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'Amigas sin estatuas', historias de mujeres que ayudaron a Euskadi durante la Guerra Civil y que merecen no caer en el olvido

En Euskadi solo hay dos estatuas dedicadas a mujeres con nombre propio, a Casilda Iturrizar, ubicada en el parque Doña Casilda, en Bilbao y a Clara Campoamor, en la plaza que lleva su mismo nombre, en Donostia. El resto de estatuas o monumentos dedicados a mujeres son un homenaje de forma general, como las estatuas dedicadas a las sirgueras, en Bilbao, a las sardineras, en Santurtzi, las lecheras en Bermeo, las lavanderas y La Reconstrucción, en Donostia, esta última dedicada a las mujeres que levantaron la ciudad tras el incendio y asedio de 1813 o las estatuas llamadas Mariane y Goizane en Ordizia, que homenajean a las mujeres en el tradicional mercado. Sin embargo son muchas las mujeres que merecen ser homenajeadas entre otros reconocimientos, con una estatua. Con el objetivo de devolver a la memoria colectiva la labor de alguna de ellas, el que fuera diputado, senador y parlamentario del PNV, Iñaki Anasagasti (Cumaná, Venezuela, 1947), ha escrito el libro 'Amigas sin estatuas' en el que recopila historias de mujeres que apoyaron y ayudaron a la población vasca durante y después de la Guerra Civil.

Ellas son la escritora chilena y Premio Nobel, Gabriela Mistral, que destinó los beneficios de su obra 'Tala' a ayudar a los niños vascos refugiados; Leah Manning, impulsora de la evacuación de cerca de 4.500 menores vascos a Inglaterra tras el bombardeo de Gernika; o Katharine Stewart-Murray, conocida como la “Duquesa Roja”, que presidió el Basque Children Committee y trabajó activamente para asistir a la infancia vasca refugiada; Elena Ribera de la Souchère, colaboradora de Manuel de Irujo en la Francia Libre; Victoria Kent, referente republicana y defensora de los derechos humanos en el exilio o Margot Duhalde, pionera de la aviación militar con ascendencia vasca. Asimismo, el libro pone el foco en otras mujeres vinculadas a la solidaridad internacional con Euskadi y la denuncia del franquismo, como Germaine Malaterre-Sellier, Frances R. Grant o la fotógrafa australiana Scou Ross-Smith.

“Son amigas que no tienen estatuas en ninguna plaza y todas ellas lo merecen. En cualquier país lo tendrían. Quizás el motivo se deba al desconocimiento que hay sobre sus vidas y sobre su acción solidaria y humanitaria. Quizás porque la mujer ha estado inveteradamente preterida o invisibilizada. Quizás porque la historia de nuestro inmediato pasado está todavía sin contar pero el hecho que hayamos podido recopilar ocho historias, de momento, significa, que aquí queda el dato y damos cuenta de sus biografías, hechas tinta para que esta no se borre, y para que tengan el recorrido de su reconocimiento”, reconoce el autor, que ha presentado la obra esta semana en Sabin Etxea en Bilbao.

La primera de las mujeres que protagonizan el libro de Anasagasti es Gabriela Mistral (Chile, 1889 - EEUU, 1957), poeta chilena y ganadora del Premio Nobel de Literatura en el año 1945, que, conmocionada por el devenir de los niños vascos víctimas de la guerra civil española, decidió ceder íntegramente los derechos y beneficios obtenidos por su libro 'Tala', un poemario publicado por primera vez en Buenos Aires por Editorial Sur en 1938, a las instituciones catalanas que acogieron a los niños vascos desamparados durante la guerra. Además, escribió el ensayo 'Niños vascos' y diversos artículos donde criticaba la falta de acción y la “vergüenza” de América Latina al no abrir sus puertas para recibir a estos menores errantes y refugiados.

Le sigue Elena Ribera de la Souchère (Francia,1916-2010) periodista y escritora que narró la realidad de la zona republicana para periódicos franceses. Al estallar la Guerra Civil trabajaba como secretaria en la Delegación del Gobierno Autónomo Vasco presidido por el lehendakari José Antonio Aguirre en París. Al comenzar la II Guerra Mundial y tras la ocupación de Francia se refugió en Londres donde negoció, junto a Manuel de Irujo, la creación de las Brigadas Vascas, y con Charles De Gaulle la ayuda a la resistencia anti-nazi y la formación de la Brigada Vasca en territorio francés. Entre sus libros publicados se encuentran 'Explication de l'Espagne', 'Crime a Saint Domingue' (una investigación sobre la desaparición del dirigente vasco Jesús Galíndez), 'Antibes: 2500 ans d'histoire' o 'Lo que han visto mis ojos' donde recoge sus experiencias durante la Guerra Civil española. En 1989, siendo encargada de prensa en la embajada mexicana en París, recibió el Premio Sabino Arana en reconocimiento a más de 50 años de apoyo a la causa vasca. Su libro 'Crimen en Santo Domingo' denunciando el secuestro y muerte de Jesús de Galíndez fue todo un grito de angustia para que el mundo se preocupara por el primer desaparecido de aquellos años de hierro“, reconoce Anasagasti.

