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ANÁLISIS

Inmigración en la campaña

1 de noviembre de 2026 22:07 h

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Nadie duda de que la inmigración será uno de los ejes de la campaña del 29 de noviembre. Se da por hecho que es un terreno cómodo para la derecha, y lo seguirá siendo mientras la izquierda juegue a la defensiva, con argumentos como que los inmigrantes son indispensables para pagar las pensiones o para “limpiarle el culo” a nuestros mayores. Son argumentos que reducen a las personas a una función instrumental y aceptan la premisa del adversario: que la inmigración es una opción que podemos elegir o rechazar y que quien llega está aquí de prestado.

Esa es la idea que la derecha ha conseguido instalar en buena parte de la sociedad: la inmigración es algo que nos pasa o que nos hacen, y gobernar consiste en abrir o cerrar la puerta. Pero es una premisa falsa. Porque la demografía no es una puerta. Es una pirámide.

La fecundidad en España ronda los 1,1 hijos por mujer, muy lejos de los 2,1 que se consideran necesarios para el reemplazo generacional. Según las proyecciones del INE publicadas en junio de 2026, el saldo vegetativo seguirá siendo negativo durante todo el periodo proyectado. El crecimiento de la población dependerá, por tanto, de la inmigración. La población nacida en España, que representa hoy el 79,8% del total, pasaría al 59,6% dentro de cincuenta años si se mantienen las tendencias previstas. No es una profecía, sino una proyección condicionada por las tendencias demográficas. Pero es una señal demasiado importante para ignorarla.

El mercado laboral ya refleja este cambio. Según la Encuesta de Población Activa, en Catalunya había 825.100 ocupados de 55 años o más en el cuarto trimestre de 2025, aproximadamente el 21% del total. Una parte importante de esas personas se jubilará durante los próximos diez o quince años. Y el relevo generacional no está garantizado: las cohortes jóvenes que se incorporan al mercado laboral son menos numerosas que las generaciones que se acercan a la jubilación. Catalunya es solo un ejemplo. Alemania, Francia, Italia, Portugal y el resto de España afrontan problemas similares.

Con este panorama, preguntarse si queremos o no inmigración es una ficción electoral. Podemos discutir cuánta necesitamos, cómo gestionarla y qué recursos hacen falta para garantizar la convivencia. Lo que no podemos hacer es convertir una transformación demográfica de fondo en una simple promesa de campaña.

Lo que también se oculta tras el debate sobre quién llega es lo que ya ha cambiado. Sigo con datos de Catalunya porque permiten observar esa transformación y porque allí, según las encuestas, partidos como Aliança Catalana y Vox es donde más crecen cabalgando sobre el rechazo a la inmigración.

Hay otro cliché que conviene desmontar: que el empleo de los inmigrantes se concentra exclusivamente en ocupaciones de baja cualificación. Los datos del Observatori del Treball i Model Productiu nos muestran que el número de ocupados nacidos en el extranjero con estudios superiores habría pasado de 113.656 a 440.671, un crecimiento del 288%. Según esa misma serie, hoy el 37% de los ocupados nacidos fuera tiene formación superior, frente al 23,5% en 2005. Quienes tienen estudios primarios o inferiores han pasado del 30% al 13%. Y, en el conjunto de España, la proporción de ocupados con estudios superiores nacidos en el extranjero habría pasado de uno de cada diez en 2005 a más de dos de cada diez.

Conviene no caer en el optimismo fácil. Estos datos miden el nivel de formación de las personas, no la cualificación de los puestos que ocupan. Una titulación universitaria no garantiza un empleo acorde con ella. Y las dificultades para homologar títulos obtenidos en otros países pueden agravar ese desajuste. Pero eso no desmiente el argumento: lo refuerza. El estereotipo del inmigrante destinado al trabajo menos cualificado ya no describe la diversidad de quienes llegan. Además, nos obliga a preguntarnos cuánto talento estamos desperdiciando.

Preguntarse si queremos o no inmigración es una ficción electoral. Podemos discutir cuánta necesitamos, cómo gestionarla y qué recursos hacen falta para garantizar la convivencia. Lo que no podemos hacer es convertir una transformación demográfica de fondo en una simple promesa de campaña

¿Qué significa, entonces, discutir la inmigración a la ofensiva? Cambiar la pregunta. La de “¿queremos inmigración?” no responde a los desafíos que tenemos delante. La pregunta relevante es otra: ¿Qué política necesitamos para gestionar una realidad que ya existe y que continuará transformando nuestra sociedad?

Precisamente por eso hacen falta vías legales y ordenadas, planificación de las necesidades laborales, formación, reconocimiento ágil de titulaciones y mejores mecanismos para conectar las capacidades de las personas con los sectores que necesitan trabajadores. También hacen falta políticas públicas que respondan a las necesidades de una población creciente: vivienda, sanidad, transporte, educación y servicios de proximidad. La inmigración no puede utilizarse como excusa para eludir estas responsabilidades, ni su gestión puede desligarse de ellas.

La izquierda debería defender esta posición con fuerza y orgullo, no a la defensiva. Nuestra capacidad para producir bienes y prestar servicios necesita mantener y ampliar la población ocupada si queremos sostener la actividad económica. La alternativa del discurso del miedo no elimina las causas de la inmigración ni las necesidades del mercado laboral: reduce nuestra capacidad para gestionar ambas. Y los costes de esa improvisación —irregularidad, explotación laboral y rechazo social— los pagan primero las personas migrantes y, después, el conjunto de la sociedad.

Quien promete frenar la inmigración debería explicar cómo piensa afrontar el relevo de las generaciones que se jubilan y responder a una demanda de trabajo que no siempre puede cubrirse con las personas nacidas aquí. Prometer cerrar la puerta sin explicar quién hará ese trabajo es vender una solución aparente a un problema real. Necesitamos políticas que favorezcan la natalidad, mejoren la productividad y permitan planificar las necesidades de empleo, sin populismos y con realismo.

La demografía no es una puerta, y gobernar no consiste en abrirla o cerrarla. Gobernar es decidir qué hacemos con quienes ya viven, trabajan y estudian aquí, y cómo gestionamos la llegada de quienes vendrán. Quien solo ofrece cerrar no gobierna: vende una puerta con un candado que no existe.

Esta campaña electoral no puede permitirse que el debate sobre la inmigración se liquide con frases hechas y eslóganes, ese terreno en el que tan cómodas se sienten la derecha y la extrema derecha. La izquierda tiene la responsabilidad de elevar el debate, poner sobre la mesa los datos y ofrecer respuestas a los problemas reales, sin miedo ni complejos. Porque no estamos discutiendo solo cómo gestionar la inmigración, sino qué sociedad queremos ser. Y en esa discusión nos jugamos mucho más que unas elecciones: nos jugamos ser un país digno, justo y con futuro.