Amílcar Cabral, el líder que liberó dos países: “Era complicado encontrar al ser humano, rozaba la divinidad”

Julio López Ramón

Mallorca —
11 de abril de 2026 06:02 h

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Un hombre formado como ingeniero agrónomo, pero que unió a dos países (Guinea-Bissau y Cabo Verde) con poco en común salvo su idioma –el portugués de la metrópoli que los colonizó– para encabezar la lucha por la liberación anticolonial. Un líder asesinado solo ocho meses antes de la declaración unilateral de independencia de su país natal en septiembre de 1973, siendo reconocida por la ONU y más de ochenta países, y poco más de un año antes de que la metrópoli portuguesa acabara con la dictadura. Un referente en la historia contemporánea de África, que fue incluido según la revista británica BBC World Histories entre los cinco mejores líderes de todos los tiempos. Unir todas estas piezas supone hablar de la vida de Amílcar Cabral (1924 – 1973). 

Estas peculiaridades son las que motivaron al cineasta mallorquín Miguel Eek a crear y dirigir el documental ‘Amílcar’, en el que aborda tanto la trayectoria política de este líder guineano como aspectos de su vida inéditos, incluyendo la esfera personal. Una pieza, además, que ha recibido el premio extraordinario del Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam (IDFA), le ha valido su participación el Festival Internacional de Cine de Gijón y que, además, haya sido seleccionada por el Museum of Modern Art de Nueva York (MoMA) como película destacable, algo que no sucedía con una pieza española desde hace seis años.

Miguel Eek se inclinó por profundizar en la vida de este líder coincidiendo con una crisis económica y política en España: “Me resuena en esa época ver que hay alguien en una latitud y tiempo tan alejados al mío que, por primera vez, como que me interpela lo que dice, más que políticos contemporáneos de mi territorio”, señala el director.

Esta llamada a la acción motiva a Eek a dedicar tres años a entrevistar a más de 40 familiares, compañeros de lucha y biógrafos para conocer en profundidad al personaje. Entre ellos, la historiadora Iva Cabral (además, hija del líder guineano), Pedro Pires, expresidente de Cabo Verde y el político y opositor de la dictadura salazarista Manuel Alegre.

Pero la tarea de investigación para la confección del documental no tenía como único fin explicar quién fue Amílcar Cabral o qué hizo. “Es una película de autor, que no pretende ser un documental arquetípico de biopic televisivo”, afirma Eek. “Es una pieza que tiene una propuesta en la que el espectador viva desde el personaje y no hacia el personaje; nadie te habla de Amílcar, sino que es una tentativa de encarnar al personaje a través de sus textos íntimos a través de imágenes subjetivas”, añade.

Es una pieza que tiene una propuesta en la que el espectador viva desde el personaje y no hacia el personaje; nadie te habla de Amílcar, sino que es una tentativa de encarnar al personaje a través de sus textos íntimos a través de imágenes subjetivas

Adelantado a su tiempo, Amílcar Cabral, tal y como narra el historiador panafricano Omer Freixa, “en 1956 fundó la primera organización política por la independencia ya observando desde temprano las injusticias presentes en las dos sociedades”. Esta organización política fue el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC). El hecho de que residiera en la capital portuguesa durante su formación como ingeniero agrónomo en la Universidad Técnica de Lisboa permitió que hiciera “causa común con otros estudiantes que más tarde se convertirían en importantes dirigentes, como el caso de Mário Pinto de Andrade, uno de los fundadores del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA)”, agrega Freixa.

Una figura con luces y sombras

La mirada subjetiva que Miguel Eek ha plasmado sobre la figura de Amílcar Cabral permite que se plasme un personaje con luces y sombras. “En las entrevistas preliminares que hice me resultaba complicado encontrar al ser humano porque todo era tan idílico, se hablaba de una divinidad, casi de un mito”, afirma Miguel Eek. Estas sombras “tienen que ver con cómo gestionar un proceso de liberación con guerras de por medio, con tensiones enormes dentro de un partido, con mucha falta de medios y de ideología en la propia lucha, lo cual generaba abusos de poder dentro del propio partido que él tenía que depurar”, añade. Por ello, “tuvo que ejercer la autoridad de una forma que podría ser cuestionable; un exceso de liderazgo o de concentración de poder que quizá él entendía que era la única forma de asegurar el éxito, pero que también granjeó ciertos desequilibrios”.