Leah Manning (Reino Unido, 1886-1977) es otra de las mujeres que merecen una estatua en Euskadi y que, a pesar de que en su día el propio lehendakari Aguirre le prometió una en Bilbao, según asegura Anasagasti, dicha promesa no se ha cumplido. Aunque en el barrio de Txurdinaga de Bilbao hay un jardín con su nombre. Miembro del Partido Laborista se encargó en 1936 de iniciar las gestiones con el Gobierno Británico para la evacuación de niños vascos en calidad de refugiados. Prestigiosa educadora, impulsó el National Joint Committee for Spanish Relief, un organismo de ayuda humanitaria al Gobierno de la República española. Este comité, presidido por la duquesa de Atholl, envió a Bilbao a Manning, acompañada de la también integrante del Comité Edith Pye y de un equipo médico, encargado del reconocimiento sanitario de los menores que serían evacuados. Finalmente cerca de 4.000 niños fueron evacuados. “Leah Manning visitó la Euzkadi en guerra, instó, tocó puertas, convenció a las autoridades inglesas y fue ella misma quien supervisó toda aquella hazaña que queda como uno de los hitos de las guerras mundiales”, reconoce el político.

Por su parte, la duquesa de Atholl, Katharine Stewart-Murray (Escocia, 1874-1960) apodada 'la Duquesa Roja', fue una aristócrata y política británica que lideró la ayuda humanitaria a Euskadi tras el bombardeo de Gernika. “La llamada 'Duquesa Roja', mujer conservadora de la alta clase británica, no hizo gala de su título de Duquesa de Atholl, salvo para lograr abrir puertas principales prefiriendo ser aquel año 1937 presidenta del 'Basque Children Committe' para ayudar con actos benéficos y presión política el lograr que los niños llegaran bien a su país y fueran adecuadamente atendidos. A pesar de la monarquía y de su título nobiliario, viajó al Madrid y a la Barcelona republicana en plena guerra llamando la atención sobre los excesos de la contienda y tratando de que su país no ayudara con armas y apoyo diplomático a los militares sublevados. Lamentó no haber podido viajar a Euzkadi, pero aquello no fue obstáculo para que completara la labor de Leah Manning y el desembarco de aquellos 4.500 niños”, explica Anasagasti.

Margot Duhalde (Chile, 1920-2018) es otra de las protagonistas del libro. Se trata de una aviadora chilena de origen vasco, la primera mujer piloto de guerra de su país y una de las pioneras de la aviación hispanoamericana. “He incluido la biografía de Margot Duhalde, pionera en un mundo de hombres, porque acaba de fallecer y porque en aquellos años de machismo cuartelero tuvo el coraje de enfrentarse a todo y todos y lograr ser una más de los pilotos de guerra luchando con los aliados para lograr la victoria militar contra el nazismo. Margot tenía a gala su ascendencia vasca y hemos creído que esta mujer de bandera debía tener su lugar en estas páginas”, reconoce.

Germaine Malaterre-Sellier (Francia, 1889-1967) fue una enfermera, feminista, pacifista y sufragista francesa. Desde 1920 fue vicepresidenta de la 'Union féminine pour la Société des Nations' además de la secretaria general primero y vicepresidenta después de la 'Union Française pour le Suffrage des Femmes'. En la I Guerra Mundial fue la enfermera principal de la 'Association des Dames' de France en la Cruz Roja. “Siendo nada menos que embajadora de Francia ante la Sociedad de Naciones en Ginebra, visitó Euzkadi en plena guerra y el Gobierno vasco le acompaño a visitar el frente, a conocer cómo trataba a los presos personándose en la cárcel de Larrinaga y a admirar el roble de Gernika poco antes del bombardeo de la Villa Foral. Fue miembro de la Liga Internacional de Amigos de los Vascos, organización de ayuda que promovieron en Francia Manuel Intxausti, José Antonio de Aguirre y Javier de Landaburu y se dedicó en la posguerra mundial a lograr que los vascos fueran escuchados en las cancillerías mientras luchaba para que el régimen franquista no se consolidara como Gobierno. Sus llamativos sombreros le daban a Madame Malaterre un aire de sofisticación de gran anfitriona y le hacían ser una persona muy conocida y apreciada como organizadora de plataformas, meriendas en su casa, y coloquios siempre en ayuda de los más necesitados”, explica Anasagasti.

