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Tensiones familiares, ansiedad o vuelta al armario: veranear en tu pueblo también puede tener un precio

“Una familia silenciosa en un hogar silencioso, donde no se habla de lo que ocurre de piel para adentro (...) Mis padres y yo nos queremos, pero en silencio, como se quiere en La Mancha, donde expresar el cariño es la forma más inmediata de ponerlo en peligro”. Así describe La mancha, la novela que Enrique Aparicio publicó en 2024 con Plaza&Janés, una de las sensaciones que experimenta su protagonista cuando vuelve a su pueblo después de vivir unos años en Madrid. En su caso, regresa por tiempo indefinido porque no tiene trabajo, pero el choque emocional que implica el retorno al hogar familiar también puede ocurrir cuando volvemos simplemente por vacaciones.

Aunque a menudo se romantiza el veraneo rural, también puede tener un lado hostil. Y la experiencia es distinta entre “gente que tiene pueblo y gente de pueblo”, según diferencia Aparicio para analizar esas tensiones. “Entiendo que la idealización que mucha gente percibe es sobre todo de quien tiene pueblo, es decir, que su familia vivía en un pueblo y ellos iban en verano, cuando en los pueblos se está genial porque podías jugar en la calle sin hora o bañarte en el río. Por el contrario, estamos la gente que somos de pueblo, que nos quedábamos allí cuando se iban los demás, y ahí la relación es mucho más compleja”, contrapone.

Esa relación depende de la situación de cada persona: “La tensión que te llevas al pueblo normalmente es la que tú llevas dentro. Si estás a buenas contigo mismo, con tu familia y con tu vida, estás a buenas con tu pueblo”. Cuando no es así, puede ser duro “regresar al sitio donde todo el mundo te conoce y vas a convivir con personas a las que tienes que dar una actualización de qué estás haciendo, si te ha dejado el novio o si has dejado el trabajo…”, explica Aparicio, que es periodista cultural y creador de podcasts. “En el pueblo las vidas son más públicas, para bien y para mal. No puedes tener un día en el que no hables con nadie si tienes que salir a la calle a hacer la compra. Si tienes que dar explicaciones que no quieres dar, te sientes observado y juzgado. Pero luego puede ser maravilloso si necesitas ayuda”, valora.

En el pueblo las vidas son más públicas, para bien y para mal (...) Si tienes que dar explicaciones que no quieres dar, te sientes observado y juzgado. Pero luego puede ser maravilloso si necesitas ayuda

La psicóloga Paula Campo Arrastia, del espacio terapéutico GPyF, apunta que las tensiones que puede experimentar una persona al volver a su pueblo en verano dependen de determinados condicionantes, como la clase socioeconómica, el componente racial, el género, la edad, la orientación sexual o la identidad de género. “No es lo mismo volver al pueblo cuando tienes una casa grande y unos medios materiales amplios que cuando vas a una casa pequeña en una situación humilde”, ejemplifica. Y en el caso de las mujeres, especialmente si son madres, suelen tener más estrés por las obligaciones familiares que también se les exigen en vacaciones.

Más allá de esos condicionantes, uno de los focos de tensión suele estar relacionado con los mandatos y compromisos que asumimos. Esas obligaciones empiezan por el propio “tengo que ir al pueblo porque no he podido ir durante el año todo lo que me gustaría y mis padres están envejeciendo”, señala la psicóloga. Le siguen otras: “Debería visitar a mi tía, debería ir a ver a mi vecina, debo ir a acompañar a mi padre a recoger cerezas, tengo que cuidar a mi madre…”. Considera que “en los momentos vacacionales no debería haber ‘tengo que’, sino una negociación entre los compromisos que tengo para la comunidad y lo que yo necesito y deseo individualmente”. “Los periodos vacacionales en el mundo capitalista neoliberal en el que vivimos son esos momentos donde puedo recargarme y liberarme de cargas mentales y mandatos. Es importante negociar el tiempo que quiero pasar en el pueblo, los eventos donde quiero participar y los momentos que quiero guardar para mí”, defiende la profesional.

Joaquín, de 34 años, dejó a los 18 el pueblo de Albacete en el que se crio. Desde entonces ha pasado por diferentes fases en su relación con su lugar de origen. “Justo antes de irme estaba deseando marcharme y no volver nunca. Tardé meses en volver la primera vez”, recuerda, y relaciona ese “rechazo” con una infancia que “no fue muy buena”. “Con el tiempo ha ido cambiando. He pasado por esa época de idealizar la vuelta al pueblo: pasas de una ciudad horrible como Madrid al pueblo que piensas que va a ser bucólico, pero igual tiene poco que ofrecer, así que te encuentras con la realidad y vuelves a eso”, añade. Ahora está en un punto en el que no lo idealiza, pero sí le apetece regresar: “Siempre tienes una necesidad de volver a donde has crecido. Yo pensaba que eso nunca me iba a pasar y la verdad es que sí me pasa”.

