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Ese viejo ideal democrático

Hace tiempo escuché a un representante de una institución del Estado decir que “un referéndum es el fracaso de la política” porque “traslada un problema a los ciudadanos, en vez de resolverlo entre los partidos”. Es un argumento que se repite estos días en muchas de las críticas a ese referéndum griego que tan mal ha sentado a la UE y los mercados. Los griegos, al parecer, son unos niños pequeños y sin criterio que no pueden decidir por ellos mismos; unas probables víctimas de la demagogia y el populismo; unos irresponsables caprichosos, incapaces de diferenciar entre el cielo del “rescate” y el infierno de la salida del euro.

Tengo dudas sobre qué votaría si fuese griego. También soy consciente del delicado momento que vive Europa, y del riesgo de que esa votación se convierta en una enmienda a la totalidad: en un “no” cabreado contra ese encarnizamiento terapéutico que han aplicado los cirujanos de la UE y el FMI al operar a Grecia sin anestesia (y sin resultado aparente). Pero al menos el referéndum ha conseguido cambiar el foco del problema, al poner sobre la mesa cuál será el futuro de esos griegos a los que supuestamente rescatamos y que no parecen agradecer el salvavidas; será por algo.

Tal vez los griegos se equivoquen en su voto. Pero que las élites decidan solas es una idea aún peor: no suelen ser sus intereses los mismos que los de la mayoría de los ciudadanos. La prueba está en la propia ruina de Grecia: un país donde los dos grandes partidos parecen empresas familiares y la democracia es casi hereditaria.

Vivimos tiempos extraños: regresa el despotismo ilustrado y quien plantea alguna crítica se convierte en un demócrata trasnochado.