Gervasio Sánchez: “Dicen que los periodistas están vendidos, pero muchos de los que yo conozco lo que están es muertos”
“No me habléis de que los periodistas están vendidos. Esa frase me duele porque varios de mis amigos lo que están es muertos por ejercer el periodismo”. Con esta contundencia arranca la conversación de elDiario.es Extremadura con el fotoperiodista Gervasio Sánchez, que esta semana visita Cáceres para impartir un taller de fotografía y una conferencia organizados por el semanario Avuelapluma, en su 20º aniversario como referente cultural y periodístico en Extremadura.
Antes de entrar en cualquier crítica, Sánchez reivindica un oficio que, pese a los ataques y los tópicos, sigue siendo una de las pocas garantías que tiene la ciudadanía para saber qué ocurre más allá de los discursos oficiales. Y es que el periodismo no es un adorno ni un ruido de fondo, sino un trabajo que se ejerce en primera línea, a menudo en condiciones extremas, y que permite documentar lo que otros preferirían ocultar. Para él, la credibilidad del oficio se sostiene en quienes arriesgan su vida para contar la verdad y en la responsabilidad de los medios que mantienen su independencia frente a los poderes políticos y económicos. Sánchez repasa en estas líneas las lecciones que han marcado su trayectoria y advierte de un mal creciente: el protagonismo innecesario que diluye el oficio. “Si tienes una buena historia, publícala en un medio de comunicación. No la regales en redes. La obsesión con el escaparate personal es un error”.
El periodismo como “correa de transmisión”
A Sánchez, que es uno de los máximos exponentes de la defensa del oficio de periodista, también le gusta poner en el centro del debate que uno de los problemas estructurales del periodismo español es la dependencia entre poderes políticos y mediáticos. “Hay periodistas que son correas de transmisión de intereses”, afirma, señalando cómo históricamente se han cerrado en medios de comunicación investigaciones sobre tráfico de influencias o corrupción a cambio de publicidad institucional o prebendas. “A mí lo que me preocupa es que en España lleguemos a ser la sexta potencia mundial en venta de armas, pero que algunos estén en las antípodas en calidad periodística por la influencia de los grupos empresariales. En esto también me gustaría ser potencia mundial”.
Denuncia que esta falta de independencia ha provocado, “y con razón” que la ciudadanía pierda la confianza en el oficio. “La gente está hasta las narices, porque se han buscado equilibrios estéticos que no son serios. El periodismo real es el que se debe a sus lectores, no el que vive de las limosnas de las grandes empresas”.
La prensa internacional en Gaza
Respecto al papel de la prensa en el genocidio de Gaza, el entrevistado sostiene que Israel dispone de la capacidad tecnológica necesaria para ejecutar ataques selectivos contra líderes de Hamás, como ha demostrado en otras operaciones, pero que, pese a ello, ha provocado la muerte masiva de civiles, incluidos niños y bebés. Y, por supuesto, también periodistas en números altísimos. A su juicio, no se trata de daños colaterales inevitables, sino de una estrategia que no prioriza la precisión, pese a contar con medios para ello. Señala que, cuando se ha querido eliminar objetivos concretos —ya sea en Gaza, Líbano o en otros contextos—, Israel ha demostrado poder hacerlo de forma quirúrgica, lo que refuerza su crítica sobre la naturaleza de los bombardeos a la población.
Asimismo, cuestiona el argumento de que Hamás utilice sistemáticamente a la población civil como escudo humano, considerándolo una justificación que, en su opinión, no se sostiene. Extiende esta crítica al caso de los periodistas, cuya muerte rechaza vincular a supuestas conexiones con Hamás, como argumenta siempre el gobierno de Benjamín Netanyahu. Explica que durante décadas medios internacionales como AP, Reuters, The New York Times o la CNN formaron a periodistas locales en Gaza ante la previsión de que el acceso de corresponsales extranjeros acabaría restringiéndose, como finalmente ha ocurrido. Según relata, ese proceso ha dado lugar a profesionales altamente cualificados que trabajan para agencias internacionales y cuya labor informativa considera acreditada, sin ningún tipo de dudas.
En este contexto, afirma que el cierre progresivo de Gaza al periodismo internacional llevó a Israel a confiar en que podría controlar el relato informativo, pero que la presencia de periodistas locales ha tenido el efecto contrario. Sostiene que la cobertura generada desde dentro ha perjudicado la imagen del gobierno israelí y que, por ello, los periodistas se han convertido en objetivo de los ataques, con numerosas muertes que son asesinatos. A su entender, esta situación evidencia tanto el valor del trabajo informativo en la zona como el impacto que tiene en la disputa por el relato sobre la guerra y sus víctimas.
Sarajevo y las cacerías
Otro de los asuntos que acaparan tiempo ahora en los medios de comunicación es en relación con las denominadas “cacerías humanas” en Sarajevo, Sánchez señala que se trata de una investigación abierta por la fiscalía de Milán y que prefiere esperar a sus conclusiones. Aun así, subraya que le resulta llamativo que, en una guerra con una cobertura mediática tan amplia y rigurosa —con presencia de grandes medios internacionales y periodistas de referencia—, no se documentaran hechos de ese tipo si hubieran sido sistemáticos. Sí confirma, en cambio, que durante el conflicto era habitual la llegada de individuos desde Serbia y Croacia con fines de saqueo o para participar en actos violentos contra la población civil. Recuerda que, pese a los bombardeos, lo que más marcó su experiencia en Sarajevo fue la amenaza constante de los francotiradores, y advierte de que, si se demostrara la participación de extranjeros en este tipo de crímenes, estos podrían ser considerados delitos contra la humanidad que no prescriben y, por lo tanto, serían juzgados.