Una de las dinámicas que se pueden dar al regresar es cierto retroceso a la infancia o a la adolescencia. “Te vuelven a decir ‘a dónde vas’ o ‘a qué hora llegaste’ y dices: igual tengo veintitantos años y no es el momento de volver a estas cosas”, se queja Joaquín, que no es su nombre real, pero prefiere mantener el anonimato. También han pesado en su rechazo al pueblo en algunos momentos los “problemas familiares” que se encontraba al volver a él: “Te das cuenta de las cosas que están mal en tu familia y no te apetece lidiar con ellas o verlas”.

Es importante negociar el tiempo que quiero pasar en el pueblo, los eventos donde quiero participar y los momentos que quiero guardar para mí

Entre las emociones que se pueden experimentar en el retorno al hogar, Paula Campo menciona “el estrés, la ansiedad y, según qué situaciones, incluso la tristeza o la reconexión con una parte depresiva si al volver al pueblo nos encontramos con los duelos”. Estos pueden ser “por las ausencias de esas personas que ya no están y no van a participar de las tradiciones de todos los veranos”, pero también señala “los duelos de cómo cambian los pueblos, cómo cambia el grupo de pertenencia o si se ha disipado”. “Yo me voy, durante el año hago mi vida y al volver al pueblo siempre hay un deseo genuino y profundo de que todo siga igual. Eso no es real, entonces muchas personas pueden encontrarse con un vacío, con la apatía y con un aburrimiento que puede también desencadenar pensamientos negativos, baja autoestima y sensación de perder un poquito el sentido de la vida o del disfrute”, analiza la psicóloga.

Hay otro fenómeno que puede pasar factura en momentos como el verano: las expectativas. “El periodo vacacional no es un periodo sin más, sino que la exigencia social es que tienes que pasártelo bien porque son 30 días al año, a la vez que estar megarrelajada y desconectada, y estar superactiva, y no perderte nada, y a la vez estar a la bartola tomando el sol y a la vez meterte en todas las actividades. Hay muchísima exigencia ahí”, valora Campo. Agrega que “para las personas que no tienen un círculo de pertenencia afín o que vuelven a hogares con familiares en dependencia, se junta la dificultad de esos momentos con no estar cumpliendo esas expectativas de estar disfrutando y haciendo todo lo que se supone que una persona debe hacer en las vacaciones”.

Para Joaquín, además, volver a su pueblo también significa “volver al sitio en el que estás traumado”. Tuvo una adolescencia difícil en la que sufrió violencia homófoba, por lo que, ya de adulto, al regresar sentía un “miedo irracional a volver a vivir episodios así”. Lamenta que esas situaciones “te expulsan”: “Si tuviéramos otro tipo de vivencias, la gente no tendría esa necesidad de salir”.

Para Joaquín, volver a su pueblo significa 'volver al sitio en el que estás traumado'. Durante su adolescencia sufrió violencia homófoba y sentía un 'miedo irracional a volver a vivir episodios así'. Esas situaciones 'te expulsan', lamenta

Paula Campo comparte que, aunque depende de cada caso, “la mayoría de las personas queer han tenido que irse de sus pueblos para poder vivir libremente su identidad”. Entonces, “cuando vuelves al pueblo, vas a tener que responder a muchas preguntas y casi siempre se vive una limitación de la expresión de la libertad: de quién soy, de quién me gusta, incluso de dónde quieres llevar a tu pareja”. En el caso de las personas trans, “es un proceso mental tan impactante regresar al pueblo con una identidad que visiblemente es diferente a cuando te fuiste, que hay muchas personas que no vuelven, simplemente por no tener que atravesar todas esas preguntas, las que te van a hacer y las que no te van a hacer, pero sabes que están en el entorno colectivo”.

Enrique Aparicio también sabe lo que significa para las personas queer volver a casa. “En la ciudad, en mi vida adulta, estaba totalmente fuera del armario. Vivía como un marica incluso medio público, que hace cosas en internet relacionadas con eso. Sin embargo, durante muchos años, con mi padre yo no había salido del armario. Era muy extraño, desconcertante y triste”, lamenta. Y recuerda un episodio significativo: “Yo di el pregón del Orgullo de Almansa, que es el pueblo grande de al lado. No dije en mi casa adónde iba ni de dónde volvía. Puede haber ahí cosas enquistadas, un rincón sin barrer que siempre nos queda al irnos”.

Aparicio, sin embargo, no cree que en los pueblos haya más homofobia que en las ciudades. “De lo más chulo que me ha pasado a raíz de publicar La mancha es que me he recorrido no sé cuántos pueblos invitado por esas maravillosas asociaciones queer locales, regionales y en zonas rurales y he entrado en contacto con la vida de personas queer que fueron más valientes que yo, o más maduras, o que tuvieron esa opción y consiguieron e incluso eligieron quedarse en el pueblo, cosa que yo no elegí, pero que ni siquiera concebí”, reflexiona. Con ellas ha descubierto que “hay vidas queer perfectamente felices en pueblos pequeños”. “No solo somos queer, somos muchas otras cosas más. Y una persona queer también quiere vivir tranquila y respirar aire puro”, defiende.

Volver al entorno rural puede generar tensiones, pero también puede dar oxígeno. Enrique Aparicio huye de romantizarlo pero también de demonizarlo: “En los pueblos sucede lo que sucede en la vida: cosas buenas, cosas malas, cosas regulares y en el 99% de los días, las cosas normales, ni muy épicas ni muy terroríficas”.