Padre, hijo y el voto del Espíritu Santo: la alianza entre ultraderecha y evangélicos para tumbar a la izquierda en Brasil
“¡Este no va a ser un país laico!”, se desgañita el pastor Silas Malafaia, micrófono en mano. Cabeza de una de las iglesias pentecostales más importantes de Brasil, Malafaia fue el as en la manga de Jair Bolsonaro para conseguir la presidencia en 2018. En un país en el que alrededor del 30% de la población se reconoce como evangélica, lo que diga un líder religioso como él tiene un peso enorme. Y esto no ocurre solo allí. La expansión de esta rama del protestantismo está marcando el pulso de una Latinoamérica volcada casi ya por completo hacia la extrema derecha, que ha encontrado el aliado perfecto para sus recetas económicas ultraliberales y su agenda social conservadora.
Ocho años después de aquel acto de campaña en el que bramaba contra la laicidad, el discurso de Malafaia no ha bajado un ápice en intensidad. Hoy es otro Bolsonaro el de las papeletas, y llega a la segunda vuelta de las elecciones como caballo ganador. Flávio revalida los esponsales entre ultraderecha y evangélicos para tumbar a Lula da Silva con la promesa de una vuelta al orden anterior, empezando por indultar al expresidente encarcelado por intento de golpe de Estado. En el nombre del padre, con la inestimable ayuda del Espíritu Santo.
La votación del 25 de octubre decidirá el futuro de Brasil, pero no solo. El duelo entre Lula y Bolsonaro dirá también si aguanta o no el gran bastión de la izquierda en Sudamérica en un contexto en el que la batalla política en la región se ha ido contaminando de crucifijos, citas bíblicas y discursos antiderechos.
Kissinger y la iglesia anticomunista
El desembarco de las iglesias pentecostales en América latina comenzó en los años 60 y 70, apadrinada en parte por Estados Unidos. En plena Guerra Fría, a Henry Kissinger le preocupaba la deriva de una iglesia católica influenciada por la teología de la liberación, que conectaba con los pobres y los movilizaba en el reclamo de mayor justicia social. Pronto llegaría el papa Juan Pablo II para acabar con aquello, pero el secretario de Estado no quería brotes verdes comunistas, así que su realpolitik, además de promover y financiar dictaduras en toda la región, apoyó una corriente religiosa que consideraba más afín a sus intereses.
En contraposición a las ramas más tradicionales, el evangelismo pentecostés considera que el éxito y bienestar económico es resultado del vínculo cercano con Dios, quien proporciona prosperidad, trabajo y bienes materiales. Una lógica bilateral, individualista y para nada revolucionaria: Cristo y capitalismo.
Las iglesias evangélicas fueron extendiéndose con un modelo atomizado y horizontal, arraigando en los barrios de un continente desigual, ofreciendo ayuda y pertenencia allí donde el Estado invisibiliza y abandona. Con el tiempo, esos sermones pronunciados entre sillas de plástico en pequeños locales comerciales acabaron convirtiéndose en arengas continuas frente a audiencias multitudinarias, ceremonias en campos de fútbol repletos, editoriales especializadas y medios de comunicación. Edir Macedo, de la Iglesia Universal del Reino de Dios, es dueño de TV Record, la segunda cadena televisiva de Brasil, un país con 213 millones de habitantes. El consuelo de las almas viró en poder para influir en la opinión pública.
“Me pregunto en qué momento los líderes evangélicos decidieron transformar una iglesia construida sobre la generosidad de sus fieles en una máquina de poder político”, dice la cineasta Petra Costa en su premiado documental Apocalipsis en los trópicos.
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca no ha hecho sino apuntalar esa enorme influencia política. El cristianismo carismático se ha consolidado como una fuerza ideológica dominante dentro del Partido Republicano. La cosmovisión impulsada por redes como la Nueva Reforma Apostólica, que concibe la arena política como una batalla cósmica contra “espíritus territoriales” y “potestades demoníacas” se ha trasladado a las contiendas electorales latinoamericanas. Y las de Brasil son especialmente importantes para Estados Unidos, porque suponen casi la última barrera —solo quedaría México como potencia gobernada por la izquierda— en una región que, gracias a sus gobiernos de derecha y ultraderecha, está casi perfectamente alineada con los intereses de Washington.
¿Hay un voto evangélico?
