De la invisibilidad al debate público: las mujeres rurales del Ambroz reclaman justicia social
En el salón del hotel Don Manuel de Cáceres, el pasado sábado se debatió sobre teoría política y de pactos de despacho pero sobre todo, se habló de la vida de las mujeres. Bajo el título 'La agenda feminista en Extremadura, nuestras demandas', el partido 'Feministas al Congreso' (PFAC), liderado por Pilar Aguilar, logró reunir a un tejido amplio y diverso de la lucha social: desde las profesoras feministas de Dofemco y las expertas en violencia de género de Malvaluna, hasta la Federación de Mujeres Rurales de Fademur o la Asociación de Derechos Humanos de Extremadura. Sin embargo, entre tantas siglas y análisis exhaustivos de la realidad, dos nombres propios consiguieron silenciar la sala y bajar la política aún más al suelo: María Ascensión y Juana.
Ellas no solo representaban a la Federación de Asociaciones de seis localidades del Valle del Ambroz; eran la propia imagen de la columna vertebral de la Extremadura rural. Hablaron del Ambroz, pero representaban a las mujeres pensionistas del Jerte, de la Sierra de Gata, de la Vera o de las Villuercas. Con la autoridad que dan los 79 años de María Asunción y los 83 de Juana, su intervención consiguió hacer una radiografía cruda de lo que significa envejecer en un pueblo extremeño cuando eres mujer. Su mensaje fue directo a los partidos que hoy negocian el futuro de la región: “la Extremadura vaciada no es solo un problema de demografía, es una demanda obligatoria y necesaria de justicia de género”.
María Ascensión puso el foco en la herida abierta de las pensiones. “Hemos tenido vidas sociales y económicamente más desfavorables que los hombres”, denunció, recordando que décadas de trabajo en la “economía informal” y cuidados invisibles han derivado en una vejez de precariedad. Para ella, la brecha de género no es una estadística, es la diferencia entre una pensión digna y una “no contributiva” que apenas alcanza para lo básico. Su reclamo era un ruego, pero también una exigencia legítima de reparación tras toda una vida sosteniendo la base misma de la sociedad sin recibir reconocimiento ni retorno económico.
Por su parte, Juana denunció con datos quirúrgicos la “gran injusticia” que divide a las pensionistas extremeñas en dos categorías. A través de una comparativa demoledora, Juana expuso cómo los centros gestionados directamente por el SEPAD disfrutan de cuotas gratuitas y servicios subvencionados, mientras que en los 'Hogares de Mayores' de los pueblos, son las propias mujeres las que deben gestionar la burocracia, pagar cuotas de hasta 25 euros y costearse de su bolsillo servicios básicos como el podólogo o la gimnasia. “En los pueblos, el bar de estos hogares es ruinoso y los juegos los tenemos que comprar nosotras”, lamentó, evidenciando que el código postal sigue determinando la calidad de vida en la vejez.
No habrá Extremadura sin nosotras
Lo que María Ascensión y Juana pusieron sobre la mesa en Cáceres era además de una lista de agravios, un manifiesto de supervivencia y dignidad. Estas mujeres, que han sido el soporte invisible de la crianza de generaciones y del mantenimiento de la identidad de nuestros pueblos, se niegan a ser meras espectadoras en los despachos donde hoy se negocia el futuro de la región. Su exigencia es clara: la agenda política extremeña no puede construirse de espaldas a las manos que han sostenido la tierra. Reivindican un “envejecimiento activo” que no sea un eslogan vacío, sino un derecho garantizado por servicios públicos equitativos, sin importar si se vive en una capital o en el rincón más alejado del Valle del Ambroz. “Es hora de que las instituciones nos devuelvan, en forma de derechos y dignidad, todo lo que las mujeres hemos entregado durante décadas a la sostenibilidad de nuestra sociedad y dudamos mucho de que lo que están hablando hoy Guardiola y Vox para formar gobierno tenga nada que ver con los asuntos que nos preocupan a nosotras, que somos realmente una gran mayoría”.
Más allá de la reivindicación de pensiones dignas que reflejen el trabajo realizado durante toda una vida, las mujeres mayores reclamaron el reconocimiento de ese otro trabajo invisible y silenciado —los cuidados, el sostenimiento de las familias y de los pueblos— sobre el que se ha construido la propia vida social y económica. Exigieron una red de transportes públicos que les permita desplazarse con autonomía, sin depender de si sus hijas o hijos pueden llevarlas o acompañarlas, así como servicios básicos como la peluquería o la podología con precios proporcionales a unas pensiones que en muchos casos apenas alcanzan para cubrir lo esencial. Y reclamaron, también, ser tenidas en cuenta en las políticas de ocio y socialización: porque siguen teniendo ganas de encontrarse, de compartir y de disfrutar, y porque es precisamente ahora, cuando ya han dejado de sostener a sus propias familias, cuando por fin disponen de tiempo para vivir, para vivir su propia vida.