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Quién compra los calcetines: cuando el cambio de armario se convierte en una trampa (también sentimental) para las madres

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10 de octubre de 2026 22:10 h

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Cada vez que mis criaturas han necesitado ropa interior o calcetines, he sabido que me esperaba una pequeña y muy poco apetecible expedición por una de esas tiendas de moda pantagruélicas, de varias plantas, en las que una puede recorrer varios kilómetros sin abandonar el edificio y donde todo cuesta tan poco que resulta inevitable preguntarse, en algún momento del trayecto entre la sección de pijamas y las cajas, quién está pagando realmente el precio de esa fiesta.

He tenido que prepararme física y anímicamente para entrar en ellas y he salido, finalizada la misión, sintiéndome una heroína que ha concluido con éxito una labor titánica, una cazadora que regresa con las presas que alimentarán a su familia, una diosa sin altar capaz de encontrar, entre cinco plantas, cuarenta percheros y una multitud de andar errático, seis pares de calcetines de la talla correcta, un pack de cinco calzoncillos con elásticos que no aprieten y los pantalones de chándal con los colores y superhéroes que el niño está dispuesto a lucir.

Parece una lista sencilla hasta que estás allí y descubres que hay cola para subir en el ascensor, turistas que compran maletas en las que meter toda la ropa que acaban de comprar tirada de precio —porque sí: es obscenamente barato— y personas que avanzan por los pasillos con una docena de perchas colgadas de un brazo. La sección de ropa infantil parece estar siempre en el lugar contrario a aquel por el que has entrado, así que caminas por una planta circular y das varias vueltas hasta encontrar los pantalones; compruebas que quede talla. Ya que estás, te haces con un par de sudaderas y, cuando por fin tienes todo, vuelves a hacer cola para pagar y también para volver a pisar la calle. Sales, entonces, cargada de ropa —compras más de la que necesitas para evitar repetir el mismo plan durante al menos cuatro meses— y con la sensación —triste y desproporcionada— de haber vencido al sistema. Ja.

El cambio de armario tiene, además, una trampa sentimental. No toda la ropa que se queda pequeña puede meterse sin más en una bolsa. Hay prendas que han perdido cualquier utilidad y que, sin embargo, una se queda mirando unos segundos de más

Comprar ropa para las criaturas no parece una gran tarea doméstica. Nadie llega a la cena anunciando que ha dedicado dos horas y media a asegurarse de que tienen ropa de su talla: sencillamente, una mañana abren un cajón y allí están los calcetines, los calzoncillos, las camisetas y los pantalones de deporte. 

Dos veces al año llega, además, el cambio de armario, una operación que consiste en revisar la ropa, comprobar qué sigue sirviendo, separar lo que se ha quedado pequeño, decidir qué se guarda para un hermano, primo o amigo más pequeño, qué se tira y qué habrá que volver a comprar. Es el momento en el que empiezan a circular las bolsas de rafia de supermercado entre amigas y familiares.

El cambio de armario tiene, además, una trampa sentimental. No toda la ropa que se queda pequeña puede meterse sin más en una bolsa. Hay prendas que han perdido cualquier utilidad y que, sin embargo, una se queda mirando unos segundos de más: varios pares de patucos de ganchillo, el primer body con el osito bordado, la funda con forma de pez para la sillita de paseo, la camiseta de los Rolling Stones talla seis meses, la camiseta del Yellow Submarine de los Beatles en talla nueve, el jerseicito azul que guardaste para el futuro hijo de una amiga que nunca fue madre.

Utilicé las primeras Converse de mi hija como llavero hasta que se descosió la lengüeta. Sabes que no puedes conservarlo todo —a menos que quieras legar a tus hijos veinte cajas de ropa que ellos tirarán sin contemplaciones dentro de treinta años—, pero tampoco resulta tan sencillo decidir qué parte de su infancia cabe en una bolsa para donar. Así que algunas cosas vuelven al armario, no porque vayan a servirle a nadie, sino porque todavía no estás preparada para que se vayan.

Por fortuna, la ropa infantil tiene una segunda vida sorprendentemente bien organizada. Pasa de una prima a otra, de los hijos mayores de unas amigas a los pequeños de otras, de una casa a la siguiente, en una red informal que atraviesa ciudades, grupos de WhatsApp y generaciones

Por fortuna, la ropa infantil tiene una segunda vida sorprendentemente bien organizada. Pasa de una prima a otra, de los hijos mayores de unas amigas a los pequeños de otras, de una casa a la siguiente, en una red informal que atraviesa ciudades, grupos de WhatsApp y generaciones. Las bolsas, al menos en mi entorno, parecen saber perfectamente a qué manos deben llegar. En casa ocurría así: el mejor amigo de mi entonces pareja estaba separado. Se conocían desde los doce años: habían viajado juntos, se habían emborrachado juntos, iban al cine juntos, tomaban juntos las cañas de los domingos mientras comentaban la actualidad política con la convicción de dos tertulianos de La Sexta a los que únicamente les faltaba que alguien les pusiera un micrófono delante. Este amigo tiene dos hijos mayores que los nuestros y, cuando llegaba el momento de su cambio de armario, aparecía en nuestra casa cargado con enormes bolsas de ropa en muy buen estado que mi hijo podría aprovechar. 

