OPINIÓN
Musk y Tesla, contra el modelo europeo
Este periódico ha venido informando con constancia de la huelga en los talleres de Tesla en Suecia desde octubre de 2023. Vale la pena detenerse en ello para ver qué hay detrás de esta larga y dura lucha sindical.
Hay conflictos laborales que son en el fondo negociaciones de precio y de condiciones de trabajo. Un sindicato pone sobre la mesa unas reivindicaciones, la empresa cede o no cede y, al final, con o sin conflicto, se llega a un acuerdo y se firma. Pero la huelga de los mecánicos de IF Metall contra Tesla en Suecia no es ese tipo de conflicto. Han pasado dos años y medio desde que los trabajadores abandonaron sus herramientas de trabajo frente a los talleres de Malmö, Gotemburgo y Estocolmo, y el conflicto sigue igual: ninguna de las dos partes ha movido un milímetro. ¿Por qué? Porque el conflicto no versa sobre salarios y condiciones de trabajo y porque una de las partes pretende ignorar un derecho fundamental de la otra, que es el derecho a la negociación colectiva.
Un derecho que Elon Musk se niega a aceptar en un país donde el 90% de la fuerza laboral está cubierta por convenio colectivo. No es una excentricidad ni un error de cálculo del hombre más rico del mundo. Es un principio. Tesla ha absorbido bloqueos portuarios en Escandinavia, ha transportado coches desde Alemania en camiones, ha llevado trabajadores en avión desde otros países europeos para cubrir los piquetes o ha pagado millones en costas judiciales. Todo eso, para no firmar un documento de pocas páginas con un sindicato que representa a esos trabajadores. El coste económico de la negativa supera con creces el coste de ceder. Hay algo, por tanto, que vale más que el dinero.
Ese algo es el mensaje: las instituciones colectivas no tienen autoridad sobre sus empresas.
Para entenderlo en su dimensión real hay que salir de Suecia y entrar en el ecosistema ideológico que rodea a Musk: Marc Andreessen y Peter Thiel —cofundador de PayPal y Palantir, arquitecto financiero de la nueva derecha tecnológica—. Todos y cada uno lo han articulado con claridad en entrevistas y foros privados: su visión del mundo sitúa como verdadero enemigo de la humanidad no la guerra ni el hambre sino la gobernanza. Cualquier entidad capaz de crear marcos normativos globales —que regule la inteligencia artificial, que frene el cambio climático, que evite conflictos nucleares mediante acuerdos multilaterales— es, en su vocabulario deliberadamente apocalíptico, el Anticristo. No es metáfora. Es una cosmovisión.
Estos tecnócratas libertarios —aliados en el proyecto político del trumpismo— forman un bloque de poder con una visión del mundo articulada y coherente: la concentración de autoridad en manos privadas es eficiencia; las instituciones que distribuyen poder —sindicatos, universidades públicas, agencias reguladoras, parlamentos supranacionales— son obstáculos. Residuos del siglo XX. Fricciones que ralentizan el progreso tal como ellos lo conciben. Lo que en los talleres de Tesla en Suecia se denomina “negativa a firmar un convenio colectivo” responde a la misma lógica que la exigencia de disolver agencias federales de supervisión financiera o la que presenta a la Unión Europea como un proyecto burocrático ilegítimo. No son episodios inconexos. Son aplicaciones del mismo principio a distintas escalas.
Pero Suecia resulta un laboratorio especialmente incómodo para esa ideología —definida como “libertarismo tecnológico”— precisamente porque el modelo nórdico de relaciones laborales no es una concesión graciosa del capital sino el resultado de un siglo de negociaciones institucionalizadas entre empresas y sindicatos. Y los convenios colectivos son tanto un derecho de los trabajadores como un instrumento de estabilidad para las empresas.
Ya en 1995, cuando Toys“R”Us llegó a Suecia con una lógica parecida, se negó a firmar convenios colectivos en sus primeras tiendas. Los sindicatos respondieron con bloqueos. Tres meses después, la juguetería cedió. La diferencia entre aquel conflicto y este no reside en la fortaleza del sindicato IF Metall, que sigue siendo formidable, ni en la solidaridad. La diferencia es que Musk es un actor político global para quien el modelo nórdico y europeo de relaciones laborales no representa un inconveniente de negocio, sino un enemigo ideológico.
Pero esta huelga en los talleres de Tesla debería importar más allá de Suecia. No como curiosidad sindical ni como un particular conflicto en un país frío y ordenado. Sino porque lo que allí se dirime es si las instituciones colectivas —los sindicatos, pero también los parlamentos, los tratados, las agencias, los convenios— tienen todavía capacidad de establecer límites al poder privado. Si la democracia termina, o no, en la puerta de las empresas.
A pocos días del Primero de Mayo, es bueno recordarlo.