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Gonçalo M. Tavares, premio Formentor 2026: “La inteligencia artificial está pensada para contentar a los perezosos”

La noche cae sobre la Badia de Pollença. Después de que una ráfaga de flashes anuncie la llegada de la comitiva política que encabeza Marga Prohens y de que una guitarra española haya interpretado un repertorio de piezas clásicas, Gonzalo M. Tavares se echa para atrás la bufanda sobre los hombros de la chaqueta vaquera, agradece al jurado, nombra a la traductora, “Rosa Martínez-Alfaro”, de entre las palabras que tiene escritas delante de sus gafas redondas, agarra con fuerza los papeles para que no se escapen al Mediterráneo y, “en un ”español aproximado“, lee en voz alta:

–Estamos inclinados con fuerza hacia la muerte, como una piedra bípeda que se ha lanzado desde lo alto y que, mientras no toca el suelo, hace lo que el destino permite; a veces escribe, otras veces calla. Pero imagino esto: escribir mientras se cae. Escribir es una modalidad de la caída. Una forma de caer sin quedarse callado. Una forma de ver caer a los otros sin callar…

En el retorno del Premio Formentor de las Letras al hotel donde nació a principios de los sesenta, Tavares pronunció este domingo un discurso titulado Piedra, planta, animal y escritor. Escucharlo fue como sumergirse en los motivos que empujan a este novelista, poeta, dramaturgo y ensayista a empuñar todos los días dos herramientas artesanales. La lectura, “una cosa de locos”, y la escritura, “un pequeño agujero en esta barrera infernal de acontecimientos del siglo”. “Necesidades corpóreas” que le han llevado a publicar una treintena de obras en una carrera que arrancó al cumplir los treinta, hace justo un cuarto de siglo.

Admirador de Cervantes y admirado por Saramago –al que también consideró un maestro que “ensanchó el mundo” a sus compatriotas–, Tavares se ha convertido en el tercer escritor portugués más traducido de todos los tiempos. Sólo Pessoa y Eça de Queirós lo superan. Al integrarse –con Beckett, Borges o, más cercana en el tiempo, Ernaux– en “la familia de Formentor”, su apellido podría sonar con más fuerza todavía cuando dentro de un año se anuncie el ganador del próximo Premio Nobel de Literatura. El éxito no parece trastornar, sin embargo, a un hombre que quizás sólo escriba para que sus dos hijas y su hijo –que se dedican a la música, el cine y las matemáticas– no caigan en la tentación de la inteligencia artificial; para que no “abdiquen de su pensamiento” y olviden que “la densidad del mensaje necesita tiempo”.

Tavares, en Mallorca, no regateó ni un segundo. Veinte minutos duró su discurso y tres cuartos, la rueda de prensa que había ofrecido a las tres de la tarde de un 1 de noviembre donde dejó titulares de altura: “La literatura no es un asunto de mercaderes”, “el fascismo es la fuerza que se pone delante de los frágiles”, “el mal en el lenguaje no está en los sujetos sino en los verbos; quien piensa que no será nunca el malo es quien más opciones tiene de morder la carne frágil”. Tampoco faltaron las entrevistas antes de la gala. El escritor hizo media docena. Cuando llegó el turno de elDiario.es y tras posar diligente ante el fotógrafo, Tavares agradeció poder expresarse en su lengua natal. Si el cerebro tiene un enemigo, “es el cansancio”: “Por eso los pobres no pueden hacer la revolución”.

Algunas de sus obras, como los relatos que articulan, por ejemplo, sus Historias falsas, parecen escritas pensando en lectores infantiles o, al menos, en un público juvenil. ¿Concibió así esos relatos de filosofía imaginada?

A mí me gusta escribir algunos libros de una forma muy simple, como, por ejemplo, El señor Valéry [el primer volumen de El Barrio, una serie de libros donde Tavares pone a dialogar a escritores como Paul Valéry, Italo Calvino o Robert Walser]. Es un libro que puede ser leído por diferentes edades, cada una extraerá diferentes interpretaciones. Me gusta la idea de no ver el lenguaje como una barrera.

El lenguaje siempre tiene diferentes capas y, cada capa, es una tonalidad.

Sí, claro. Por eso, un niño puede disfrutar de la filosofía. Ante cualquier relato filosófico se va a fijar en aspectos diferentes que un adulto.

Pero luego vivimos en unas sociedades que le tienen miedo a lo complejo, que ven en lo difícil un problema en vez de una oportunidad para estimular a los curiosos, que consideran la filosofía como una asignatura inútil y prescindible. ¿Le echamos la culpa a la fragmentación provocada por el uso de internet? Si fuera así, sería un poco paradójico que la literatura a la que se le pone la etiqueta de difícil sea la fragmentaria. Un tipo de literatura que ha practicado en algunos de sus libros.

