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The Modern Lovers: la banda del excéntrico Jonathan Richman que peleó contra la industria y fue punk antes del punk

Daniel Salgado

Santiago de Compostela —
31 de octubre de 2026 22:12 h

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Excéntrico porque, cuando se llevaban los desarrollos progresivos o el blues rock pesado, él se fijaba en oscuras anomalías como The Velvet Undreground o The Stooges. Al tópico de sexo machista y drogas desenfrenadas, respondía con canciones de amor que respetaban a las mujeres y una inaudita militancia abstemia. Y si bien el mundo sonoro de la banda era eléctrico y vehemente, su lírica mantenía la “visión original”: al Jonathan Richman que puso en marcha The Modern Lovers le fascinaba lo que sus colegas rockeros consideraban anodino. La suya fue una banda activa apenas entre 1970 y 1974, en dirección contraria y obstinada -Fabrizio de André-, que no llegó a grabar ningún disco y que, sin embargo, generó su propio culto. El músico y escritor ourensano Carlos Rego le ha dedicado su último libro, No malgastes tu juventud (Silex, 2026).

No grabó ningún disco como tal pero en realidad The Modern Lovers (1976), que recoge maquetas registradas para Warner en 1972, aparece a menudo en las listas de lo mejor de la historia del rock. “Me fascina el personaje de Richman, su actitud ante la vida y ante la industria, una persona sin teléfono móvil ni ordenador. Por supuesto sin redes sociales. Que ya no viaja en avión y se dedica a la albañilería como hobby”, relata Rego (Ourense, 1965) en conversación con elDiario.es. The Modern Lovers, el primero de sus grupos, lo fundó con apenas 19 años en su Boston (Estados Unidos) natal. Acababa de descubrir a Lou Reed -es una de las personas que a más conciertos de la Velvet asistió, considera Rego- y buscaba la manera de canalizar angustia postadolescente, una mirada naíf a su alrededor y una guitarra “más interesada en el sonido que en los acordes o la afinación”. Punk antes del punk. Lo sabían los efímeros pero decisivos Sex Pistols, que unos años más tarde adaptaron su Roadrunner.

“The Modern Lovers estaban a la contra de todo lo que los rodeaba y aun así consiguieron llamar la atención. Hasta el punto de que lograron un contrato con Wagner y luego lo despreciaron”, señala Rego. El autosabotaje como una de las bellas artes. La banda que combinaba el primitivismo de los tres acordes con una escritura “alejada del antiguo donjuanismo” y asombrada ante la Norteamérica gris y suburbial alcanzó el corazón de la industria. Acto seguido, optó por ignorarlo. Aunque lo cierto es que la mayor parte del asunto era de Jonathan Richman.

Contra y más allá de los hippies

Solo tenía 18 años -es decir, 1969- cuando se plantaba en Harvard Commons, epicentro de la comunidad hippie en Boston, armado de su guitarra sin amplificar y un repertorio “sobre lo hermoso que es el neón de los carteles de los restaurantes”. “Llevaba el pelo corto, iba aseado, el contraste con la audiencia era brutal”, narra Rego, “es increíble que aguantase todo ese rechazo. Imagino que la mayoría lo considerarían un loco”. Aquella extravagancia, exhibida ante peludos y drogotas, escondía finalmente una feroz determinación artística, intransigente y personalísima. La vehiculó en primera instancia junto a sus amigos de instituto y mediante la electricidad. Habían nacido The Modern Lovers.

“El cae fascinado por el sonido de la Velvet Underground, pero el mundo interior es el suyo”, aclara Carlos Rego, también músico en Tesouro, “aunque es cierto que también admiraba mucho a The Lovin' Spoonful [banda estadounidense de folk rock de gran éxito a finales de los 60, hoy algo olvidada], que encaja mucho más con su visión original”. Pero The Modern Lovers y canciones como Pablo Picasso, la citada Roadrunner o She craked efectuaban la cuadratura del círculo: melodías repetitivas, guitarras eléctricas a volumen más que aceptable, y letras “que no tratan a las mujeres como ganado”, celebran la sobriedad o conducir por la Ruta 128, Estado de Massachusetts “con el impulso del sonido imperfecto y enérgico de un grupo que no sabe nada de tomas, overdubs o trucos de estudio”.

