Hecla Mining o Southern Copper sufrieron descensos de entre el 27% y el 34%.
La construcción residencial y la financiación hipotecaria también han sido víctimas directas de un mercado que descuenta que los bancos centrales deberán instaurar políticas más restrictivas, debilitando la demanda inmobiliaria, dice el analista de esta firma financiera, Jon Mills.
Empresas ‘victoriosas’ de la volatilidad
Desde la órbita corporativa, las beneficiarias han sido las compañías que, como las petroleras, han sabido monetizar las oscilaciones bursátiles. BP, Shell y TotalEnergies generaron entre 3.300 y 4.750 millones de euros adicionales en el primer trimestre. En conjunto, esta triada petrolera elevó hasta un 69% sus beneficios. Repsol ganó 929 millones de euros en el trimestre, un 154% más respecto a enero-marzo de 2025.
Las dos grandes supermajors americanas --ExxonMobil y Chevron-- obtuvieron conjuntamente casi 6.400 millones de dólares de beneficio neto, si bien los analistas coinciden en que el impacto positivo del conflicto ha sido “proporcionalmente mayor” para las petroleras europeas gracias al peso de sus negocios de comercialización e intermediación en el mercado del crudo.
La segunda gran vencedora han sido las firmas de Defensa. Más en concreto, los fabricantes de misiles, sistemas antiaéreos y drones, principales receptores del aumento del gasto militar. Así, firmas como Lockheed Martin, RTX, Northrop Grumman o L3Harris Technologies han impulsado sus pedidos y sus valores bursátiles por la urgencia en reponer arsenales y acelerar la producción de armamento. Bloomberg calcula que este auge sumó 28.000 millones de dólares al patrimonio de grandes accionistas y familias en estos tres meses.
La tercera ganadora ha sido la cadena de valor de la IA, que ha ignorado prácticamente cualquier ruido geopolítico. Según Fortune, han sido las acciones más revalorizadas en 2026. En especial, fabricantes de memoria y almacenamiento como Micron Technology, SanDisk y Western Digital, impulsados por una demanda que crece muy por encima de la oferta. Micron elevó sus ingresos un 196% interanual, SanDisk un 97%. Ambos emporios mantienen planes de inversión cercanos a 670.000 millones de dólares este año. TSMC, firma de chips taiwanesa, incrementó en un 58% sus beneficios trimestrales, señal de que la guerra no ha alterado el ciclo inversor en IA, sino que lo ha reforzado como apuesta a largo plazo.
Economías con pies de barro
El recibo energético ha empeorado la coyuntura americana y global. El PIB de EEUU emite signos de resiliencia por el fuelle que le otorga unas inversiones próximas al billón de dólares en IA de su sector privado que aportarán 4 décimas a la mayor economía global y otras varias a mercados como el mexicano, el surcoreano o el taiwanés que se han valido del efecto balsámico que este tránsito de capitales genera en las cadenas de valor. Sin embargo, su IPC, en el 4,2% en mayo, podría instalarse durante meses por encima del 4% que los analistas juzgan como tope para que Wall Street emprenda correcciones masivas. Así ha sucedido en los últimos ajustes con escalada de precios en EEUU.
Para más inri, la actividad estadounidense, que emite dinamismo, lo hace a costa de necesidades de financiación más caras, con una curva de rendimientos tensionada y mercado de deuda cada vez más sensible a cualquier sorpresa inflacionista.
El bono del Tesoro a 30 años ha superado el 5%, riesgo inequívoco de que la confianza inversora en el PIB americano a largo plazo se contrae por la carestía crediticia. Ryan Crocker, experto del Carnegie Endowment, afirma que la guerra revela hasta qué punto la economía mundial “sigue siendo vulnerable al cuello de botella energético de Ormuz”.
Europa figura entre las regiones más dañadas por el cóctel de energía cara, menor crecimiento y endurecimiento financiero. Especialmente Alemania e Italia, por su dependencia industrial. En Asia, el impacto es aún más severo. Japón ha sufrido reajustes bursátiles y varios tigres asiáticos importadores de energía, tensiones de abastecimiento con caída de inventarios y reservas. En JPMorgan advierten que varias naciones asiáticas podrían enfrentarse a déficits de suministro si las restricciones marítimas en el Golfo se prolongan.
Entre los estrategas económicos se otorga cada vez más credibilidad a una combinación inaudita de petróleo caro, inflación persistente y tipos altos que drenen simultáneamente la actividad en EEUU, Europa y Asia. Y el BCE ha iniciado la fase restrictiva del dinero. En paralelo, además, surge otro factor nunca visto. El ciclo inversor de la IA supera en velocidad y volumen de capital, a las fases de esplendor de la revolución de internet o de la electrificación. Nvidia vale tanto como el PIB de Alemania. Bajo un apetito feroz en Wall Street, que espera impaciente la triple salida a bolsa de SpaceX, Anthropic y OpenAI para poder expandir las ganancias.
Desde el punto de vista geopolítico, “el balance resulta mucho menos favorable para Occidente que para el mercado”, dice el presidente emérito del Council on Foreign Relation, Richard Haass.
A su juicio, “la mayor victoria estratégica se la llevan China y Rusia”. Pekín, por afianzar su estatus de socio indispensable para el Sur Global y reforzar su acceso preferente a recursos energéticos; Moscú, por desviar la atención sobre Ucrania y beneficiarse de un precio del crudo que le otorga liquidez en tiempos convulsos para su economía militarizada.
En cambio, EEUU e Israel pierden dividendos en el orden global. Washington ha exhibido poderío militar a costa de reavivar la inflación, complicar la tarea a la Fed y minar su liderazgo exterior; Tel Aviv no ha traducido sus éxitos militares en ventajas geopolíticas y los emiratos han sufrido deterioro reputacional al mostrarse incapaces de influir decisivamente en el conflicto, pese a su relevancia energética.