La fosa que ha llevado al alcalde de Aínsa, en Huesca, hasta Soria: la familia recupera los restos del bisabuelo, asesinado en 1936
Esta es la historia de una victoria que sigue a muchas derrotas, casualidades y sorpresas. Y es también una historia que une a Iruecha, en Soria, con Aínsa, en Huesca: el alcalde del municipio altoaragonés, Quique Pueyo, ha recuperado este sábado los restos de su bisabuelo, asesinado en octubre de 1936. Pero para conseguirlo han sido necesarios años de lucha amarga, protagonizada en especial por su madre, Felisa García: es ella la que hace este relato en primera persona.
Juan García Gutiérrez, nacido en 1887, era cuando estalló la Guerra Civil concejal en el Ayuntamiento de Iruecha. Labrador y propietario de la posada del pueblo, era una persona con poder adquisitivo alto para la época.
Asociado a la CNT, al comenzar la contienda los propios guardias civiles del pueblo, a los que conocía, le advierten de que los nacionales van a ir a por él, que huya al monte. “Él les respondió que se quedaba: no había hecho nada malo y no tenía nada que esconder”, explica Felisa García, a quien el alcalde de Aínsa ha acompañado a Soria, donde se ha reunido gran parte de la familia. Lo llevan al calabozo y al día siguiente lo trasladan a Arcos de Jalón. Y de ahí, a su final: en el camino de Alcubilla de las Peñas –término municipal de Adradas– le pegan tres tiros y le matan.
Según relata Felisa García, un chico que entonces tenía 12 años, Claudio Moreno, se escondió en una cueva y lo vio todo. En una de las casualidades del destino, se enteró al leer el libro 'La represión en Soria durante la Guerra Civil', en un pasaje en el que el privilegiado testigo cuenta a una periodista las palabras que escuchó: que metían a uno de los tiroteados con el traje, pero que el reloj lo subastarían. Ese reloj era de su abuelo.
Y aquí surge una de las sorpresas de la narración. Porque su propio hijo Juan, padre de Felisa y abuelo de Quique Pueyo, había estado investigando en secreto, en pleno franquismo, qué le había sucedido a Juan García Gutiérrez. Descubrió dónde le mataron, averiguó que habían subastado el reloj, localizó a quien se lo había quedado y le pagó por recuperarlo.
Hizo todo esto sin contárselo a su propia familia. “Mi padre nos dejaba en Monreal del Campo con unos familiares y se iba a para dar una vuelta a escondidas a Alcubilla. Intentó durante años traer a su padre al cementerio en Iruecha, pero no pudo, no hubo manera. Y ¿por qué? ”No quería que tuviéramos problemas, que pasáramos por lo mismo que él“, zanja Felisa.
Y es que Juan García Ibáñez, hijo del concejal de Iruecha asesinado, empezó en la Guerra Civil luchando con los nacionales junto a sus dos hermanos, pero cuando se enteró de que habían tiroteado a su padre tomó una decisión trascendental: se cambiaba al bando republicano. Esperó a una noche de tormentas para hacerlo; un compañero le descubrió desmontando la ametralladora, pero logró huir ileso.
La nieta toma el testigo
Al terminar la contienda, estuvo encarcelado tres años y pasó por prisiones en Burgos, Madrid o Guadalajara. Entre rejas sufrió, como tantos otros, un sinfín de penurias. Al salir, regresó a la posada de Iruecha, donde tuvo cuatro hijos, entre ellos Felisa. “Ahí viví hasta los 14 años”, recuerda ella ahora.
Sin saberlo aún, Felisa tomó hace diez años el testigo de su padre –fallecido en 1966– en la búsqueda de los restos del abuelo. Deshizo la madeja desde el hallazgo en el libro sobre la represión en Soria, aunque llegó tarde: Claudio Moreno, el testigo del tiroteo, había muerto un año antes.
Quedaba la búsqueda de la fosa, que no iba a ser fácil. “En el punto en que los mataron pusieron una cruz, pero desapareció al cabo de los años”, apunta. La familia echó manos de un actor fundamental a la hora de localizarla: la Asociación Recuerdo y Dignidad de Soria. “Sin ellos hubiera sido imposible”, valora Felisa, que también quiere mencionar entre los agradecimientos a Lourdes Herrasti, de la Sociedad Aranzadi, y que llevó a cabo la prueba de ADN –labor que, según dice, le debería haber correspondido al Juzgado, pero que no llevó a cabo–, y a Emilio Silva, quien también ha estado “muy pendiente” del proceso.
¿Cómo lo lograron? “Costó mucho”, sintetiza la nieta de Juan García Gutiérrez. “Los dos primeros días abrimos cien metros de zanja y nada. Volvimos a los dos meses y abrimos otros 200 metros: tampoco. En el insistían en que sí, que estaba en ese lado. Al final, un geólogo observó que a los 25 metros nos habíamos dejado una parte sin abrir donde había un montículo. Fue el palista y a la primera le salió: eran mi abuelo, el maestro de Aguaviva, el médico de Arcos de Jalón y el hijo del sillero de Arcos de Jalón”, relata.
No olvida la fecha: 14 de marzo de 2024. Fue, recuerda, un momento emocionante. “Muy emotivo, pero con sentimientos contrapuestos: contenta por encontrarlo, pero a la vez triste por todo lo que sufrió mi padre al no haber podido sacar los restos. Lo encontró, pero no pudo hacer nada”.
Lo peor es que ahí no acabó el calvario. Desde la exhumación, la burocracia y la desidia judicial han retrasado dos años la recuperación del cuerpo. Este sábado, por fin, Felisa, sus hermanos, sus hijos y nietos, han cerrado un capítulo con su memoria.
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