Tocan en bares y en escenarios a posteriori míticos -el Max's Kansas City de Nueva York-, en campus universitarios y en restaurantes, hasta en el concierto para pagar la fianza del amigo de Gram Parsons que había robado el cadáver de éste para incinerarlo en el desierto. Y peldaño a peldaño construyen una reputación que llega a oídos de la industria. John Cale, el violinista galés que insufló tendencias vanguardistas en los dos primeros discos de la Velvet y después inició una apasionante trayectoria en solitario, les produce maquetas para Wagner. También los graba el saltimbanqui de Kim Fowley. Esos dos registros, además de algunos directos, son el rastro fonográfico del grupo. Las maquetas de Cale, en concreto, conforman el disco de 1976, el que pasó a la historia. Nunca volvieron al estudio.

“The Modern Lovers no serían The Modern Lovers si no se empeñaran en lucir una capacidad congénita para complicarse la vida”, escribe Rego en No malgastes tu juventud, “una querencia inaudita por la intransigencia ante los compromisos que exige una carrera en el despiadado mundo del rock”. La paciencia de Wagner se agotaba porque los Lovers no se decidían. Lo que en verdad pasaba es que Jonathan Richman avanzaba en la radicalización de su pensamiento musical. Ya no quería guitarras tan altas, ruidosas. Bebía de la canción napolitana o de las melodías infantiles. Y sus letras basculaban aún más hacia una inocencia dadaísta que tropezaba con la incomprensión del resto de la banda. Su último concierto, cartel compartido con Moe Tucker -la batería de la Velvet- y George Thorogood, desemboca en un gemido y no en una explosión. “”No hay gritos, no hay discusiones, no hay un no quiero verte nunca más en la vida“, sintetiza, talvez sí ”alivio por superar de una vez por todas una situacion insostenible“.

Una nouvelle sobre determinación y radicalidad

Richman pasaría dos años de sequía y en 1976, justo cuando Wagner colocaba The Modern Lovers en las tiendas, sacaría el primer disco de una nueva era, Jonathan Richman & The Modern Lovers, acústico y sin apenas relación con la formación original. Pero de eso ya no se ocupa No malgastes tu juventud. El de Rego es un inusual libro sobre música, más próximo a una nouvelle sobre la determinación del artista narrada con destreza literaria que a esa página de wikipedia ampliada en que naufragan no pocas tentativas de literatura rock. “El plan era escapar de las biografías rock canónicas”, argumenta el autor, “salvando las distancias, me inspiré en las minibiografías de Jean Echenoz, en concreto en Correr (2008), que trata sobre el atleta checo Emil Zapotek”. Sin notas a pie de página, con una bibliografía mínima y asentado sobre décadas de documentación recogisa en revistas, periódicos y fanzines -“llevo toda la vida escribiendo este libro”, asegura humilde-, Rego tampoco quería entrevistar a nadie, sino integrar en la voz narrativa todos los materiales recopilados. Los retales. “Todo lo relativo a los Modern Lovers está hecho de retales, ni siquiera grabaron un disco como tal”, dice con ironía.

No malgastes tu juventud se aparta estilísticamente de anteriores obras de Rego, las dedicadas al postpunk de Derribos Arias, el folk rock de Magín Blanco o el folk progresivo antifranquista de Bibiano. ¿Qué hay en común entre músicos tan diversos? “Parto siempre de la música y estos son intérpretes y compositores que me gustan mucho”, aduce, “pero quizás hay algo más. Todos sufrieron una falta de éxito alarmante. Tenían personalidades muy marcadas y no fueron grandes vendedores de discos”. Pero el caso de Richman, concluye divertido, es singular: “Su desprecio por la opinión de los demás es algo que no tiene parangón. A otro nivel, quizás solo Neil Young es comparable”.