Setenta años de la oscura desaparición en pleno Manhattan de Jesús de Galíndez, dirigente del PNV y espía del FBI y la CIA
En marzo de 1956, muy cerca de Central Park, en pleno corazón de Nueva York, fue visto por última vez el alavés Jesús de Galíndez, de 41 años. Era profesor en Columbia y, oficialmente, este militante del PNV desde adolescente ocupaba desde 1949 el simbólico puesto de delegado del Gobierno de Euzkadi (en el exilio por la dictadura franquista) en Estados Unidos. Extraoficialmente, además, era espía para el FBI y la CIA. Galíndez fue secuestrado, torturado y asesinado. La versión más consolidada es que fue una orden del dictador Leónidas Trujillo, de República Dominicana, donde había residido de 1939 a 1946. Sin embargo, mucha de la información del caso, que ha atraído por igual a novelistas y a historiadores, sigue en una nebulosa setenta años después.
Galíndez nació en Madrid, pero se crió en la localidad alavesa de Amurrio. En la Guerra Civil, el PNV accedió por vez primera al Gobierno de España. El navarro Manuel de Irujo fue ministro de Justicia de la república y un veinteañero licenciado en Derecho ejerció letrado en la Dirección General de Prisiones. Con la derrota de la legalidad, como buena parte de la dirigencia del PNV, pasó al exilio. Su destino fue República Dominicana. Entre otras actividades, fue profesor del hijo del tirano, Ramfis. En 1946, pasó a Estados Unidos, donde lideró la delegación vasca.
En la Guerra Civil, el Gobierno autonómico que tuvo al frente a José Antonio de Aguirre creó el Servicio Vasco de Información, una agencia de espionaje. En el caso de Estados Unidos, el propio lehendakari se puso al frente del acercamiento a la CIA (nacida en esos años como OSS) y al FBI. Esto está perfectamente documentado en los archivos desclasificados por ambos organismos. En el caso del Reino Unido, la relación con la agencia conocida como SOE la capitaneó el que luego sería lehendakari en el exilio a la muerte de Aguirre, Jesús María de Leizaola.
El SVI, que buscaba ganarse la confianza de Estados Unidos para intentar un derrocamiento del franquismo en España que nunca llegó, colaboró con CIA y FBI en casi todos los países de habla hispana de América, incluida República Dominicana. Y también realizó operaciones internas en Estados Unidos desde su base era el 30 de la Quinta Avenida, la oficina de la Delegación. Galíndez era primero el agente DR-10 estando en Santo Domingo, donde aparentemente inició sus actividades en 1944, cuando la ciudad se llamaba Ciudad Trujillo. Y luego, ya en Nueva York, era el NY-507-s.
En Columbia, a finales de febrero de 1956, el Galíndez profesor había presentado una tesis crítica con el régimen dominicano. El Gobierno de España tiene publicado que “testimonios confidenciales recogidos posteriormente permiten establecer que fue sacado de su apartamento por personas de su confianza, drogado y trasladado en avioneta a la República Dominicana, donde se habría encontrado con el dictador antes de pasar a manos de sus torturadores”. Añade esta misma publicación que “los sicarios de Trujillo le sacaron, presuntamente, los ojos, le cortaron la lengua, le arrancaron las uñas y le machacaron los huesos lentamente con un mazo”. “Luego quemaron el cadáver y lo echaron a los tiburones”, se apunta. La historia completa se puede consultar aquí.
El asunto no es un detalle más en la historia del exilio vasco. Acaparó portadas y titulares en la prensa estadounidense. Manuel Vázquez Montalbán lo convirtió en novela en 1990. Recibió el premio nacional de narrativa y el premio europeo de literatura. En 2003, se convirtió en película con Eduard Fernández en la piel de Galíndez y Harvey Keitel como agente de la CIA.