La protagonista más reconocida de 'Amigas sin estatuas', es Victoria Kent, quien a pesar de su fama mundial no cuenta con ninguna estatua, aunque sí que tiene una placa conmemorativa instalada por el Ayuntamiento de Madrid en el edificio donde tuvo su despacho profesional hasta 1936, situada en la Calle Marqués de Riscal, 5 de la capital de España. Abogada y política republicana española fue la segunda mujer española en colegiarse para ejercer como abogada y la primera en hacerlo en el Colegio de Abogados de Madrid, en 1925, durante la dictadura de Primo de Rivera. Además, fue la primera mujer del mundo que ejerció como abogada ante un tribunal militar o consejo de guerra (1931), tras haberse negado a colaborar con el dictador Primo de Rivera, y una de las tres mujeres con escaño en el Congreso de los Diputados durante la Segunda República. “Fue Directora de Prisiones y en el exilio, con su revista Ibérica desde Nueva York fue uno de los faros encendidos en la lucha contra la dictadura y en la denuncia, tras la desaparición de Jesús de Galíndez, de aquel asesinato. Publicamos una serie de cartas cruzadas entre Aguirre, Irujo y ella que denotan el grado de colaboración existente a pesar de los chispazos que de vez en cuando se producían y que nos describen una mujer de gran carácter”, explica Anasagasti, en cuyo libro expone pasajes de esas cartas.

Las últimas dos mujeres del libro son vinculadas a Jesús de Galíndez Suárez, dirigente del PNV y espía del FBI y la CIA que desapareció hace setenta años. A pesar de haber nacido en Madrid, se crió en Amurrio. En marzo de 1956, muy cerca de Central Park, en pleno corazón de Nueva York, fue visto por última vez, cuando tenía 41 años. Era profesor en Columbia y, oficialmente, este militante del PNV desde adolescente ocupaba desde 1949 el simbólico puesto de delegado del Gobierno de Euzkadi (en el exilio por la dictadura franquista) en Estados Unidos. Extraoficialmente, además, era espía para el FBI y la CIA. Galíndez fue secuestrado, torturado y asesinado. La versión más consolidada es que fue una orden del dictador Leónidas Trujillo, de República Dominicana, donde había residido de 1939 a 1946. Sin embargo, mucha de la información del caso, que ha atraído por igual a novelistas y a historiadores, sigue en una nebulosa setenta años después.

Se trata de Scou Ross-Smith, casada con Bill Ross-Smith, quien trabajó originalmente bajo el paraguas de la OSS (la Oficina de Servicios Estratégicos de EEUU, predecesora de la CIA) y mantuvo estrechos lazos de cooperación operativa con el MI6 británico y el Servicio Vasco de Información, la red de espionaje del Gobierno de Euzkadi comandada por el lehendakari José Antonio Aguirre, y de Frances R. Grant (EEUU, 1896-1993) defensora de los derechos humanos y la democracia. “Y finalizo el libro vinculando a Scou Ross-Smith y a Frances R. Grant con aquel alavés tan especial como fue Jesús de Galíndez. Scou, australiana y fotógrafa, casada con Bill Ross-Smith, uno de los jefes de los Servicios de Inteligencia británicos, fotografió la vida vasca de aquellos años e hizo un reportaje fantástico para la revista The Geography Magazine que ha quedado como un clásico. Galíndez, cuando la gran fotógrafa falleció, escribió una de las descripciones del trabajo de la australiana más sentidas en aquellos años en los que era difícil que nadie hablara de los vascos. Asimismo, Miss Grant fue una de las activistas en la denuncia del secuestro del escritor y activista vasco, en una época en la que nada pasaba en Nueva York sin que Miss Grant no lo supiera o promoviera, pues estaba volcada en la ayuda de los exiliados de América Latina y de los republicanos y vascos que vivían en la Gran Manzana”, destaca Anasagasti.

“Son mujeres que cada una desde su situación, quisieron y pudieron ayudar a los vascos, aportaron y apostaron por nosotros. Auténticas mujeres invencibles en un mundo de hombres que actuaron como verdaderas amigas de los vascos y vascas. Don Manuel Irujo siempre me hablaba de mujeres que habían logrado grandes hazañas, aunque en fotografías históricas solo aparezcan los hombres. Tenemos una deuda con ellas, hay una cierta injusticia y una necesidad de visibilizarlas a todas. No hay duda que hay muchas más que las que aparecen en este libro, pero este apunte pretende sacarlas a la luz y que esta resplandezca en la oscuridad así como que las nuevas generaciones conozcan que, además de muchos hombres, hubo muchísimas mujeres que en aquellos años de plomo, nos ayudaron, levantaron la voz, y ejercitaron una solidaridad que nos fue vital”, concluye.