Una extensa red de opacos contactos y el control del estrecho de Ormuz alimentan la economía de guerra de Irán
Irán ha convertido la guerra en un pingüe beneficio. En las mismas narices de sus dos agresores: Estados Unidos e Israel. Una tupida y eficiente red de negocios opacos vinculados al tránsito petrolífero y gasístico con peaje por el geoestratégico estrecho de Ormuz, bajo el estricto control del régimen de los ayatolás y vigilancia aún más férrea de la Guardia Revolucionaria, ha sacado de la UVI a la maltrecha economía persa. Los ingresos caídos del cielo de un barril que se ha disparado hasta los triples dígitos y las regalías adicionales solicitadas a buques bajo bandera de países a los que la cúpula dirigente iraní otorga el plácet de amistad diplomática —como India, que inició el tráfico de petroleros por la pasarela del Golfo Pérsico—, han proporcionado los balones de oxígeno que las arcas iraníes demandaban como agua de mayo para sanear las cuentas estatales.
Teherán ha convertido la presión geopolítica global en ventaja estratégica al cumplir el mandato de Alí Jamenei de regionalizar, primero, y globalizar, después, las hostilidades armadas. El líder espiritual asesinado por los ataques aéreos de EEUU e Israel al inicio del conflicto estaba en lo cierto. Su país tenía la capacidad de protagonizar un doble efecto bumerán. Dañar, por un lado, a la economía mundial y sanear, al mismo tiempo, la suya propia en caso de guerra abierta con Washington y Tel Aviv.
El sistema productivo persa ha entrado en una fase de rápida y profunda transformación. Desde una economía sometida al yugo de las sanciones internacionales por los avances en su programa nuclear —siempre declarado de uso civil por parte del régimen— hacia un modelo en emergencia de guerra sofisticado y capaz de extraer rentas extraordinarias del encarecimiento del oro negro. Ormuz ha devuelto recursos a las desangeladas arcas iraníes mientras fragmentaba en paralelo el orden internacional. En varios frentes. Desde el temor de los principales bancos centrales a una estanflación que les obligaría a retomar la senda restrictiva de tipos de interés y a formalizar ventas masivas de bonos del Tesoro americano para apuntalar sus economías y divisas, hasta el riesgo de un colapso energético que el mercado, que viene de registrar un marzo negro, todavía no descarta.
Por el contrario, la guerra, que para no pocos analistas tendría que haber precipitado a Irán a la quiebra técnica por su fragilidad productiva, la escasez de su cesta de divisas internacionales y una galopante y persistente inflación provocada, en gran medida, por las sanciones y embargos occidentales, ha impulsado la mutación hacia una economía militarizada a marchas forzadas que ha generado una sorprendente rentabilidad. Así lo subraya The Economist en un reciente análisis en el que asegura que el régimen puede estar siendo golpeado en el campo de batalla, pero está ganando, al mismo tiempo, la contienda energética. Esencialmente, por el shock de oferta en el crudo y el gas.
El bypass de Ormuz ha mermado las ventas de combustibles fósiles de sus vecinos pérsicos —los emiratos y Arabia Saudí—, mientras Teherán hace caja con su combinación de peajes de tránsito, una sutil tolerancia del riesgo mediante permisos de tránsito a una selecta lista de petroleros y metaneros y la experiencia larvada en décadas para eludir las sanciones occidentales con cargos en alta mar que esperan contratos al mejor postor y rumbos sin definir.
El resultado es una paradoja que, a buen seguro, no estaba en los esquemas de la Administración Trump. Ni del Gobierno de Benjamín Netanyahu: cuanto más se desestabiliza el mercado, mayor es la rentabilidad potencial para que Irán siga operando con sus márgenes de beneficio.
