Alicia Álvarez se va ‘De comida familiar’: “A veces mandar a los padres a la mierda es lo más amoroso que se puede hacer”
De comida familiar (Buen Dolor, 2026) parte de una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando los vínculos que se nos ha enseñado a preservar por encima de todo se convierten en una fuente de sufrimiento? A lo largo del libro, la periodista e investigadora cultural Alicia Álvarez Vaquero analiza cómo la familia funciona no solo como espacio de afecto y cuidado, sino también como escenario donde se aprenden dinámicas de poder, culpa, dependencia y silenciamiento emocional. Frente a la idea ampliamente aceptada de que determinados lazos no deben romperse nunca, la autora explora las consecuencias psicológicas de permanecer en relaciones dañinas y cuestiona los mandatos culturales que equiparan distancia con fracaso, deslealtad o falta de amor. El resultado es un ensayo magnífico sobre salud mental, trauma, pertenencia y autonomía, que cuestiona algunas ideas profundamente arraigadas sobre la familia. Una obra salpicada de numerosas referencias culturales y psicológicas que invitan a pensar qué significa realmente cuidar y cuidarse.
¿De dónde surge De comida familiar y por qué la editorial Buen Dolor?
Surge de un interés bastante obsesivo por mi parte alrededor de las dinámicas familiares, los juegos de poder o las consecuencias emocionales que acarrea la sujeción del vínculo consanguíneo. Hace bastantes años empecé a archivar citas, pasajes, escenas cinematográficas, teorías… y en 2021 me puse a darle forma como borrador de ensayo. Poco después aparecieron -gracias al link de la periodista cultural y amiga Aïda Camprubí- María Serrano y Adriana Royo, o sea Buen Dolor. Y fue un sueño porque en cuanto me explicaron su idea de la editorial (publicar libros que sirvieran como artefactos de acompañamiento en las dolencias psicológicas cotidianas, como una especie de caja de herramientas amorosa) supe que el texto no podría tener mejor casa.
¿Hay que mandar a los padres a la mierda de vez en cuando?
Sí, por supuesto. Estamos preparadxs para no hacerlo (para dejarnos guiar por la culpa) pero a veces mandar a los padres, madres o cuidadores a la mierda es lo más amoroso que se puede hacer.
En este sentido, permanecer en la herida puede ser también poner en riesgo la vida. ¿Vivir intensamente es morir poquito a poco?
Sí, yo lo digo así tal cual en el libro porque lo creo firmemente. Huir constantemente de estar a solas con unx mismx, por ejemplo a través de las compras, el trabajo, la fiesta, las relaciones sexoafectivas, los viajes, el alcohol u otras drogas… se suele interpretar como síntoma de buena salud, de vivir la vida a tope. No solemos pensar que vivir en una evasión constante de nosotrxs mismxs es síntoma de un problema; pero claro es que también esto es lo que mantiene la rueda capitalista, es lo que mueve los dineros. Permanecer en la herida sin ponerle un poquito de atención o identificarla (no hace falta obsesionarse con la cultura de la sanación o de la mejor versión) nos va a llevar a vivir con una mochila de dolencias que pueden llevarnos a tomar decisiones en base a tapar esa herida, a no verla, a que no duela.
Cada vez hay más gente que habla abiertamente de que ha cortado del todo la relación con algún familiar porque ha decidido sacarse a sí misma de semejante situación de maltrato
Muchos de los problemas de la vida adulta tienen su origen en el pasado. Concretamente en los cuidados y en los vínculos emocionales de nuestros primeros años de vida. ¿Podríamos decir que reprimir las emociones es una conducta de riesgo?
Sí. Hay un montón de estudios de investigación alrededor de este tema y todos vienen a decir lo mismo: si de pequeñxs reprimimos emociones, de adultos tendremos problemas. Me gustan mucho las investigaciones de la psicoanalista Alice Miller, por ejemplo, cuando estudia el caso de algunos dictadores, genocidas y seres deplorables que fueron maltratados en su infancia. Si en nuestros primeros años de vida aprendemos a reprimir las emociones, a no identificarlas, a esconderlas… eso quiere decir que vivimos con miedo (a lo que sea) y vivir con miedo -que no deja de ser convivir con alguna amenaza- en un entorno en el que se supone que deberíamos estar tranquilxs y tener el cuidado afectivo garantizado no puede salir bien.
