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Senén Barro, catedrático de Inteligencia Artificial: “Me preocupa más cómo gobierna Trump que OpenAI”

Daniel Salgado

13 de marzo de 2026 22:20 h

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La respuesta a la pregunta que el catedrático de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial Senén Barro ha elegido para el título de su último ensayo, Poden pensar as máquinas?, no es simple. “Depende”, responde el mismo autor, “de la semántica del verbo pensar, de lo que entendamos por pensar”. Barro (As Pontes, A Coruña, 1962) no es partidario de una versión demasiado antropocéntrica del asunto. “No pueden hacerlo como un ser humano, está claro”, dice en conversación con elDiario.es, donde colabora con artículos sobre estas cuestiones, “pero desde el punto de vista de la utilidad, sí que piensan Pueden resolver problemas complejos basándose en el conocimiento y la información que tienen”. A desarrollar su tesis y, de paso, trazar una sucinta historia del concepto de inteligencia artificial dedica las 130 páginas de un libro divulgativo que también alerta de algunos de los riesgos implícitos en la tecnología. “Me preocupa más la Administración Trump y cómo gobierna el mundo”, dice, sin embargo, “que OpenAI o Google”.

Poden pensar as máquinas? (en gallego, Editora Alvarellos, 2026) defiende que la inteligencia artificial ya está cambiando el mundo. Más allá de la mercadotecnia del oligopolio tecnológico, sostiene, la IA ofrece más capacidad y más autonomía a todo tipo de dispositivos. “¿Y no es eso lo que buscamos en cualquier ámbito profesional?”, se pregunta con cierto grado de retórica. Lo concreta en un pasaje de la obra: “Las computadoras nos permiten ampliar las capacidades de nuestro órgano más complejo y desconocido: el cerebro”. Y lo hacen progresivamente, añade: “Son capaces de realizar cada vez mejor muchas tareas que asociamos con el acto de pensar”.

El salto cualitativo de ChatGPT

Aunque en la clásica disyuntiva de Umberto Eco, Barro se sitúa más próximo a la integración que al apocalipsis, su libro está plagado de avisos. El terreno resbala: “Todas las definiciones de inteligencia artificial son imprecisas, amplias o restringidas en exceso, y más o menos matizables o incluso equivocadas”. Su repaso por la genealogía del término se remonta a 1956, cuando el informático estadounidense John McCarthy lo emplea por primera vez en una reunión de científicos en la universidad privada Darmouth College, en New Hampshire (USA), sobre “el desarrollo de máquinas con capacidades que pudiesen identificarse con la inteligencia de los seres vivos”. “Yo prefiero hablar de 1943, cuando los investigadores Warren McCulloch y Walter Pitts describieron el primer modelo matemático inspirado en el funcionamiento de las neuronas”, puntualiza.

Para el académico, rector de la Universidade de Santiago de Compostela entre 2002 y 2010, esta historia avanzó a base de no pocos saltos cualitativos. Pero, a su juicio, ninguno de la envergadura del lanzamiento público de ChatGPT, propiedad de OpenAI, el 30 de noviembre de 2022. Adscrito a la denominada inteligencia artificial generativa -su modelo de lenguaje aprende de los patrones y la estructura de sus datos de entrenamiento-, es un sistema especializado en el diálogo. “ChatGPT rompió, de pronto, el lazo entre la inteligencia artificial y el conocimiento especializado”, defiende, “las máquinas resuelven problemas complejos a partir de las herramientas que todos tenemos, el lenguaje humano. Corta con la tiranía del lenguaje informático”. Ese es, dice, el secreto de su éxito popular: 1.000 millones de usuarios.

Delegación cognitiva y desempleo tecnológico

Pero toda tecnología es ambivalente. Pese a su mirada fundamentalmente optimista, Barro identifica algunas amenazas en el despliegue de la ya conocida popularmente como IA. La delegación cognitiva es la primera que menciona. “Es una gran tentación delegar en las máquinas todo tipo de trabajos sin saber muy bien qué estamos haciendo”, asegura. La segunda, lo que define como desempleo tecnológico. “La inteligencia artificial va a destruir trabajo y la reconversión será lenta. Los poderes públicos deben actuar para mitigarlo”, aduce, “todas las revoluciones industriales crearon riqueza y, al mismo tiempo, hubo quién pagó el pato”. Y pone un ejemplo de la velocidad de crucero de los cambios que se suceden: “Hace solo cinco años, se decía que los empleos creativos, como los guionistas, el diseño gráfico, la consultoría, estaban a salvo. Ahora son los que están más en peligro”.

Otros estudios críticos han investigado a fondo las condiciones materiales de la IA -el brillante Atlas de IA (2021), de Kate Crawford- o propuesto alternativas radicales al consenso de la oligarquía tecnológica -Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo (2023), de Ekaitz Cancela. Poden pensar as máquinas? opera en otros términos pero sobre los mismos territorios. “La IA”, escribe Barro, “no es tan 'artificial, ya que tiene mucho de humano desde su ideación hasta su uso”. Unas páginas más adelante, al explicar el funcionamiento del modelo de lenguaje del ChatGPT y su entrenamiento, lo ilustra: “En esta tarea se suele emplear mano de obra humana de forma intensiva y a menudo mal pagada”.

Y todo bajo la propiedad de gigantes tecnológicos, a menudo en manos de directivos reaccionarios, que desafían a las administraciones. “”No están controlados en absoluto“, concede Barro, ”pero me preocupan más algunos poderes públicos, por ejemplo Trump y cómo gobierna el mundo, que Open AI o Google“. Lo ejemplifica con el choque entre el actual Gobierno estadounidense y la compañía tecnológica Anthropic y su involucración en la defensa del país. ”La empresa tiene unos principios a los que, por el momento, no quiere renunciar“, explica, ”no quiere que se usen sus sistemas de IA para vigilancia masiva de ciudadanos ni para armas autónomas. Trump coge una rabieta y los veta, intenta expulsarlos del mercado“.

La próxima frontera

El autor no duda a la hora de aventurar cuál será la próxima frontera en el sector: la inteligencia artificial general. De nuevo su significado es escurridizo. “Sam Altman [CEO de Open AI] solo ve dólares. La visión de Demis Hassabis [CEO de Deep Mind] es la de un científico. Me interesa más”, dice. Hassabis: “La prueba de la existencia de la inteligencia artificial general podría ser que la IA alcanzase la capacidad de formular la relatividad general con solo la información a la que tuvo acceso Einstein cuando la propuso”. En lo que no entra Senén Barro es en los plazos. “Puede ser 2026, 2027 o 2030, es imposible predecirlo”, expone, “a partir de la definición que hagamos del concepto, sabemos a donde hay que llegar. Pero no existe un camino trazado para llegar”.

De lo que sí está seguro es de que algunas de las fanfarronadas de los tecnoligarcas son ciencia ficción y lo van a seguir siendo. “La tecnología no se nos ha ido de las manos. No es un problema existencial para el ser humano. Eso sí, dependiendo de quién la use puede suponer un elevado riesgo para la humanidad”, opina. El último párrafo del libro supone, finalmente, otra respuesta a su título: “Sin duda, el abismo que aún separa la IA de nosotros es que llevamos de 'fábrica' la más compleja y potente máquina de aprendizaje que se conoce […] que se interesa […] también por hacer máquinas inteligentes capaces de aprender, aunque no como nosotros lo hacemos, ni mucho menos, y aquí está, desde mi punto de vista, la principal limitación para lograr una inteligencia artificial de propósito general”.