Tres tristres ministros
Jordi Sevilla, César Antonio Molina, Pedro Solbes. En apenas dos semanas, tres de los ministros de Zapatero han dejado el Congreso para dedicarse a sus labores. “Es casualidad”, me cuenta uno de ellos, que niega que tres golondrinas hagan verano: “Irse es más difícil de lo que os pensáis los periodistas”. Que se lo digan a Bernat Soria, el cuarto ex ministro que está a punto de volar, al que dicen que le ha llegado un recado desde La Moncloa para que espere a que escampe.
Cada caso es distinto, pero hay un elemento en común. Todos avisaron a Zapatero hace tiempo; ninguna de las bajas ha sido una sorpresa. César Antonio Molina se lo dijo al presidente el mismo día en que fue destituido, no se veía en el Congreso apretando un botón. En el grupo parlamentario socialista lo miraban como a un pulpo en un escaño y si se va en septiembre es porque ahora arranca el curso escolar y él ha regresado a la universidad. Dentro de un mes publicará un nuevo libro.
Jordi Sevilla también avisó, hacía meses que buscaba otra vida fuera de la política y ha sido muy discreto en su salida, a pesar de que hace años que no comulga con la teoría y práctica de la economía gubernamental. ¿Y Solbes? También dijo en su momento que se iría, aunque con otros matices. “Está molesto y no quería seguir ni un minuto más, tuvo más autonomía con Felipe como ministro que con Zapatero como vicepresidente”, dice uno de sus ex colaboradores. Pese a todo, ni Solbes ni Sevilla ni Molina han querido dar un portazo. Nos habríamos enterado. “Si quisiésemos, nos podríamos pasar semanas dando entrevistas críticas y no va a ser así”, dice uno de los tres tristes ministros. No le falta razón.