Recuerda además que en marzo de 1996 supo por casualidad que su amigo Arturo Pérez-Reverte iba a visitar la capital bosnia con motivo de la películaTerritorio Comanche y que, tras llamarlo, este le comentó que viajaría a Sarajevo con los actores principales, entre ellos Carmelo Gómez. Aceptó la invitación para acompañarlos y durante ese viaje compartieron una noche con el cámara Miguel Gil, que años más tarde moriría en una emboscada en Sierra Leona. Durante su estancia visitaron el barrio de Grbavica, entonces ocupado por fuerzas serbias, que lo habían sometido a bombardeos y mantenían bajo el acecho constante de francotiradores. En aquel momento, en pleno proceso de retirada tras los acuerdos de paz, los propios ocupantes estaban incendiando sus viviendas e incluso desenterrando a sus muertos antes de abandonar la zona, en un escenario que describe como profundamente devastador.
Lo que sí es una realidad tangible desde entonces es el cambio en la peligrosidad del oficio. “En Bosnia te protegías de los francotiradores si tenías un oído fino, escuchabas el tenue silbido de la bala y te ponías en alerta. En Ucrania, donde también he estado trabajando, el gran salto es el dron”. Explica que estos dispositivos son extremadamente peligrosos por ser silenciosos: “Puedes ir en un coche y no oírlo hasta que el proyectil te impacta. La tecnología militar se ha perfeccionado para ser letal también contra el informador”.
La ética del límite: Liberia y El Salvador
Y es que en su labor profesional, Sánchez ha tenido que decidir en segundos muchas cosas por ejemplo dónde termina la información y dónde empieza la complicidad con el horror. Recuerda su experiencia en Liberia: “Me sacaron a un prisionero desnudo y querían que le fotografiara mientras le cortaban los testículos con un machete. Dejé la cámara en el suelo; no quería ser yo el que provocase que le cortaran los genitales por el hecho de estar allí”.
Esa “ética del límite” es la que diferencia al periodista del propagandista del caos. “Una cosa es fotografiar una práctica de brutalidad habitual que nadie ha filmado, como hice en El Salvador con las orejas cortadas de guerrilleros ya muertos, y otra muy distinta es provocar una agonía en vivo por el simple hecho de obtener la imagen”.
Desmitificar la guerra y el papel de la mujer
El periodista desmonta también durante esta entrevista una idea recurrente: que las guerras las sufren únicamente los hombres que combaten y aborda la participación femenina en los conflictos, huyendo de visiones idealizadas. En una de sus reflexiones más contundentes desbarata la idea de que las guerras solo se desarrollan en el frente. Recuerda que las mujeres sufren una violencia específica y, en muchos casos, más profunda y prolongada, marcada por violaciones, esclavitud sexual, humillaciones públicas, desplazamientos forzosos y la carga de sostener la supervivencia familiar en medio del conflicto. Subraya sin ningún tipo de dudas que la violencia sexual ha sido utilizada como arma de guerra desde tiempos remotos y lamenta que su reconocimiento jurídico internacional como crimen contra la humanidad llegara de forma tardía, pese a tratarse de una práctica sistemática en numerosos conflictos contemporáneos y antiguos.
Insiste el entrevistado en que la guerra no admite lecturas simplistas ni idealizaciones. Alerta de que sería un error pensar que las mujeres, por el hecho de serlo, actuarían de forma más pacífica o más humana en contextos de poder y violencia. Cita casos como las torturas en la cárcel iraquí de Abu Ghraib, donde varias militares estadounidenses participaron en humillaciones sexuales a prisioneros, y recuerda que en el genocidio de Ruanda muchas mujeres colaboraron señalando a vecinos y familias perseguidas. A su juicio, la guerra arrastra a sociedades enteras y reparte responsabilidades entre quienes matan, quienes ordenan, quienes señalan, quienes aplauden y quienes miran hacia otro lado.
Sánchez explica además que, desde la Segunda Guerra Mundial, el peso de los conflictos recae cada vez más sobre la población civil. Niños, niñas, personas mayores y familias enteras se convierten en objetivo o en daño colateral de bombardeos, hambrunas y desplazamientos masivos. Por eso defiende que informar sobre las guerras exige mirar más allá del frente militar y contar lo que ocurre en las casas, en los hospitales, en los campos de refugiados y en los cuerpos de las mujeres. Su mensaje es rotundo: la guerra deshumaniza, rompe cualquier frontera moral y convierte a la ciudadanía en la principal víctima.
Y por todo esto, sin periodistas que cuenten lo que ocurre, como ha hecho siempre Gervasio Sánchez, las guerras serían solo propaganda y silencio y, por lo tanto, la ciudadanía quedaría aún más indefensa ante quienes quieren convertir la guerra en un relato a su medida.