Tuvo que ejercer la autoridad de una forma que podría ser cuestionable; un exceso de liderazgo o de concentración de poder que quizá él entendía que era la única forma de asegurar el éxito, pero que también granjeó ciertos desequilibrios

Uno de los mayores retos fue unir a dos países con poco en común: “Amílcar soñó muy alto a la hora de imaginar la independencia de dos países cuya realidad colonial, social, tribal y económica muy diferente. Cabo Verde es un archipiélago y Guinea-Bissau es un pequeño país continental con muchas tribus”, admite Miguel Eek. Algo que alimentó dichas discrepancias: “Los caboverdianos eran fundamentalmente mestizos y los guineanos eran negros, de diferentes tribus y con diferentes ambiciones y deseos de no perder su poder, lo que generó muchas tensiones intestinas”, añade.

La estrategia con la que se abordó la lucha anticolonial generó también muchos roces: “En general, los que estaban al frente de la lucha eran los guineanos, cuando los caboverdianos estaban más en la retaguardia y en la parte estratégica”, indica. “Unir a dos países en una lucha común fue algo tremendamente dificultoso que comprometió su propia vida”, agrega el director.

Otra de las peculiaridades del posicionamiento ideológico revolucionario de Cabral fue la firme apuesta por la lucha armada como único medio de consecución de la independencia: “No se dieron otros canales de resolución del conflicto, en Portugal tampoco existió democracia. Además, una huelga pacífica terminó en la masacre de Pidjiguiti (1959) que aceleró los pasos para una salida revolucionaria”. Sumado a ello, “a diferencia de otras administraciones coloniales, la intransigencia de Lisboa a conceder la independencia o a negociarla aceleró la vía armada, en tanto herramienta política para alcanzar la libertad y no como un fin en sí misma”, añade el historiador.

Sin embargo, es llamativo el hecho de que ambos países finalmente consiguieran la independencia por separado: mientras Guinea-Bissau se declaró independiente el 24 de septiembre de 1973, Cabo Verde hizo lo propio el 5 de julio de 1975. Omer Freixa expone que ambos caminos fueron distintos: “El caso de Guinea Bissau fue violento, ubicándose el comienzo de la guerra por la liberación en 1963 e incluyendo en su curso, diez años más tarde, el asesinato de Cabral, que no impidió que el PAIGC continuase el combate”, explica el historiador. En cambio, “el camino caboverdiano no fue violento. A diferencia de la mayoría de las independencias del bloque lusoafricano, la emancipación del archipiélago fue negociada y el país no sufrió ningún golpe de Estado”, añade. Por ello, Freixa resalta lo “notorio” que es, pues, “que ambas naciones hayan permanecido unidas siguiendo los preceptos del PAIGC, aunque de forma nominal”.

El caso de Guinea Bissau fue violento, ubicándose el comienzo de la guerra por la liberación en 1963 e incluyendo en su curso, diez años más tarde, el asesinato de Cabral. [En cambio] El camino caboverdiano no fue violento y el país no sufrió ningún golpe de Estado

La ambición de Cabral por organizar a dos países y capitalizar una revolución no pasó inadvertida para la metrópoli lusa: “En paralelo, la policía portuguesa iba observando y lo que el partido y el propio Amílcar hacían. Estaban muy infiltrados y había una información muy precisa de sus movimientos, pero él no sabía hasta qué punto todos sus planes estaban siendo monitorizados”, narra Eek.

Asimismo, Cabral también era consciente de la situación política que atravesaba la metrópoli portuguesa, con una dictadura que iba debilitándose cada vez más: “Cabral tuvo informantes en la metrópoli a través de una red del partido sumado al testimonio de prisioneros de guerra portugueses. Supo que la moral de los soldados metropolitanos estaba por los suelos y que Portugal también se encontraba bastante aislado en el contexto internacional”, afirma Omer Freixa.

La cultura como motor de la revolución

Amílcar Cabral reivindica la cultura propia como motor de la revolución y de la resistencia frente al dominio extranjero. Omar Freixa destaca la necesidad del movimiento de liberación de conocer profundamente la cultura del pueblo. No obstante, se partía de un punto de negación: “Para él, la asimilación progresiva [de la cultura de la metrópoli] era un intento violento de negar la cultura propia y, como tal, un acto inhumano”, señala Freixa. 

