De la nación catalana y otros inventos
Juan Carlos Escudier
Por si a alguien le cabía alguna duda, Zapatero ha dejado claro esta semana que piensa aceptar que el futuro Estatut defina a Cataluña como una nación. Lo que el presidente reduce a una mera cuestión semántica –“no haremos una batalla de las palabras”- respecto de un término “vago e incierto” en la teoría política, es interpretado por el PP como una quiebra inaceptable de la Constitución. Pese a los deseos presidenciales, la controversia no es filológica sino política, y su repercusión será enorme en el nuevo modelo de Estado que se avecina.
Es cierto que los politólogos no han sido capaces de ponerse de acuerdo en una definición única de nación, aunque vienen a coincidir en una tipología básica en función de sus atributos principales, ya sean étnicos, culturales o jurídicos. La raza, la lengua o los derechos civiles son susceptibles de identificar a una nación y de orientar los diferentes proyectos nacionales. La coincidencia es mayor a la hora de analizar el fenómeno. La nación ha dejado de ser considerada un organismo vivo, independiente de los individuos que la integran por compartir una misma raza, lengua o religión, para entenderse como un producto, una mera creación del nacionalismo. Las naciones no existen per se: se construyen, se imaginan o, simplemente, se inventan.