¿Prefieres comer solo o en compañía? Una nutricionista explica sus efectos: “No se trata de elegir, sino de equilibrar”

La nutricionista asegura que la decisión depende de cada persona, su intención y el ambiente.

Marta Chavarrías

0

Cuando nos sentamos a comer solemos dirigir casi toda nuestra atención en lo que comemos, pero no damos importancia a cómo, dónde y con quién comemos. ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez si hay diferencias cuando nos sentamos a comer solos a cuando lo hacemos en compañía y rodeados de gente? Si nos fijamos, veremos que hay algunas diferencias, y no se trata muchas veces de decidir cuál es mejor, sino de comprender cómo ambas formas de sentarnos en la mesa pueden influir en nuestra alimentación y en la relación que mantenemos con la comida.

Cada vez hay más pruebas de que compartir comida va más allá de simplemente saciar el hambre. Sentarnos a comer y dedicar tiempo a hacerlo con los demás podría ser una de las maneras más sencillas de sentirnos mejor, vivir de forma más saludable y conectar con los demás. 

A menudo, cuando compartimos comida, el tiempo parece detenerse. Las conversaciones, los intercambios y las risas crean una atmósfera donde podemos saborear cada momento y cada bocado. Las comidas en grupo suelen fomentar la relajación y un ritmo más pausado, lo que en ocasiones nos permite prestar más atención a las señales de hambre y saciedad. Cuando nos tomamos el tiempo para comer, solemos hacerlo de forma más consciente y con moderación.

“Tendemos a comer más despacio porque seguimos el ritmo de la conversación y hay más probabilidad de saborear y disfrutar de la comida, no solo ingerirla”, afirma Elisabet Valdivielso, dietista-nutricionista. Los momentos compartidos alrededor de la mesa suelen ir ligados a “cierta autorregulación social, cuidamos más lo que elegimos o cómo comemos, lo que favorece una alimentación más conectada con el hambre real”, reconoce Valdivielso.

Sin embargo, Valdivielso advierte que no siempre la compañía ayuda: “A veces ocurre lo contrario: comemos más cantidad por efecto social, podemos perder las señales de saciedad si estamos hablando o distraídos y hay más tendencia a comer por compromiso o presión social”.

¿Y qué hay de cocinar en compañía?, ¿es siempre una buena opción? Según este estudio de la Sociedad Española de Neurología (SEN), la Universidad Rey Juan Carlos (URJC), el Centro de Investigación Biomédica en Red de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN) del Instituto Carlos III e Ikea, cocinar y comer en compañía nos hace estar más alegres. Para Valdivielso, “cocinar en compañía facilita probar alimentos nuevos y puede mejorar la calidad de la alimentación”. Aunque todo dependerá de “cada persona, la intención y el ambiente”. 

Qué pasa cuando comemos solos

Ya hemos visto que las comidas compartidas son, en la mayoría de los casos, un indicador de bienestar. En cambio, la idea de comer solo ha ido asociada a una opción peor, una creencia sin embargo que está cayendo en desuso. Cada vez es más frecuente que esta opción se convierta en una elección consciente que puede resultar reconfortante e incluso placentera. 

Aunque no es una cifra espectacular, sí es indicativa: más de un 20% de los españoles comen y cenan solos entre semana, personas que en algunos casos deciden comer solas y no con la familia o los compañeros de trabajo. Pero debemos saber cómo hacerlo. “Comer solo puede tener muchos beneficios, siempre y cuando no se haga en ‘modo automático’ ni frente a pantallas”, reconoce Valdivielso, que admite que, “bien aprovechado, puede ser uno de los momentos más conscientes del día”. 

Comer solos nos aporta el placer de concentrarnos en la comida porque eliminamos las distracciones. Nuestros sentidos se centran en el alimento que tenemos delante. “Hay más conexión con el hambre y la saciedad, es más fácil escuchar nuestro cuerpo (hambre real vs. hambre emocional) y detectamos mejor cuándo estamos satisfechos”, afirma Valdivielso. Además, al estar a solas “evitamos comer ‘por inercia’ o por seguir el ritmo de otros, lo que favorece una relación más intuitiva con la comida”, comenta la experta.

Pero los beneficios de comer solo, sin pantallas, no acaban aquí. Valdivielso enumera otros tantos más:

  • Saboreamos más los alimentos, su textura, olor y sabor.
  • Comemos más despacio de forma natural.
  • Disfrutamos más, aunque se trate de una comida sencilla.
  • Podemos elegir en función de lo que nos apetece o necesitamos.
  • Ajustamos las cantidades sin la presión social de los demás.
  • Creamos rutinas más alineadas con nosotros.
  • En un día con prisas, comer solo puede suponer un pequeño reseteo, un momento de calma y desconexión y una oportunidad para bajar el estrés, lo que tiene un impacto en la digestión y el bienestar.

Pese a todos estos beneficios, no debemos pasar por alto que comer solo, con emociones negativas, puede llevar a “comer por ansiedad y a pérdida de apetito”, advierte Valdivielso

La influencia del entorno y de la atención a la hora de comer

Cuando se trata de elegir entre dos opciones no siempre todo es blanco y negro. Los matices a menudo son importantes y en este caso también lo son. “No es una cuestión de elegir uno u otro sino de equilibrar”, explica Valdivielso. Comer acompañados nos permite mayor conexión social y un disfrute compartido, mientras que comer solo (sin pantallas) nos lleva a una conexión interna y mayor conciencia. “Ambos son necesarios y complementarios”, admite la especialista.

Más allá de si estamos solos o acompañados cuando comemos, la clave está en fijarnos en el tipo de ambiente que nos rodea. Como admite Valdivielso, “comer en un ambiente tranquilo activa el sistema digestivo, digerimos mejor. En cambio, comer con estrés, prisas o nervios dificulta la digestión en forma de hinchazón, pesadez y peor absorción”. Hay más condicionantes que afectan a nuestro bienestar a la hora de comer. “La postura, el ruido o incluso la luz influyen en cómo responde el cuerpo”, admite Valdivielso.

Si no prestamos atención a lo que comemos, bien porque estamos distraídos con el televisor o el móvil, “nuestro cerebro no registra bien la comida y esto puede hacer que comamos más cantidad sin darnos cuenta y tengamos más hambre después. En cambio, comer con atención mejora la conexión con las señales de hambre real”, matiza la nutricionista. 

Los ambientes caóticos suelen llevar a comer “más ultraprocesados o comida rápida; los entornos organizados, en cambio, nos llevan a tomar decisiones más saludables”, reconoce la especialista. El lugar donde comemos también influye en parte de las decisiones que tomamos. Para Valdivielso, “hacerlo siempre en el mismo lugar y horario ayuda a regular el apetito, a evitar picoteos constantes; por el contrario, la falta de estructura suele desordenar la alimentación”.

Etiquetas
stats