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Ni cerramos las piernas ni la boca

Blanca Estrella Ruiz Ungo

Presidenta Asociación Clara Campoamor —

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A la justicia se la representa con los ojos vendados para denotar imparcialidad, pero quizás es hora de que abra los ojos y vea el panorama desolador ante el que nos encontramos, con más de una mujer a la semana muerta a manos de su pareja en el año 2015. Con los ojos abiertos, las profesionales de la justicia deben obtener la formación específica necesaria para poder tratar estos casos con la debida sensibilidad, empatía y criterio jurídico. No es de recibo que en pleno siglo XXI se pregunte insistentemente a una víctima de violencia de género por qué no denunció antes los hechos, o cómo aguantó los malos tratos recibidos durante tanto tiempo; y mucho menos que se le pregunte si cerró bien las piernas cuando la violaron. Está al nivel de quien culpa a la mujer de la agresión por llevar minifalda, o quien afirma que no hay violación por llevar vaqueros, porque son difíciles de quitar sin ayuda.

La presunción de que ante una agresión la víctima debe hacer lo posible para defenderse o para alertar a otros, y por tanto que quien no lo hace es en cierto modo responsable de lo que le sucede, o incluso sospechosa de mentir, da al traste con todo lo que venimos diciendo desde los inicios de la Democracia hasta el día de hoy. Desde la Asociación, desde las instituciones y en todos los cursos de autodefensa venimos advirtiendo a las mujeres de que ante la posibilidad de sufrir una violación lo primero es la vida; porque todas sabemos que durante una violación la víctima corre el riesgo también de perder la vida, y es en eso, por tanto, en lo que la víctima tiene que centrarse, en evitar que la maten; y no en cruzar las piernas o sus partes femeninas.

Para poner un ejemplo: el violador conocido como “el del ascensor” les decía a sus víctimas: “si quieres te mato”, “si te resistes te mato”; y mató a Leticia Lebrato y Marta Obregón. Pero dejó vivas a 54 mujeres jóvenes en Valladolid y a 11 en Salamanca; todas ellas escucharon las dos frases, seguidas la una de la otra, y todas ellas fueron violadas, pero estaban vivas, insisto. Seguramente ninguna de ellas chilló ni gritó ni forcejeó, pero todas ellas salvaron la vida. Quizás esta Jueza no habría condenado al “violador del ascensor” porque estas víctimas no cruzaron las piernas ni cerraron sus “órganos femeninos” y ni siquiera gritaron.

No es NO, y basta con decirlo una sola vez. Quien sufre una agresión debe ante todo proteger su vida, no pensar en montar una defensa impenetrable que puede acabar con ella lesionada o muerta. El Código Penal no establece como excusa para el violador que la víctima no cerrara adecuadamente las piernas, como no establece como excusa para el ladrón que la víctima no agarrara suficientemente fuerte el bolso. Cuando una víctima afirma que el agresor se le echó encima y la forzó no hace falta preguntar si cerró bien las piernas, o si gritó para alertar a los vecinos. No aporta nada a la investigación de la causa y solo humilla innecesariamente a la mujer, y lo que es peor, la responsabiliza de la agresión sufrida.

Un Juzgado puede dudar de la veracidad de la declaración de una mujer que denuncia una violación, pero la averiguación de la verdad nunca puede traspasar la barrera de la dignidad y el respeto a esa mujer. Preguntas y actitudes como esta demuestran que estamos muy lejos de esta consideración.

Un Juzgado que humilla a las víctimas está fallando estrepitosamente en su función.

Las juezas y jueces deben estar al servicio de la ciudadanía, y para las mujeres víctimas de violencia la administración de justicia es quien tiene la responsabilidad de protegerlas y de garantizar que el agresor reciba la respuesta penal adecuada. Cuando otros profesionales no cumplen con su función no dudamos en quejarnos, pedir el libro de reclamaciones, etc.; no debemos tener miedo de hacer lo mismo ante la administración de justicia.

La mujer que sufrió este trato humillante acudió a nosotras porque deseaba evitar que otras sufrieran el mismo trato. Por eso lo hemos denunciado, alto y claro, y seguiremos haciéndolo cada vez que se vulneren los derechos de las mujeres, niñas y niños; cada vez que alguien ponga en entredicho que no es no; cada vez que alguien olvide que la violencia de género continuada es una forma de tortura insidiosa que priva a la víctima de la voluntad, la fuerza, la autoestima y la capacidad de defenderse, pedir ayuda o denunciar lo que le pasa; cada vez que las instituciones no cumplan con su función. Ojalá algún día podamos dejar de hacer este trabajo porque no seamos ya necesarias, pero desgraciadamente ese día hoy nos parece muy lejano. Mientras tanto, no cerraremos la boca.

A la justicia se la representa con los ojos vendados para denotar imparcialidad, pero quizás es hora de que abra los ojos y vea el panorama desolador ante el que nos encontramos, con más de una mujer a la semana muerta a manos de su pareja en el año 2015. Con los ojos abiertos, las profesionales de la justicia deben obtener la formación específica necesaria para poder tratar estos casos con la debida sensibilidad, empatía y criterio jurídico. No es de recibo que en pleno siglo XXI se pregunte insistentemente a una víctima de violencia de género por qué no denunció antes los hechos, o cómo aguantó los malos tratos recibidos durante tanto tiempo; y mucho menos que se le pregunte si cerró bien las piernas cuando la violaron. Está al nivel de quien culpa a la mujer de la agresión por llevar minifalda, o quien afirma que no hay violación por llevar vaqueros, porque son difíciles de quitar sin ayuda.

La presunción de que ante una agresión la víctima debe hacer lo posible para defenderse o para alertar a otros, y por tanto que quien no lo hace es en cierto modo responsable de lo que le sucede, o incluso sospechosa de mentir, da al traste con todo lo que venimos diciendo desde los inicios de la Democracia hasta el día de hoy. Desde la Asociación, desde las instituciones y en todos los cursos de autodefensa venimos advirtiendo a las mujeres de que ante la posibilidad de sufrir una violación lo primero es la vida; porque todas sabemos que durante una violación la víctima corre el riesgo también de perder la vida, y es en eso, por tanto, en lo que la víctima tiene que centrarse, en evitar que la maten; y no en cruzar las piernas o sus partes femeninas.