Sí, porque hay otros, sobre todo, novelas donde he escrito de una forma más lineal y menos fragmentaria. Pero. sí, la tecnología, de alguna manera, más que fragmentar, lo que creo que hace es que no permite que las personas excaven en el texto. Un texto puede ser muy bueno, pero leído en una pantalla conectada a internet puede conducir a la superficialidad. Lo importante, diría, es la cuestión del soporte. Una buena idea sobre un papel (o sobre una tela) es leída de una forma diferente. Estamos creando, sin embargo, una sociedad de desatentos, de personas que se sienten constantemente fuera de juego, atrasadas: cuando ven una imagen, sienten automáticamente que tienen que ver la siguiente imagen. ¿Cómo se puede leer, entonces, un texto, si siempre quieres estar en otro sitio? Pienso que la literatura es el mundo de la lentitud y de la soledad. En una sociedad tan rápida, ligada a las redes y la idea de grupo, la literatura aparece como algo fuera de este siglo.

Estamos creando una sociedad de desatentos, de personas que se sienten constantemente fuera de juego, atrasadas: cuando ven una imagen, sienten automáticamente que tienen que ver la siguiente imagen. ¿Cómo se puede leer, entonces, un texto, si siempre quieres estar en otro sitio?

Y, en mitad de la aceleración que describe, ¿la educación, la escuela, puede enseñar a los niños de hoy que, para defenderse, “las palabras son más poderosas que el kárate”, una metáfora que le gusta mucho utilizar?

¡Eh! [ríe] La escuela debería ser transformadora, pero, infelizmente, siento que no lo es. Al menos, por la experiencia contemporánea que tengo en Portugal. No me refiero únicamente a la educación, también al papel de las familias en un asunto muy importante. Leer y dominar el lenguaje no es sólo una cuestión de eruditos y académicos, está relacionada con nuestras vidas. Y voy a dar algunos ejemplos. Si alguien no supiera leer y, de alguna manera, fuera un tonto, yo me pregunto: ¿esa persona, de quién se va a enamorar? Con una tonta o con un tonto, ¿no? Por muy guapa exteriormente que sea esa persona, si usted es inteligente y se enamora de ella… a las dos semanas se le va a pasar, ¿no? Eso también se traspasa a la amistad. Si uno es tonto, va a tener amigos tontos. Por eso, la cuestión del lenguaje no es un problema que deba preocupar a los escritores sino a toda la sociedad.

La escuela debería ser transformadora, pero, infelizmente, siento que no lo es. No me refiero únicamente a la educación, también al papel de las familias en un asunto muy importante. Leer y dominar el lenguaje no es sólo una cuestión de eruditos y académicos, está relacionada con nuestras vidas

En cualquier entrevista cuenta que escribir es una necesidad física, corpórea, ¿pero qué es leer para usted?

¡Leer también es otra necesidad! Es difícil, pero puedo pasar uno o dos días sin escribir. Sin embargo, desde que tengo recuerdos, no creo que haya pasado un sólo día sin leer. La lectura me da mucho placer. Creo que, junto a la escritura, está ligada una cosa básica para el ser humano: estar sozinho, solo, unas horas todos los días. Es la necesidad de aislamiento lo que te lleva a la lectura y a la escritura.

Suele contar que la literatura le ganó el pulso a las matemáticas y al fútbol, las otras dos pasiones que le ocuparon hasta bien entrada la adolescencia. ¿Por qué le ganaron los libros a las ecuaciones y al balón?

Poco a poco, de forma natural, fui creando un búnker. Espacial y temporal. El búnker era –y es– mi escritorio. Y también lo es la franja temporal en la que escribo, que siempre es por las mañanas. Son sagradas.

¿El lugar donde se suele escribir es una república independiente?

Sí, a veces pienso que la mesa donde escribo pertenece al siglo XIX en vez de al siglo XXI. Es como si me trasladara al pasado porque desconecto internet, desconecto el móvil, así puedo concentrarme. Es una disciplina que practico desde los dieciocho años, más o menos. Mis padres siempre respetaron esa disciplina. Si querían hablar conmigo, pasaban un papel por debajo de la puerta para no interrumpirme. Fijémenos en la etimología de la palabra concentración. Con-cen-tra-ción. Con un centro. Es igual en portugués y en español. Estar concentrado es tener un centro.

El centro de gravedad permanente que cantaba Battiato.