Para más inri, esta estrategia dista mucho de ser improvisada. Durante años, Irán ha puesto en liza una estructura paralela a la que opera en los circuitos globales para comercializar su petróleo sin represalia alguna. Formalmente, su venta la gestiona la todopoderosa Guardia Republicana, que acapara cada vez más control sobre las finanzas estatales. Pero, en la práctica, el régimen de los ayatolás ha configurado una arquitectura disgregada en una multiplicidad de actores que ejercen distintos poderes e influencias. Desde líderes religiosos, hasta militares o miembros del establishment administrativo que se reparten las cuotas de crudo y las convierten en liquidez a través de redes propias de negocios.
Una tupida y efectiva red de control económico
Esta descentralización a golpe de botín energético resulta ineficiente en tiempos de estabilidad geoestratégica, pero se muestra especialmente resistente con el ruido de las armas.
Desmantelar este modus operandi requeriría para los agresores del régimen atacar de una forma simultánea a decenas de nodos de poder dispersos, algo prácticamente inviable incluso con la superioridad aérea estadounidense e israelí. Aunque sea la cúpula de la Guardia Revolucionaria la que marca el paso. Desde hace décadas este estamento militar acumula músculo económico. Hasta el punto de operar como un conglomerado empresarial dentro y fuera de las fronteras de Irán.
Es este cuerpo de asalto del régimen chií el que ejerce el dominio estricto de las rutas marítimas, el que escolta a los buques, monetiza los peajes navales, ordena los ataques a las instalaciones energéticas de sus vecinos pérsicos y maneja el caudal exportador con métodos coercitivos.
La dimensión logística de esta transformación es igualmente reveladora. Ante la vulnerabilidad de infraestructuras clave como la isla de Jarg, Teherán ha diversificado sus terminales y rutas, distribuyendo riesgos y aumentando los ingresos monetarios. Este enfoque implica más costes, pero responde a la lógica de supervivencia de todo conflicto bélico que se precie, en los que la resiliencia sustituye a la eficiencia como criterio económico. Y, en este sentido, la red de pagos a la sombra generada por la Guardia Revolucionaria y sustentada en miles de cuentas fiduciarias, empresas-pantalla y mini-bancos —sobre todo, asiáticos— es un aval de garantía demostrada.
No por casualidad, Irán emplea este mecanismo desde que soporta el régimen sancionador del exterior. Con él canaliza ingresos petroleros a través de múltiples capas de intermediación que dificultan tanto el rastreo internacional como doméstico. Con la inestimable cooperación china. Porque el gigante asiático no solo absorbe la inmensa mayoría del crudo iraní mediante su cada vez más extensa constelación de refinerías independientes, sino que también ofrece un entorno financiero lo suficientemente flexible como para sostener estas operaciones. Como detalla The Economist, este artificio contable ha alcanzado tal densidad que incluso las autoridades iraníes tienen dificultades para rastrear completamente los flujos.
La relación con China deja traslucir varias sinergias. Todas de calado. A Pekín, el petróleo iraní le resulta indispensable para abastecer su tejido productivo en tiempos disruptivos, mientras que, a Teherán, el gigante asiático le aporta un comprador fiel y dispuesto a actuar fuera del sistema mundial. Así lo explica Ahmed Aboudouh, investigador de Chatham House: la aparente pasividad de China respecto a la guerra “no debe confundirse como debilidad o abandono, sino que responde a una lógica estratégica deliberada”. Xi Jinping ha evitado implicarse en el plano militar y económico porque prioriza mantener la estabilidad regional y preservar así sus relaciones con múltiples actores, incluidos rivales de Irán.
Este enfoque —dice Aboudouh— deja un rasgo diferencial con la política exterior estadounidense. “Mientras Washington tiende a actuar de una manera reactiva y coercitiva, la diplomacia china apuesta por una acumulación gradual de influencia desde la prudencia”. A corto plazo, puede parecer inacción, pero, a la larga, va a permitir a Pekín “posicionarse como actor imprescindible en cualquier escenario postconflicto y ganar competitividad global”.
