Laura García Sáez, psicóloga: “La complacencia puede ser problemática si implica renunciar al propio bienestar”

¿Priorizamos constantemente las necesidades de los demás? ¿Nos cuesta decir que no por miedo a decepcionar o molestar a alguien? Si es así, podríamos estar hablando de la complacencia, una manera de actuar inofensiva a simple vista, pero que puede tener consecuencias con el tiempo. Y es que el conflicto es algo que la mayoría de nosotros queremos evitar. Ya sea una cierta tensión con la pareja, una dinámica incómoda en el trabajo o problemas familiares, la idea de una “conversación difícil” puede generar malestar. 

En estos casos es fácil que surja una manera de actuar que antepone los deseos de los demás a las necesidades y deseos de uno mismo. Como nos explica Laura García Sáez, psicóloga, “la complacencia a menudo se disfraza de amabilidad, empatía o generosidad, cualidades positivas, pero que pueden volverse problemáticas cuando implican una renuncia constante del propio bienestar”. ¿Por qué lo hacemos, con qué finalidad y qué repercusiones puede tener a la larga no atender a nuestras propias necesidades?

Complacer a los demás: una lección aprendida de pequeños

A la mayoría de nosotros no nos enseñaron a manejar los conflictos de manera saludable. De hecho, de alguna manera inconsciente, nos enseñaron a temerlos, lo que nos llevaba a callar, a no causar problemas para mantener la paz. Durante un tiempo, esta estrategia funcionaba. Como admite García, esta tendencia de complacer no surge de la nada: “en la mayoría de los casos se aprende en etapas muy tempranas de desarrollo”. Y es que, según la psicóloga, “durante la infancia dependemos emocional y físicamente de nuestras figuras de apego, lo que implica que, de forma más o menos consciente, aprenderemos qué conductas generan aprobación, afecto o atención, y cuáles rechazo, enfado o distancia”.

Evitar el conflicto, por tanto, es una estrategia de afrontamiento aprendida. Crecer en entornos donde se reprimían las emociones, donde la confrontación era peligrosa o la vulnerabilidad se juzgaba tiene mucho que ver con la complacencia. Porque aprendemos, con el tiempo, que mantener la paz es estar a salvo, que incluso el silencio se produce a costa del bienestar emocional. “Poco a poco se va configurando la idea de que ser aceptado implica adaptarse constantemente a las expectativas de los demás”, reconoce García. 

Además del aprendizaje, la complacencia también tiene que ver con “factores culturales y sociales, ya que en muchas culturas se valora en determinados roles —como el femenino— y se refuerza la idea de que cuidar, ceder o evitar el conflicto es una virtud”, reconoce García. Todo ello, con el tiempo, acaba interiorizándose y aceptándose hasta el punto de que se establece una manera de relacionarnos que evita generar problemas.

Cuando complacer a los demás parece más fácil que alzar la voz

Evitar los conflictos puede parecer la opción más segura para protegernos, pero a la larga puede deteriorar la confianza. Comprender la base emocional de este patrón es el primer paso hacia el cambio. Evitar la confrontación suele empezar como una estrategia de protección y está estrechamente ligado con “necesidades humanas como la pertenencia, el amor y la seguridad”, admite García. 

Detrás de complacer a los demás de forma excesiva puede haber un cierto “temor a no ser suficiente, a ser rechazado o a generar conflicto”, reconoce la especialista, que admite además que también puede haber “una búsqueda de validación externa ya que, cuando la autoestima está más apoyada en la opinión de los demás que en la propia valoración interna, complacer se convierte en una estrategia para sentirse querido, aceptado o valioso”, afirma García. No es raro, por tanto, que las personas complacientes puedan tener baja autoestima y creen que no están a la altura de los demás.

Esforzarse al máximo para que los demás estén contentos o a gusto sacrificando nuestro propio bienestar también puede tener una causa vinculada al abandono. “La persona puede pensar que si deja de adaptarse a los demás, perderá el vínculo, lo que genera una dinámica de sobrecarga emocional que, aunque al principio parezca funcional, puede ser muy costosa”, advierte García.

El coste de la complacencia 

En el fondo, nos estamos engañando de forma momentánea porque este “sí” que damos en algún momento para evitar tensiones puede acabar pasando factura con el tiempo en distintos ámbitos de nuestra vida. “En el plano personal, una de las principales consecuencias es la desconexión con uno mismo ya que se puede perder claridad sobre las propias necesidades, deseos o límites, lo que genera una sensación de vacío, frustración o resentimiento hacia los otros”, reconoce García. 

Anteponer de manera constante las necesidades de los demás a las propias también puede generar relaciones desequilibradas porque se establece una manera de funcionar en la que “la persona complaciente tiende a dar mucho más de lo que recibe, lo que fomenta dinámicas de dependencia y se dificulta la comunicación auténtica”, admite García.

Más allá del ámbito personal, la complacencia mal llevada también influye en lo laboral ya que se suelen “asumir más tareas de las que se pueden gestionar, hay dificultad para poner límites y se pueden experimentar altos niveles de estrés y agotamiento”, reconoce García. Todo ello puede traducirse en “ansiedad, baja autoestima y una sensación de no estar viviendo una vida alineada con uno mismo”, advierte García.

¿Cómo romper este patrón sin irnos al otro extremo?

La consciencia es el primer paso hacia el cambio. Es importante que notemos cuándo complacemos a alguien por miedo y cuándo elegimos de manera consciente una acción amable. “Identificar en qué situaciones se tiende a complacer, qué pensamientos aparecen (‘si digo no, se enfadará’, ‘no es para tanto, puedo hacerlo’) y qué emociones están implicadas es clave para empezar a cambiar”, reconoce García. En este punto, es importante observar qué nos ocurre antes de que tomemos una decisión para que seamos más conscientes de cómo actuamos antes de complacer a los demás.

Y aquí es donde entra la parte de autoestima. “Cuanto más sólida sea la valoración interna, menos dependerá la persona de la aprobación externa, lo que implica aprender a validarse, reconocer las propias necesidades y entender que poner límites no es un acto de egoísmo, sino de autocuidado”, explica García. 

Otro pilar clave es aprender a expresar los límites de forma clara y directa, comunicar nuestros sentimientos y necesidades sin culpar a nadie, “aprender a expresar opiniones, necesidades y límites de forma clara, respetuosa y firme para construir relaciones más equilibradas”, afirma García. El primer “no” siempre es más difícil. De ahí que sea importante expresarlo de forma sencilla y contundente.

Esto no significa que nos pasemos al otro extremo y que de decir siempre “sí” pasemos a decir siempre “no”. Para encontrar el equilibrio es útil preguntarse “¿quiero hacer esto o siento que debo hacerlo?”, aconseja García, que concluye que “superar la complacencia no implica volverse egoísta o indiferente hacia los demás, el objetivo no es dejar de cuidar, sino aprender a incluirse a uno mismo en ese cuidado porque, al hacerlo, es posible reconectar con uno mismo, fortalecer la autoestima y aprender a relacionarse desde la autenticidad”.