¡Sí! Y, de alguna manera, hay un único centro. No podemos estar concentrados en varios centros. Si lo intentamos, nos descentramos. Guardando las mañanas para la lectura y la escritura, me permito conseguir una energía súper atómica. Para ilustrarlo me gusta recurrir a la imagen de una lupa. Siendo un niño, ¿quién no ha concentrado los rayos del sol en su cristal para ver cómo queman? Los pensamientos en nuestra cabeza funcionan igual. Si los concentramos, el fuego se enciende.

La capacidad de síntesis quizás sea uno de los puntos más fuertes de su literatura. Tanto en la frase corta como en las frases más desarrolladas. ¿Es muy exigente cuando edita sus propios borradores?

Yo escribo muy rápido –veinte y veinticinco páginas en una mañana– y luego tardo mucho tiempo en corregir –quizás, veinte días para mirarme esas veinte páginas. Es un gran esfuerzo, a veces, para eliminar sólo una palabra. Pero también creo que el propio tiempo trabaja sobre el texto. Por eso a veces tardo un año –o dos– en ponerme a revisar lo que escribí.

Yo escribo muy rápido –veinte y veinticinco páginas en una mañana– y luego tardo mucho tiempo en corregir –quizás, veinte días para mirarme esas veinte páginas. Es un gran esfuerzo, a veces, para eliminar sólo una palabra

¿Esa espera es una fórmula involuntaria para escribir profecías? Se lo pregunto porque profética es el adjetivo que suele acompañar a su última novela: O fim dos Estados Unidos da América: epopeia. La escribió en 2019, se publicó en 2025, en portugués, y Seix Barral la lanzará en castellano en 2027. Cuenta la historia de un imperio real, el yanqui, asediado por un virus que sólo se contagia dentro de sus fronteras. Una pandemia nacional.

Curiosamente, la mejor manera de intuir lo que va a pasar en el futuro es mirar hacia el pasado. Mi punto de partida fue Edipo, el griego. En aquel mito la ciudad de Tebas está asediada por la peste. Yo estaba revisando la Antigüedad cuando, de repente, percibí algo que iba a suceder en el futuro inmediato. La Historia no deja de repetirse en cierta manera. Por eso, un profeta también es, a su manera, historiador. Lo profético, más que magia, son evidencias. Basta fijarse en los signos para intuir lo que podría suceder.

En la misma época en la que estaba escribiendo O fim dos Estados Unidos, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española eligió como palabra del año un término ideado por la filósofa Adela Cortina que también existe en portugués: aporofobia. A partir de ese miedo a la pobreza…

… sí, sí, es que vivimos en un mundo donde las diferencias sociales no dejan de agrandarse…

… en su última novela, fantasea con agrandar todavía más la división entre ricos y pobres. La pandemia que atraviesa la distopía que ha escrito llega al punto de modificar la biología humana. Ricos y pobres pueden tener sexo, pero no pueden aparearse. Como si en vez de personas de clases sociales diferentes fueran ejemplares de dos especies distintas. Los padres de la eugenesia habrían soñado con un mundo así de cruel.

Sí, el libro es una metáfora de esa idea que pretende hacernos creer que el problema de la economía son los pobres, un símbolo de la visión que considera al pobre como un intocable y la pobreza como una dolencia, una enfermedad. Esos conceptos provocan que la hospitalidad de una sociedad hacia los pobres se reduzca drásticamente. A mí me encanta pensar en los hospitales –públicos– como un espacio de hospitalidad.

La palabra hospital comparte raíz con hotel. Los hospitales primigenios eran asilos, hospicios, posadas.

Exacto. Un hospital público es una de las cosas más bonitas que haya podido crear el ser humano porque choca frontalmente con esa aversión que se le tiene al pobre. Como si la pobreza fuera contagiable.

Esa reflexión me ha hecho pensar en los pocos minutos de que disponen los médicos de cabecera en muchos centros de salud españoles para ver a sus pacientes. La consulta dura doce, diez, ocho minutos incluso. Un tiempo cada vez más pequeño.

[Piensa unos segundos] Es curioso pensar cómo cambian las cosas. Para los griegos ser hospitalario era una cuestión básica. Los dioses se enmascaraban en forma de pobres y ponían a prueba a los anfitriones. En el mundo tan veloz en el que vivimos, sin embargo, muchos poderosos han prescindido de la idea de hospitalidad.

Para los griegos ser hospitalario era una cuestión básica. Los dioses se enmascaraban en forma de pobres y ponían a prueba a los anfitriones. En el mundo tan veloz en el que vivimos, sin embargo, muchos poderosos han prescindido de la idea de hospitalidad

En el discurso que pronunciará cuando recoja el Prix Formentor [la entrevista se lleva a cabo antes de la gala] ha escrito esta frase: “Leer no cambia el mundo, pero permite verlo mejor”. ¿La literatura no puede ilusionarnos con un futuro donde el poder se arrodille de nuevo frente a la belleza, un concepto con el que usted ha jugado en alguna de sus fábulas?