¿Frente a las expectativas familiares, cómo se puede gestionar la culpa que aparece al intentar poner límites o tomar distancia de los progenitores?
Esto es un temazo. Porque nos han inculcado y hemos aprendido que a los padres y a las madres hay que quererlos de cerca pase lo que pase y caiga quien caiga, aunque caigamos nosotrxs mismxs. Y no hay espacio para seguir queriendo, pero poniendo límites o distancia. Muchas personas conviven con grandes problemas de salud mental por este motivo: no se sienten capacitadas para poner distancia o romper directamente el vínculo porque prefieren pasarlo fatal, prefieren tolerar el maltrato de tal o cual familiar, antes que convivir con la culpa que puede suponer la distancia. Cuando se sabe que es mucho más sano y positivo a largo plazo convivir con esos picos de culpa antes que convivir con el maltrato. Ahora bien, todo el peso de la familia en la sociedad y en el sistema capitalista (en el día a día y en fechas concretas) lo pone muy difícil para optar por la opción más favorable a nivel de salud mental, por eso hay tanta gente atrapada en relaciones hipertóxicas.
¿Cuidar a través de la comida es una forma de descuidar los vínculos emocionales?
Puede que no, pero en buena medida puede que sí. Es verdad que aquí ya hay un sesgo que es el de la familia que tiene acceso a cierta seguridad alimentaria, pero sabemos que hay un histórico o un bagaje de sustitución entre el afecto y el alimento. Como si el gesto de cuidar o alimentar ya llevara consigo la palabra amor, y eso no pasa siempre. Se convierte en problemática cuando, por ejemplo, te pego un tortazo o te maltrato psicológicamente “porque eres mi hijx” pero acto seguido te planto un plato de comida superelaborado en la mesa o te invito a comer a tu restaurante favorito. La comida no debería sustituir conversaciones pendientes ni mucho menos hacernos creer que el maltrato es menos maltrato.
En el libro analizas el modelo familiar vinculándolo con una feria capitalista. En nuestra sociedad tal y como dices, todo gira en torno al vínculo. Las vacaciones, los anuncios, las conversaciones, pero ¿qué pasa cuando el vínculo es insostenible?
Cuando el vínculo es insostenible mucha gente se va y mucha gente queda a pesar de la quemazón. Lxs que consiguen irse tienen que lidiar con el aluvión de anuncios por el día del padre y el día de la madre, con preguntas de personas cercanas sobre cómo está su familia o con el sentimiento de estar haciendo algo que “está mal” (no lo está) porque es de malxs hijxs o malxs hermanxs o malxs sobrinxs o malxs nietxs cortar relación con alguien de la familia. Porque a esa feria capitalista le viene de perlas que la familia opere como dispositivo de control, que la gente no se vaya de madre.
Hay un histórico o un bagaje de sustitución entre el afecto y el alimento. Como si el gesto de cuidar o alimentar ya llevara consigo la palabra amor, y eso no pasa siempre
¿De dónde crees que surge el miedo a separarnos de personas o ambientes en los que no estamos cómodos?
Diría que, de base, viene del miedo a convivir con emociones incómodas como esa culpa de la que hablábamos antes. No se nos ha enseñado a atravesar ciertos estados aflictivos, por eso preferimos muchas veces enterrarnos en vida, pero cumpliendo las expectativas y obteniendo ese vínculo de pertenencia a convivir con ciertas crisis o emociones-pico como la tristeza que puede acarrear ese sentimiento de soledad que le invade a alguien que no está con su familia en navidad; sentimiento -por otra parte- impuesto. Toda la teoría de los apegos es bastante reveladora en este sentido, descubrir por qué no nos vamos de un vínculo dañino es un viaje introspectivo duro pero muy reparador. Y luego te puedes ir o no, o puedes hacer amagos constantes y no pasa nada si vuelves porque es difícil de sujetar… pero creo que es importante identificarlo y controlar cómo funciona la dinámica. También es cierto, y esto da mucha paz, que cada vez hay más gente que habla abiertamente de que ha cortado del todo la relación con algún familiar porque ha decidido sacarse a sí misma de semejante situación de maltrato.
