La memoria franquista que sigue incrustada en Cáceres
Cáceres discute estos meses qué hacer con la Cruz de los Caídos, si debe considerarse patrimonio cultural o si es, como fue desde su origen, un símbolo de exaltación franquista. Pero mientras la Junta intenta revestirla de una nueva significación, la ciudad mantiene otros vestigios que no son restos arqueológicos ni piezas neutras de la historia: son huellas políticas que sobrevivieron a la dictadura y se integraron en el paisaje urbano como si fueran parte natural de la ciudad. Lo explico en mi blog.
Uno de ellos está en las inmediaciones de la Plaza de Toros: el monumento al Regimiento Argel 27. No es un detalle menor que su autor fuera Ángel Pérez, arquitecto municipal y responsable también del proyecto de la Cruz de los Caídos, tal como recoge el expediente elaborado en 2026 para la declaración de la cruz como Bien de Interés Cultural. Ese documento menciona expresamente el monumento al Argel entre sus obras. La relación entre ambos símbolos no es casual: nacieron en la misma cultura política, la que convirtió la victoria de los sublevados en motivo de celebración pública.
El Argel 27 tampoco fue una unidad ajena al golpe. El Ejército de Tierra sitúa su origen en el Regimiento de Segovia y confirma que en 1935 pasó a denominarse Regimiento de Infantería Argel número 27. Durante la Guerra Civil, sus miembros instruyeron a soldados del bando sublevado en las nuevas unidades de carros de combate. En Cáceres, además, fueron militares del Argel quienes proclamaron el estado de guerra el 19 de julio de 1936. Las tropas sublevadas tomaron el control de las instituciones y el alcalde republicano Antonio Canales fue apartado de su cargo. La historia del regimiento está entrelazada con la del golpe en la ciudad.
Por eso el monumento no nació para recordar una trayectoria militar compleja, sino para celebrar una victoria política. En 1940, apenas un año después del final de la guerra, autoridades políticas, militares, religiosas y falangistas se reunieron en el Ayuntamiento para acudir a rendir homenaje al regimiento. Antes pasaron por Aguas Vivas, donde se inauguraron nuevas calles con nombres de batallas del bando sublevado: Escamplero, Belchite, Brunete, Alfambra. La documentación sobre el callejero franquista sitúa en 1939 la denominación de la plaza del Perejil como Plaza del Regimiento Argel. Las calles se engalanaron con banderas, guirnaldas y mantones. Hubo aplausos, vítores, discursos e himnos. Y mientras se celebraba la victoria, en la cercana Plaza de Toros seguían encerrados presos bajo el control del Campo de Prisioneros de Los Arenales, cuya existencia aparece incluso en el Boletín Oficial del Estado de 1940.
Nobleza obliga
Hay palabras que, vistas desde hoy, resultan inquietantes. 'Nobleza obliga' fue el lema de una suscripción abierta en 1937 para premiar a quienes proporcionaban información a las autoridades militares durante la oleada represiva que desembocó en las ejecuciones de las Navidades de aquel año. La documentación publicada sobre esos hechos recoge las cantidades entregadas y el destino de las aportaciones. En aquella Cáceres concreta, la delación era una actividad recompensada. Las palabras también formaban parte de la maquinaria política.
El monumento permaneció en el Paseo del Perejil hasta 1965. No desapareció por decisión democrática: se trasladó por las necesidades de la transformación urbana. Ese año se acometió una nueva ordenación del tráfico que supuso también la desaparición del Parque del Perejil. Pero el monumento no se retiró. Volvió a ser protagonista de los actos de conmemoración del aniversario del golpe. El alcalde era Alfonso Díaz de Bustamante y Quijano, según recoge el Ayuntamiento de Cáceres. La celebración fue todavía más fastuosa. El diario católico Extremadura dedicó una página entera a glosar los méritos del regimiento.
La historia militar admite reorganizaciones, cambios de nombre y nuevas misiones. Pero no todas las etapas tienen el mismo significado político. La dictadura quiso atribuir al Argel 27 una gloria vinculada a su participación en el golpe y en la guerra del lado sublevado. Eso se celebraba en 1940. Eso se conmemoraba en 1965.
Hoy el monumento conserva dos leyendas: una sobre su reinauguración en 1965 y otra sobre su restauración en 2007. Ese año se aprobó la Ley de Memoria Histórica, que establecía medidas para retirar símbolos de exaltación de la sublevación militar, la Guerra Civil y la dictadura. La coincidencia temporal no permite afirmar por sí sola por qué se restauró el monumento ni quién decidió hacerlo, pero sí invita a formular una pregunta: ¿qué significa que un monumento nacido para homenajear al bando vencedor siga formando parte del paisaje urbano y haya sido restaurado en democracia?
No se trata de borrar la historia. Es exactamente lo contrario: contarla. Retirar un símbolo franquista no destruye memoria. Mantenerlo tampoco la garantiza. La memoria necesita contexto, explicación y honestidad. El problema de estos monumentos no es la piedra. Es aquello que la piedra recuerda.
Cáceres discute ahora si la Cruz de los Caídos debe ser considerada patrimonio cultural. El expediente reconoce que nació en 1937 como homenaje a los caídos del bando sublevado y que originalmente incorporaba referencias explícitas a la sublevación y a Franco, aunque fueron eliminadas en 1984. Ese debate debería servir para mirar alrededor. Porque la cruz no es el único vestigio. Está la fachada de Santa María, donde permanecen elementos de exaltación. Está el monumento al Argel. Está un callejero que durante años convirtió batallas de la guerra en parte del paisaje cotidiano.
Y está, sobre todo, una historia que durante demasiado tiempo se ha contado desde la perspectiva de quienes ganaron.