Ormuz actúa de marcapasos recaudatorio
A ello se suma que la demostrada capacidad iraní para sellar o restringir el tránsito de Ormuz le otorga una herramienta de presión directa sobre la economía global. Más allá del crudo y el gas le concede la posibilidad de institucionalizar el cobro de peajes y, con ello, pasar de ser un mero exportador de energía a convertirse en un recaudador de rentas geopolíticas derivadas del flujo energético mundial. Las dobles primas de riesgo —sobre el barril y los seguros mercantes— ayudan a elevar la factura petrolífera iraní. Pero, por encima de todo, la mayor contribución a las arcas la aporta la veintena de barcos que han empezado a pasar a diario por el estrecho. Con pasajes y vetos discriminatorios de por medio.
El cambio de relato de Donald Trump —del ultimátum para destruir centros energéticos y redes de distribución de agua a avanzar que la guerra terminará “en dos o tres semanas” con la reserva de retirar al Ejército estadounidenses incluso sin victoria militar— responde al incómodo dilema que le ha creado su guerra ilegal. O aceptar un nuevo equilibrio en la región con un régimen que permanece en el poder en Irán o arriesgarse a una escalada geopolítica e inflacionista de difícil resolución.
Algunos analistas ya anticipan un IPC en EEUU del 4% este año y el siguiente, lo que dejaría sin opciones a sus nuevos delfines en la Reserva Federal, con su futuro presidente, Kevin Warsh, a la cabeza, sin margen para maniobrar a la baja los tipos como desea el líder MAGA. A medio año vista de las elecciones midterm para renovar el Congreso y gobernadores de estados de la Unión. Con la intención de voto republicano a la deriva.
Aun así, en el lado iraní, la guerra, pese a consolidar una alternativa económica adaptada a unos parámetros globales más inestables, fragmentados y competitivos, también engendra un patrón menos transparente y eficiente y, por el contrario, con más capacidad coercitiva y basado en un precio del petróleo caro y en una tela de araña clientelar de puertas adentro.
Del ataque sin cuartel al alto el fuego
En las últimas horas, la balanza geoestratégica parece inclinarse del lado del alto el fuego. No es fruto de la casualidad que este clima en favor de la paz surja en las horas más bajas de Trump en las cinco semanas de conflicto. O que se haya dado relevancia en las cancillerías occidentales al plan conjunto de Pakistán, mediador desde hace una quincena entre Washington y Teherán, y China. Sin embargo, de formalizarse, el escenario en Irán tampoco invita al optimismo. Varias voces de observadores internacionales y analistas económicos alertan de un peligro de colapso postbélico, con repunte del desempleo, interrupción de negocios y retrocesos del comercio con recortes salariales. Una especie de contracción en diferido que podría traducirse en un malestar social una vez desaparezca el riguroso control militar actual por la urgencia bélica.
Ali Ansari, profesor de Historia Moderna de la universidad escocesa de Saint Andrews, de origen iraní, recuerda a Reuters que su país ya atravesaba por “profundos problemas” económicos con anterioridad al conflicto y que la guerra solo agravará una crisis política y social previa. A su juicio “reaparecerán con más fuerza y generarán inestabilidad interna” porque su coyuntura “no será capaz de absorber el shock sin consecuencias civiles e institucionales significativas”. También el director de Human Rights Watch Louis Charbonneau cree que “si el deterioro de la actividad se acompaña de una intensificación de la represión, con arrestos de disidentes y descontentos, los enfrentamientos estallarán y volverán a estar a la orden del día”.
Bajo unas condiciones económicas débiles, que acrecientan la amenaza de una recaída. El FMI preveía antes del conflicto armado que el PIB iraní creciera un 1,1% en 2026, lejos del 4% de los mercados emergentes en su conjunto, con una inflación que superó el pasado año el 40% anual, una depreciación constante del rial y unas necesidades de financiación del gasto público a través de los ingresos petrolíferos demasiado elevadas.
1