La complacencia social parece estar cada vez más presente. Como dice Sara Ahmed en La promesa de la felicidad, hay muchas personas que permanecen en situaciones de infelicidad por miedo a causar la infelicidad de otras o perder la simpatía de los demás. ¿Dirías que esta tendencia está vinculada a un modelo de “capitalismo emocional” que premia la adaptación constante?
Sí, incluso la propia idea de “éxito” actual viene un poco de ahí, ¿no? A cuanta más gente gustes, cuantos más likes tengas, mejor estará tu termómetro de la felicidad. Y hay gente que por la familia se olvida completamente de sí misma. Es supertriste si lo piensas: abandonarse a una misma por tener el amor de alguien, por conseguir que alguien te trate bien. Es demencial. De hecho si te pones en la situación contraria, la de imaginarte a alguien a quien quieres haciendo cosas que no quiere hacer y sufriendo para tener tu cariño… es fácil que quieras abrazarle y decirle: “¡No hagas eso ni de coña!”. Pero de nuevo el peso de la unión en la familia es superperverso, tanto que a veces pasa por alto unos sufrimientos superexplícitos.
En una sociedad que sitúa el vínculo en el centro, como fuente de identidad, pertenencia y sentido, la ruptura o el distanciamiento pueden vivirse como un fracaso. ¿Qué sucede cuando una relación se vuelve insostenible y hasta qué punto es legítimo decidir no repararla?
Creo que siempre es legítimo decidir no repararla. Aquí reside una idea que muchas veces se atraganta: la del perdón. ¿Distanciarse significa no perdonar? Hay personas que se distancian y han perdonado a sus maltratadorxs, pero se distancian por su propio bien y no vuelven a verlos o a tener trato con ellxs; y hay personas que no se distancian y jamás les perdonarán aunque parezca que sí lo han hecho y quizá se guarden toda la ira y toda la rabia que sienten hacia ellxs.
Hay gente que por la familia se olvida completamente de sí misma
España es el país del mundo líder en consumo de tranquilizantes. Eso no dice nada bueno del modelo sociocultural en el que nos encontramos. Al respecto de esto, en tu libro hablas del necrocapitalismo. ¿En qué consiste exactamente y de dónde surge?
El farmacocentrismo en el que estamos inmersos habla mucho de la familia. La mayoría de los traumas, dolencias psicológicas o diagnósticos de salud mental tienen su punto de arranque en la familia. Hay muchos estudios (algunos los cito en el libro) que corroboran que a mayores circunstancias adversas en la infancia, mayor probabilidad de diagnósticos de salud mental en la adultez. Está más que probado y es más que lógico.
Medidas como la reducción de la jornada laboral o el reconocimiento del trabajo de cuidados mediante la implementación de un salario doméstico, ¿podrían transformar nuestra salud mental colectiva o aún estamos lejos de ese escenario?
Al menos serían de cierta ayuda. No olvidemos que esa relación entre el trabajo reproductivo no-pagado y la condición femenina tiene muchísima relevancia en todo el problema de la familia. De hecho, de uno de los modelos familiares normativos propios del capitalismo como puede ser el padre que trabaja ocho horas al día quizás sábados incluidos y la madre que se encarga de todas las tareas domésticas y el cuidado de cada miembro de la familia se desprenden dos estereotipos propios de lo disfuncional: el padre ausente y la madre controladora u obsesiva. Aunque para entender esa figura de la madre siempre hay que tener en cuenta la perspectiva de género, la historia del cuerpo femenino relegado a la maternidad como su gran logro en la vida.
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