ENTREVISTA
Aina Ferrero, la directora de museo que lucha contra la 'McDonalización': “Lo que más interesa es lo que nos hace únicos”
1. Amarás al museo sobre todas las cosas. 2. Honrarás a tu comunidad. 3. No consentirás elitismos impuros. Estos son algunos de los antimandamientos de 12+1 herejías museológicas, el nuevo libro de Aina Ferrero Horrach (Palma, 1984), publicado por Ediciones Asimétricas, que propone una batería de propuestas para convertir los museos en espacios más abiertos, críticos y conectados con la sociedad. La museóloga y directora del Museu del Calçat i de la Indústria d'Inca lleva años defendiendo una idea que todavía incomoda a gran parte del sector artístico: que los museos no deberían limitarse a conservar objetos, sino convertirse en espacios vivos, capaces de dialogar con las comunidades a las que sirven.
En este ensayo breve e ilustrado, la autora enfrenta la “McDonalización” de los museos con una firme apuesta por la autenticidad, las experiencias con sentido y los relatos situados en el territorio, además de desmontar algunos de los dogmas que han marcado la evolución de los museos contemporáneos. Con humor y voluntad de provocar debate, Ferrero plantea una serie de “antimandamientos” para “romper con la liturgia” de quien entra a un museo como si entrase en una iglesia con miedo a molestar y a no entender lo que pasa allí dentro.
La publicación se suma a una trayectoria investigadora que incluye trabajos sobre la memoria de los presos republicanos en el Castell de Bellver (Mallorca) durante el franquismo, la coordinación de una obra dedicada a la museografía industrial y un nuevo volumen, derivado de su tesis doctoral, que verá la luz a finales de este año. 12+1 herejías museológicas se presentará el próximo 24 de junio en un encuentro online organizado la editorial.
¿Cómo surge la idea del libro? Tiene un tono muy diferente al de trabajos anteriores. Puede leerse como más personal y vinculado a experiencias laborales.
La idea parte, de alguna forma, de mi tesis doctoral. Cuando publicas una tesis te das cuenta de que son textos larguísimos, difíciles de leer para el gran público, y muy pocas acaban llegando realmente a la gente. Transformé una parte de esa investigación en este libro y en otro algo más especializado, que se publicará a finales de este año.
Siempre he pensado que quienes trabajamos en cultura tenemos también la responsabilidad de hacer accesible el conocimiento. La cultura elitista me incomoda. De hecho, una de las razones por las que me fui alejando de ciertos ámbitos del arte fue precisamente porque los encontraba demasiado cerrados, demasiado dirigidos a expertos y, en ocasiones, incluso intimidantes.
La cultura elitista me incomoda. De hecho, una de las razones por las que me fui alejando de ciertos ámbitos del arte fue precisamente porque los encontraba demasiado cerrados, demasiado dirigidos a expertos y, en ocasiones, incluso intimidantes
Entonces, ha aplicado el anti-mandamiento de la accesibilidad a su propia tesis.
Claro. Quería intentar comunicar de una forma más útil y cercana. La idea de fondo es sencilla: si creemos que los museos no deben intimidar a la gente, el libro tampoco podía hacerlo. Quería escribir una especie de manifiesto contra la solemnidad. Un ensayo que rompiera con la liturgia de entrar en un museo como quien entra en un santuario.
Quería escribir una especie de manifiesto contra la solemnidad. Un ensayo que rompiera con la liturgia de entrar en un museo como quien entra en un santuario
Una de las ideas centrales del libro es precisamente esa visión del museo como una especie de catedral laica. ¿Cuál es hoy el principal dogma que sigue impidiendo que los museos conecten con la sociedad?
Creo que uno de los principales obstáculos es precisamente la percepción social que todavía existe sobre los museos. Cuando mucha gente piensa en ellos imagina silencio, seriedad y normas. Esa imagen forma parte del imaginario colectivo.
Pero esa percepción es también construida por las instituciones.
Desde luego, es construida también por los propios museos. Te pondré un ejemplo muy sencillo. Hace poco leía un cuento a mi hija, que tiene dos años. En la historia, el personaje viajaba por el mundo, llegaba a Roma, entraba en un museo, se aburría inmediatamente y se iba a comer un helado. Desde muy pequeños vamos interiorizando la idea de que los museos son lugares aburridos.
Romper ese imaginario es una tarea educativa, pero también una responsabilidad de los propios museos. Todos hemos estado en un museo donde un vigilante nos manda callar de inmediato. Eso refuerza la idea de que seguimos entrando en una especie de templo.
En el libro se invita a entrar en los museos como herejes. ¿Cuál sería hoy la herejía más urgente y necesaria?
Probablemente la más importante sea entender que el objeto no puede ser lo único relevante. Los objetos son fundamentales. Son la razón de ser de los museos, igual que respirar es esencial para vivir. Pero no pueden situarse por encima de las personas. Los museos tienen que tender puentes con quienes construyen la memoria colectiva porque los objetos, por sí solos, no dicen nada. Necesitan contexto, mediación y mucho más diálogo. El problema aparece cuando se presentan objetos sin ningún tipo de acompañamiento, como si todo el mundo tuviera las mismas herramientas para interpretarlos.
El problema aparece cuando se presentan objetos sin ningún tipo de acompañamiento, como si todo el mundo tuviera las mismas herramientas para interpretarlos
Esa visión exige tiempo, recursos y personal. En un contexto de precariedad cultural, ¿es realista pensar en procesos de mediación más ambiciosos?