Infelizmente, no creo que la literatura pueda llegar a tanto. Puede cambiarnos individualmente, pero no puede cambiar un país. A veces, tiene más influencia una noticia publicada en un periódico que un libro entero. Pero lo que sí puede hacer la literatura es describir la fisonomía de la fuerza. Porque la tarea de un escritor serio no es escribir para el emperador sino para los que luchan contra el emperador. Por eso, la literatura es un ejercicio de resistencia.

Infelizmente, no creo que la literatura pueda llegar a tanto. Puede cambiarnos individualmente, pero no puede cambiar un país. A veces, tiene más influencia una noticia publicada en un periódico que un libro entero

Entre españoles lusófilos hay una conversación que suele repetirse: en Portugal, todo va más lento que al este lado de la raya; hay, incluso, un amor o, quizás, un respeto por las cosas viejas, auténticas. ¿Usted lo ve también así o esa imagen que le he descrito es el cliché de una postal turística?

Creo que es una visión externa… y que la culpa quizás la tenga el fado [ríe]. Portugal es un país muy eléctrico: posee todas las cualidades y defectos de la velocidad. Hay un Portugal contemporáneo muy vinculado a la tecnología, a la inteligencia artificial, etcétera… También estamos perdiendo una cierta sabiduría que habita en el campo. Por eso, no creo que seamos una excepción en esta Europa acelerada.

¿Todo cambió con la turistificación de Lisboa y Oporto, los casos más evidentes de que el PIB aumenta, pero la clase media se empobrece?

La cuestión habitacional se tornó en tragedia porque en pocos años se triplicaron los precios. Ni yo ni nadie tiene soluciones ante esa realidad, pero creo que es importante reconocer –de forma nítida– que hay un problema, claramente un problema, con el fenómeno Airbnb: que cada casa pueda ser un micro hotel. Objetivamente, hay menos casas para habitar. Aquí, en Mallorca, he hablado con Basilio [Baltasar, el director de la Fundación Formentor] sobre la contradicción de cómo podemos solucionar ese problema si no queremos prohibirnos viajar y ser turistas. Pero lo que sí veo es que estamos ante un desequilibrio, donde el dominio turístico vence a las poblaciones locales.

La cuestión habitacional se tornó en tragedia porque en pocos años se triplicaron los precios. Ni yo ni nadie tiene soluciones ante esa realidad, pero creo que es importante reconocer –de forma nítida– que hay un problema, claramente un problema, con el fenómeno Airbnb: que cada casa pueda ser un micro hotel

Los habitantes de las Illes Balears –donde parece que llegaremos a los veinte millones de turistas este año– lo experimentamos todo el tiempo.

Y tanto. En Barcelona lleva muchos años ocurriendo. Enrique Vila-Matas suele decir que lleva mucho tiempo sin lograr bajar a Las Ramblas. Yo soy lisboeta –porque vivo en Lisboa– y tampoco bajo al centro de la ciudad porque ya no lo reconozco. Es una invasión, pacífica, pero invasión, que cambia el ritmo de las ciudades. Me parece triste, ¿pero cuál es la solución? ¡Eh! No lo sé.

Vamos a terminar la entrevista y todavía no apareció el elefante en la habitación, el primero de los temas que los editores que se han reunido en este hotel han planteado en sus conversaciones: el uso de la inteligencia artificial en la literatura. Imaginemos que un colega suyo, escritor, le llama para citarse en un restaurante, pero que el almuerzo no es más que una excusa para plantearle el siguiente dilema: su colega tiene un contrato firmado con una editorial importante, ha cobrado un adelanto, se acerca la fecha de entrega y, como está bloqueado y no va a poder entregar el manuscrito, siente tentaciones de recurrir a la inteligencia artificial. ¿Qué le respondería?

¡Que la inteligencia artificial –para la literatura– es una invención del diablo! Soy muy pesimista respecto a eso. La inteligencia artificial está pensada para contentar a los perezosos y la pereza no es más que la ilusión de conseguir algo sin trabajárselo. ¿Qué le contestaría a ese escritor? Dedíquese a cualquier otra cosa. Usar una máquina para escribir, para mí, es tan absurdo como inaceptable; es lo que hace alguien que no quiere escribir, que no tiene la necesidad de escribir, que no siente que escribir forme parte –y dé sentido– a su vida. Tal vez, si me plantea esa cuestión, su necesidad sea, simplemente, la de fingir que edita un libro.