Para Cabral, la educación y la cultura de los pueblos guineanos y caboverdianos era fundamental, “dos pueblos que debían renacer y recuperar su identidad”. “El nacionalismo debía ser el motor principal para una reestructuración social. Como planteó el dirigente, si la lucha por la liberación es un acto cultural, recuperar la cultura implicaba obras concretas por el progreso”, detalla Omer Freixa.

Otro de los conceptos que Cabral propuso fue la idea del ‘suicidio’ de la clase burguesa para su posterior ‘renacimiento’ como trabajador revolucionario. Para poder sortear esta aceptación de la burguesía, “Cabral ofrecía a la burguesía la oportunidad de radicalizarse, identificarse con las masas y no adoptar una actitud contraria al ideal revolucionario. No todos los sectores obraron de forma monolítica ante esa propuesta”, explica Freixa.

Más allá de su esfera política y filosófica, Miguel Eek habla también en ‘Amílcar’ de sus dos matrimonios. El primero de ellos fue con María Helena Rodrigues, una ingeniera agrónoma a la que conoció durante sus estudios en Lisboa y con la que tuvo que lidiar con los prejuicios tanto de los portugueses como de los guineanos: “Las relaciones entre blancos y negros en la Lisboa de los años 60 no gozaban del beneplácito ni de las familias ni del ámbito social. Incluso cuando María Helena fue con Amílcar a Guinea, tampoco fue bien recibida, no era su lugar en una sociedad que veía al blanco como el opresor”, relata Eek.

Las relaciones entre blancos y negros en la Lisboa de los años 60 no gozaban del beneplácito ni de las familias ni del ámbito social. Incluso cuando María Helena fue con Amílcar a Guinea, tampoco fue bien recibida, no era su lugar en una sociedad que veía al blanco como el opresor

Cabral se volvería a casar, esta vez con Ana María Cabral, con quien estaría hasta su asesinato en 1973. “Gracias a ella he podido construir esta película, en esa aproximación íntima que descubrimos el otro lado de un líder revolucionario”, subraya Miguel Eek.

Muerte y legado

Amílcar Cabral fue asesinado el 20 de enero de 1973 y, como señala Omer Freixa, “dos de los autores materiales del homicidio eran parte de las filas del partido nacionalista”, lo que “da una muestra de la medida en que no todo era unidad al interior del PAIGC si se considera la tesis de un complot 'desde adentro'”.

Sin embargo, pese a su prematuro fallecimiento, “Cabral se ha erigido como uno de los grandes referentes de la época de las independencias de África junto a otras figuras como Patrice Lumumba, Jomo Kenyatta o Eduardo Mondlane”. “Gracias a él, se pudo coordinar y articular la lucha de las posesiones portuguesas contra el colonialismo”, recuerda Freixa.

Como figura filosófica y política, “sigue siendo una figura tremendamente inspiradora para un pensamiento progresista y panafricano”, añade Eek, quien destaca que “era un tipo tremendamente visionario y nos habla sobre hasta qué punto la utopía sigue siendo un motor de cambio y que cada generación tiene que seguir reconquistando los derechos conseguidos”.

Por ello, Amílcar se ha convertido en el documental, como el propio Eek describe, más “ambicioso” que ha hecho: “Sobre todo por la necesidad de entender bien a un personaje, a una cultura y a un territorio del cual sabía muy poco y que me llevó a un proceso de documentarme mucho para no sentirme más intruso de lo que ya soy”. “El reto era no caer en miradas coloniales, condescendientes o romantizadas”, añade. 

El éxito que ha tenido el documental desde su estreno y la peculiaridad de que un director y cineasta español haya abordado la historia de un líder que encaminó la revolución hacia la independencia de dos países como Guinea-Bissau y Cabo Verde es una muestra de que “se pueden hacer películas que trasciendan lo local, que viajen y que hagan que la industria del cine español esté presente”, comenta el director. “Y que se vea que somos capaces de contar historias que conectan con nosotros no necesariamente desde lo próximo, sino que lo próximo está en lo universal”, concluye.