Aquellos dos hombres habían compartido colegio, adolescencia, vacaciones, novias, resacas, películas, entierros, media vida. Pero cuando llegaba con los bolsones de pantalones y cazadoras de invierno, abrazaba a su amigo con sonoras palmadas en la espalda y a mí me daba dos besos y las consabidas bolsas. Era yo, pues, quien sacaba las prendas de las bolsas, comprobaba las tallas, separaba lo que podía servir, lavaba lo necesario o guardaba lo que todavía era demasiado grande al fondo del armario para la siguiente temporada.

No creo que ninguno de ellos se hubiera sentado jamás a decidir que aquello era responsabilidad mía; probablemente, ni siquiera se les había ocurrido que hubiese una responsabilidad que asignar. La bolsa, simplemente, encontraba su destino, como otras tantas cosas, porque algunas tareas se repiten tantas veces en las mismas manos que dejan de parecer tareas y empiezan a confundirse con virtudes de la persona que las ejerce: ella sabe mejor qué talla usan. Ella sabe dónde comprar lo necesario. Ella se fija más en esas cosas… o lleva diez años haciéndolo casi en exclusiva.

Aquí conviene añadir una de esas advertencias que aparecen al pie de algunos correos electrónicos que recibo, sobre todo por parte de personas autónomas: “Mis horas de trabajo pueden no ser las tuyas. Por favor, no sientas la obligación de responder a este email fuera de tu horario laboral”. Que nadie sienta que lo que cuento aquí es extrapolable a todas las familias. Esta es mi burbuja y mi intuición dice que también la de muchas de las personas que me rodean, pero no quiero generalizar y, sobre todo, no quiero desmerecer el trabajo de quienes ejercen una crianza corresponsable.

La bolsa, simplemente, encontraba su destino, como otras tantas cosas, porque algunas tareas se repiten tantas veces en las mismas manos que dejan de parecer tareas y empiezan a confundirse con virtudes de la persona que las ejerce: ella sabe mejor qué talla usan

Los datos, con todas las cautelas que exige cualquier encuesta, indican, sin embargo, que mi colección de bolsas, cambios de armario y calcetines tampoco ocurre en un completo vacío estadístico. El peso invisible de la maternidad, publicado en 2025 por la Asociación Yo No Renuncio a partir de más de 20.000 respuestas de mujeres de toda España, recoge que el 86% de las que conviven en pareja asume la responsabilidad principal de la organización familiar y la carga mental: pensar, anticipar, coordinar. No preguntaron quién compra los calcetines, pero cuesta encontrar una definición más exacta de todo lo que sucede antes de llegar a la tienda.

El informe Estado de las Paternidades en España 2026 de CONVIVE Fundación Cepaim aporta un matiz necesario: las paternidades avanzan hacia modelos más implicados, afectivos y presentes, y más del 70% de las parejas considera que las tareas están justamente repartidas. La percepción, sin embargo, es más frecuente entre los padres que entre las madres y la brecha persiste especialmente en la carga mental. Ahí cabe perfectamente una pareja convencida de que cría al cincuenta por ciento en la que solo una de las dos personas sabe que quedan calcetines suficientes en el cajón. 

La convivencia permite mantener esas especializaciones sin prestarles demasiada atención. Una separación, en cambio, convierte una casa en dos y obliga a aprender cosas que hasta entonces sabía el otro. Para algunos padres, la primera vez que tienen que renovar por su cuenta deportivas o pijamas llega entonces, no porque antes fueran incapaces de hacerla ni porque no cuidaran de sus hijos, sino porque otra persona sabía qué talla usaban, cuántos necesitaban y cuándo tocaba renovarlos.

La carga mental tiene precisamente esa cualidad: cuesta verla porque buena parte de su trabajo sucede antes de que suceda nada. Antes de comprar las prendas necesarias, alguien ha tenido que darse cuenta de qué falta. Antes de que una bolsa de ropa pueda seguir circulando, alguien ha decidido qué se queda, qué se guarda y qué sale de casa. Quién cocina, quién limpia o quién lleva a los niños a los partidos de baloncesto son preguntas fáciles. Luego están las otras, las que nadie llega a hacer porque, antes de que falten los calcetines, alguien ya ha ido a comprarlos.

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