Precisamente ahí está parte del problema. Cuando entendamos que conectar con la sociedad no es una tarea secundaria, sino el núcleo de nuestro trabajo, quizá empezaremos a priorizar de otra manera. Tal vez sea mejor hacer una exposición menos al año y dedicar más esfuerzos a construir vínculos con la comunidad. La relevancia social de los museos depende de ello. Vivimos en una cultura de la inmediatez, de los likes y del consumo acelerado de contenidos. Los museos todavía pueden ser espacios de resistencia cultural frente a esa lógica.
Vivimos en una cultura de la inmediatez, de los likes y del consumo acelerado de contenidos. Los museos todavía pueden ser espacios de resistencia cultural frente a esa lógica
Siempre pongo el mismo ejemplo: prueba a situarte delante de una obra durante siete segundos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Siete segundos es apenas el tiempo mínimo para empezar a percibir detalles. Cuanto más observas, más entiendes y más disfrutas. Sin embargo, hoy estamos acostumbrados a pasar de una imagen a otra constantemente. Los museos todavía pueden ofrecer una experiencia distinta, basada en la atención, la reflexión y el tiempo lento.
El libro cuestiona muchas inercias del sector cultural. ¿Ha sentido vértigo al publicarlo en un ámbito donde no siempre abundan las críticas públicas y mucho menos la autocrítica?
La verdad es que no. Hasta que vi el título definitivo ni siquiera me había planteado que pudiera resultar incómodo. Además, creo que muchas de las instituciones a las que podría interpelar ni siquiera se sienten aludidas. Dicho esto, también creo que se están haciendo muchas cosas bien y que cada vez está más extendida la idea de que los museos no pueden seguir funcionando como palacios cerrados.
Hace poco, varios artistas críticos con el modelo cultural de Palma explicaban en este diario que les cuesta expresar determinadas críticas por miedo a quedar excluidos del circuito artístico. ¿Entiende esa preocupación?
Sí, la entiendo perfectamente. Yo, por suerte, me siento bastante libre porque nunca he tenido una vinculación política pública con nadie y, además, soy una persona bastante directa. Digo lo que pienso. Pero entiendo que muchos artistas se sientan condicionados. El mundo del arte funciona a menudo a través de redes de afinidad, de relaciones personales y de posicionamientos. Comprendo que exista miedo a criticar determinadas políticas porque existe la sensación de que eso puede tener consecuencias.
El mundo del arte funciona a menudo a través de redes de afinidad, de relaciones personales y de posicionamientos. Comprendo que exista miedo a criticar determinadas políticas porque existe la sensación de que eso puede tener consecuencias
El problema es que, si nadie se atreve a expresar lo que piensa, terminamos perpetuando determinadas dinámicas. Y entonces pasa lo que pasa: se impulsan proyectos que no funcionan o que no responden a las necesidades reales del territorio y nadie lo cuestiona hasta que llegan las críticas desde fuera.
Por otro lado, las ayudas públicas de las que viven muchos artistas son necesarias y positivas, pero también generan dependencias. No es algo nuevo. Históricamente los artistas siempre han dependido de algún tipo de mecenas. Hoy muchas veces ese papel lo desempeñan las administraciones públicas. Hay una parte muy positiva, pero también una dimensión que puede limitar la libertad crítica.
Las ayudas públicas de las que viven muchos artistas son necesarias y positivas, pero también generan dependencias
En esa línea, casos recientes como el del Centro Galego de Arte Contemporáneo (CGAC) en Galicia han reabierto el debate sobre las buenas prácticas en la elección de direcciones de museos. ¿Siguen siendo una referencia útil?
Creo que, sin una normativa que las respalde, las buenas prácticas corren el riesgo de quedarse en una declaración de intenciones. Ojalá existieran mecanismos legales que obligaran a cumplir determinados criterios porque, de lo contrario, vemos constantemente cómo se incumplen sin consecuencias.
Para terminar. Una cuestión muy presente en el libro cuando se refiere a la McDonalización de los museos: el uso del arte como herramienta de promoción turística. ¿Le preocupa esa tendencia? En el caso de Palma, se dan ejemplos como la idea de llevar la colección del Thyssen a Gesa o las grandes exposiciones en la Llotja de Palma.
No me parece negativo que la cultura se convierta en un atractivo turístico. Al contrario. Ojalá cada vez más personas visiten Mallorca por su patrimonio, su arte o sus tradiciones. La cuestión es quién decide qué cultura se promociona y con qué criterios. ¿Se han realizado estudios de públicos? ¿Se ha consultado a la comunidad? ¿Se han valorado las necesidades reales del territorio? Ahí está el problema. No estoy diciendo que determinadas iniciativas deban hacerse o no hacerse. Lo que reclamo es rigor, reflexión y participación. Ya tenemos un museo de arte contemporáneo en Palma ¿Necesitamos otro? Quizá sí. Pero antes deberíamos preguntarnos qué aportará, qué necesidades cubre y qué quiere realmente la ciudadanía.
Los turistas que más nos interesan son precisamente aquellos que buscan aquello que nos hace únicos. Por eso creo que debemos apostar por propuestas vinculadas a nuestra historia, nuestra identidad y nuestras particularidades culturales. Y también diré una cosa: Miró está muy bien, pero después de Miró han pasado muchas cosas. Quizá ha llegado el momento de refrescar un poco el relato y mirar también hacia otras propuestas y otros creadores.