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La heredera de una dinastía acostumbrada a gobernar

Iñigo Sáenz de Ugarte

Pocos líderes políticos han suscitado tantas esperanzas en el Tercer Mundo como Benazir Bhutto. Al mismo tiempo, no hay tantos que hayan causado tantas decepciones. Porque esta mujer, tan valiente como oportunista, ha propiciado un número casi infinito de paradojas a lo largo de su trayectoria.

Su retórica siempre ha sido impecablemente democrática. Pero fue elegida presidenta vitalicia del partido que fundó su padre y en el que ella imponía su voluntad. Su imagen era la de una modernizadora capaz de sacar a Pakistán de una era de intolerancia y fanatismo. En realidad, sus Gobiernos fueron tan corruptos como los de sus adversarios.

Sus relaciones con los Gobiernos occidentales eran excelentes. Pero los talibanes no habrían llegado al poder en Afganistán sin el apoyo decidido de Pakistán cuando Bhutto dirigía el Gobierno. Estudió en Harvard y Oxford y algunos de sus amigos eran intelectuales europeos progresistas. Y aceptó casarse con el marido elegido por su familia siguiendo una tradición de siglos en su país.

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