En la historia del SVI emerge otra figura muy relevante, la de Antón de Irala, secretario del PNV y del lehendakari Aguirre. Él también estuvo en nómina de la OSS. Fue el predecesor de Galíndez al frente de la Delegación estadounidense. El archivo de la Universidad de Navarra, donde la familia Irala depositó el legado del exdiplomático vasco y que ha sido consultado por este periódico, conserva cartas entre Irala y Galíndez e incluso una reprimenda del lehendakari Aguirre porque operaban al margen de sus directrices. “Estás recibiendo copias cartas que me escribe Galíndez. Y eso no me parece bien. Es una cuestión de orden y más necesario de evitar en estos momentos en los que no veo con claridad vuestra actuación”, le afeó el lehendakari a Irala en 1950 estando ya en París.
Con la desaparición de Galíndez se esfumaron muchos archivos del SVI, la agencia de espionaje vasca creada en la Guerra Civil y que, en la II Guerra Mundial, se puso al servicio de las agencias estadounidenses. En 1962, 'The Washington Post' contaba bajo el título 'Operations in Spain' que después del secuestro de “Prof. Jesus de Galindez” la CIA había empezado a revisar sus “papeles”. “La CIA había entregado 1.016.000 dólares a Galíndez para operar una red vasca en España. Los vascos odian a Franco, por lo que esta red solamente podía estar operando contra Franco, quien ha cedido bases militares a Estados Unidos. El Departamento de Estado no sabía nada de esto”, contaba la crónica del rotativo de la capital.
Constan movimientos posteriores a la desaparición de Galíndez en los que Irala regresó a Nueva York a intentar recuperar esos archivos. Y tuvo un encontronazo con las autoridades. Les explicó que los papeles no eran del delegado, sino de la institución, y que entregárselos al viejo padre del desaparecido sería un error mayúsculo, porque acabarían en poder de las autoridades españolas. Para entonces, Estados Unidos había normalizado ya sus relaciones con la España franquista y no mantenía relación alguna con el espionaje vasco.
El veterano del PNV Iñaki Anasagasti cuenta que, durante la presidencia de Bill Clinton, Xabier Arzalluz recibió una invitación del entonces embajador en España, Richard Gardner. En una cena en Bilbao, les expuso que en 1956, siendo un joven abogado, fue comisionado para encontrar la documentación perdida de Galíndez, sin que la labor diera sus frutos.
Anasagasti promovió también en 1986, hace ahora cuarenta años, un homenaje a Galíndez en su Amurrio natal. Y es que, en su testamento, había dejado la siguiente petición: “Me declaro cristiano y vasco. Como tal quiero ser enterrado en la fe y en la tierra de mis antepasados cuando esto sea posible. Y ruego a quien se haga cargo de mi cuerpo y bienes que mis restos sean llevados un día a Amurrio, en la provincia de Álava, Euzkadi, para ser enterrados allí. Quisiera que fuese en la finca que mi padre tiene cerca de Zaraobe, en la parte alta donde se divisan las montañas de mi Patria”. El Archivo de Álava conserva una colección de 22 fotografías de ese momento.
En Vitoria, la capital de Álava, pasa completamente inadvertida una gran escultura de “Homenaje a Galíndez” en una rotonda entre Telefónica y el hospital de Txagorritxu. Fue instalada en 1999 con una gran grúa y es de Jorge Oteiza. En 2025 se encargó su restauración. En Bilbao, tiene también una avenida con su nombre. También tiene una calle en Santo Domingo, en la República Dominicana. Y en Bahía Blanca, en Argentina, hay un paseo marítimo en su memoria.
“Salvó a personas de las 'checas' madrileñas. Luchó con las milicias vascas en la defensa de Madrid. Escribió obras de referencia sobre el derecho público vasco y contra la dictadura de Trujillo. Delegado del Gobierno Vasco en Nueva York, estaba preparando la lucha legal para impedir el reconocimiento del régimen franquista en Naciones Unidas cuando fue secuestrado. Jelkide eredugarria, harro egoteko modukoa”, escribió en X, el 12 de marzo, el presidente del PNV, Aitor Esteban.
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