En Brasil, los evangélicos han pasado de representar un 5% en los años 70 a cerca del 31% de la población, con proyecciones que sugieren que podrían ser mayoría hacia 2032. “La transformación religiosa más rápida de la historia”, la definió Petra Costa. Ese cambio se replicó también en el mapa político. Si en 1986 había 13 legisladores abiertamente evangélicos, ahora la bancada multipartidista Frente Parlamentar Evangélica ocupa alrededor del 40% de los escaños del Congreso. Estos diputados fueron fundamentales para la victoria de Jair Bolsonaro y también para la destitución de Dilma Rousseff. Y lo serán en estas elecciones, aunque los expertos destacan que en el caso de Brasil el colectivo ha crecido tanto que ya no se puede hablar de un “voto evangélico”. De hecho, la izquierda de Lula da Silva también se ha acercado a ellos.
No se trata necesariamente de un aumento en las posturas conservadoras sino del peso relativo que los ciudadanos dan a los temas morales al momento de decidir su voto
Lo que sí es evidente es su agenda conservadora, bajo la bandera de la defensa de la familia. Según una reciente encuesta, más de la mitad de los evangélicos de Brasil se identifica con las pautas tradicionales de la derecha. Entre ellas, destacan el no al aborto y el rechazo a la llamada 'ideología de género'.
“No se trata necesariamente de un aumento en las posturas conservadoras —matiza Lisa Zanotti, investigadora del Laboratorio para el Estudio de la Ultraderecha (Ultra-Lab)— sino del peso relativo que los ciudadanos dan a los temas morales al momento de decidir su voto, frente a otras cuestiones como la económica o las preferencias distributivas”.
¡Bolsonaro es el candidato de los evangélicos!, brama Silas Malafaia en uno de sus vídeos de Instagram. Y los sondeos le dan la razón. Ya antes de la primera vuelta, el Partido Liberal adelantaba al Partido de los Trabajadores de Lula sobre todo entre las rentas altas (47% frente a 34%), en el Sur del país (50 versus 30%) y entre los evangélicos (52% contra 26%).
Influencia en muchos países
“Las iglesias evangélicas no estuvieron en el origen ni del movimiento libertario ni de las protestas callejeras contra Dilma Rousseff del Movimiento Brasil Libre (MBL) que dieron alas a Jair Bolsonaro, sino que su apoyo fue una alianza pragmática para tender puentes y pactar con los sectores populares”, detalla Soledad Vallejo, autora del libro Los dueños de la libertad. Think tanks, dinero y batalla cultural: la estructura oculta del libertarismo en América Latina.
Aunque quizá no al nivel de Brasil, los evangélicos han ido sumando protagonismo en la política de sus países. En Guatemala, el cómico y pastor evangélico Jimmy Morales consiguió la presidencia (2016-2020) con un discurso conservador, mientras que en 2018 el predicador Fabricio Alvarado ganó la primera vuelta electoral en Costa Rica con el lema “¡No se metan con las familias!”, contra la educación laica. En Colombia, estas iglesias tuvieron un papel decisivo en rechazo a los Acuerdos de Paz de La Habana.
Las excepciones son los países donde la llegada de los evangélicos viene demorada: México, Uruguay y Argentina (dos gobiernos de izquierda y otro más economicista que conservador)
“Su influencia no es solamente política o ideológica, es también organizacional. Su fuerza es precisamente su capacidad de movilizar”, apunta Lisa Zanotti. Las iglesias pentecostales han liderado masivas protestas callejeras en Perú contra el enfoque de género en la educación pública, y han apoyado abiertamente a Keiko Fujimori para llegar a la presidencia, con una agenda marcada por la oposición a los derechos sexuales y reproductivos, el aborto y la unión civil.
En Chile, el ultraderechista José Antonio Kast fichó a asesores evangélicos en su equipo de estrategia, y el mes pasado incluso participó por primera vez como mandatario en el tradicional Te Deum Evangélico.
“Las excepciones son los países donde la llegada de los evangélicos viene demorada: México, Uruguay y Argentina (dos gobiernos de izquierda y otro más economicista que conservador)”, explica Andrés Malamud, investigador principal en el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa.
Pero incluso allí van cobrando peso. A diferencia de la relación fría y distante que mantiene con la Iglesia católica, Javier Milei ha integrado formalmente a la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas en la estructura del Estado, participando de sus actos y sobre todo otorgándole fondos de programas de ayuda alimentaria en barrios vulnerables. Incluso incorporó como lema una frase con tintes religiosos: “Las fuerzas del Cielo”.
“Si Lula continúa siendo presidente, Brasil se hundirá y esta democracia será fallida”, grita Malafaia junto a Flávio Bolsonaro en un acto de campaña en São Paulo. La voz casi quebrada por el esfuerzo recibe la ovación de una multitud en las calles. El pastor habla de las mentiras de la izquierda inspiradas por el demonio, cita el Nuevo Testamento, insiste en la idea del colapso democrático. A su lado, el hijo del expresidente convicto asiente. Ambos aspiran a devolver Brasil a la ultraderecha por la voluntad, dicen, del Espíritu Santo.
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