Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
La era de los ‘superincendios’ desata la emergencia en España
Así es el nuevo decreto de vivienda que pretende aprobar el Gobierno
OPINIÓN | "Isabel 'Nerón' Ayuso", por Antonio Maestre
Nota al pie

Un tesoro de conciencia

Cartel de la Olimpiada Popular de 1936.
25 de julio de 2026 22:47 h

0

No todas las olimpiadas son deportivas. También las hay culturales y, dentro de esa categoría, aunque lejos de las típicas muestras que se organizan desde mediados del siglo XX alrededor de los JJOO, hasta llegó a haber olimpiadas culturales de intención antisistémica: por ejemplo, la Olimpiada Internacional de Teatro Proletario de 1933, celebrada en Moscú, que tuvo bastante influencia en nuestro país a través del grupo Nosotros, fundado por César Falcón (véase ‘La escena madrileña durante la Segunda República’, de Manuel Aznar Soler). El simple hecho de que sus representantes, entre los que estaban autores como Ramón J. Sender, María Teresa León y Ramón Puyol, entraran en contacto con Piscator –y según parece, Meyerhold–, bastó para introducir elementos de vanguardia en nuestro país que luego aparecerían en las Guerrillas del Teatro, Altavoz del Frente, etcétera. Toda una línea de expresión e investigación que, por motivos obvios, saltó por los aires con la entrada de las tropas franquistas en Madrid.

Esta semana se ha estado celebrando el 90 aniversario de otro tipo de olimpiada, igualmente excepcional: la que debía empezar en Barcelona el 19 de julio de 1936, en respuesta a la exaltación nazi de las Olimpiadas de Berlín, apoyadas por el COI. Más de cinco mil de atletas de 22 países y alrededor de tres mil miembros de ateneos y asociaciones culturales (su nombre oficial era Semana Popular del Deporte y el Folclore) a los que se rinde homenaje ahora con una serie de actos, incluida una exposición que seguirá abierta hasta septiembre: Barcelona 1936. La Olimpiada que no fue. Deportistas contrarios a Hitler y Mussolini, delegaciones de naciones sin estado (Argelia, el Rif) y exiliados italianos y alemanes que, en bastantes casos, por cierto, decidieron quedarse a luchar en España y formaron el germen de las Brigadas Internacionales, como recordaba estos días Domènec Martínez, coordinador de la Comissió 90 Aniversari. Y todo ello, bajo obras de valor tan innegable como su himno, El canto olímpico, de Hans Eisler, colaborador habitual de Bertolt Brecht.

Aquella olimpiada, que se iba a clausurar el 26 de julio, murió sin haber empezado. Pau Casals, que estaba ensayando la IX Sinfonía de Beethoven el día 18, cuenta que, “justo cuando el coro iba a cantar”, apareció un emisario del Gobierno catalán y les informó de que el concierto se tenía que suspender porque “las tropas amotinadas” se disponían a “atacar la ciudad” (Conversations avec Pablo Casals, de José María Corredor). Su reacción es de sobra conocida: en lugar de desalojar el lugar inmediatamente, propuso a los músicos y cantantes que siguieran tocando “hasta el final de la sinfonía” y, tras obtener su entusiasta visto bueno, “cantamos el himno inmortal a la fraternidad”. No sabían cuándo se volverían a ver –si es que se volvían a ver– y, aquella misma noche, Casals se juró que dirigiría la IX en Barcelona y Madrid cuando “la situación del país volviera a la normalidad”; pero no volvió, y acabó muriendo en el exilio con la pena de “no haber tenido ocasión de ver cumplido ese deseo”.

En el manifiesto de la Olimpiada Popular hay unas cuantas cosas que, desde mi punto de vista, se deberían tener en cuenta en la actualidad. Quizá no tengamos una Italia o una Alemania –al menos, todavía– que “abusen del deporte, explotándolo para sus fines militaristas” y redirigiendo “el afán y el entusiasmo” de la juventud hacia el “camino de la guerra”. Sin embargo, tenemos la misma base “chovinista y mercantilizada” que se denunciaba entonces, y sus intenciones no pasan precisamente por impulsar el “progreso y el fomento de la Cultura”. Se nota hasta en los aspectos simbólicos, en detalles de apariencia irrelevante como el de una selección que sólo desfila por zonas adineradas, tras ponerse en marcha a la sombra de un Arco del Triunfo muy particular: el único del mundo que honra a los asesinos de su propio pueblo. Se nota en la descarada manipulación política de los éxitos deportivos, en los discursos reduccionistas asociados a la nación que toque –con su inevitable invención de traidores y apátridas–, en el empeño de enterrar los problemas reales bajo toneladas de banderas.

Las olimpiadas a las que me he referido hoy pretendían exactamente lo contrario. Querían liberar, no esclavizar; abrir mentes, no cerrarlas. En el primer caso, huelga decir que esa pretensión se estrelló contra el estalinismo, como bien supo Meyerhold, fusilado en 1940 y rehabilitado tras el fallecimiento de Stalin; en el segundo, no tenemos que dar ni un paso para saber por qué se destrozó en su día y se ha acallado durante décadas. Todo ha estado siempre a la vista, delante de nuestros ojos. Y como bien dijo Antonio Machado en el Congreso Internacional de Escritores de 1937, sólo falta una cosa: despertar “al dormido”. Porque, “para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante”.

Etiquetas
stats