Los ‘beach clubs’ aniquilan los chiringuitos tradicionales de Ibiza: “Antes podías sentarte y apoyar los pies sobre la arena”
La llegada a Cala Gració ofrece una vista panorámica de la playa, con una extensa área de arena ahora ocupada por camas balinesas que han sustituido a las tradicionales hamacas. “Antes íbamos al chiringuito con mi familia a comer pescado, que era de los más baratos y buenos de la isla”, explica Laura Prats, de 28 años y oriunda de Sant Antoni. Ahora, siguen yendo casi cada día a la cala, pero se instalan en la parte rocosa, junto a las tradicionales casetas de pescadores, desde donde se bañan sin consumir. ¿El motivo? El antiguo chiringuito ha dado paso a un negocio orientado al turismo de alto poder adquisitivo y consumir allí ha dejado de estar al alcance de muchos residentes.
Cala Gració y Cala Gracioneta están conectadas por mar y también por un pequeño camino de tierra que serpentea por la parte superior del acantilado que las separa. En el imaginario colectivo ibicenco existe una práctica no escrita, pero ampliamente compartida: cruzar a nado desde la primera hasta la segunda, más pequeña, recóndita y de aguas todavía más turquesas y cristalinas. Desde hace tiempo, sin embargo, la hermana pequeña de estas dos calas ha dejado de ser un lugar para sentarse a comer o tomar algo si uno no está dispuesto a asumir los precios del restaurante.
Grupo Mambo adquirió el antiguo chiringuito hace más de una década y hoy ofrece una carta de cócteles y gastronomía orientada a un cliente muy distinto. El negocio se vende en su página web como “el restaurante de playa ideal para quienes piensan que los veranos sin chiringuito son menos verano” y también como un enclave para celebrar bodas frente al mar, eventos corporativos o celebraciones privadas. Ahora, la ocupación del litoral por parte del grupo empresarial se extiende también a la cala vecina, hasta hace poco uno de los refugios habituales para muchas familias residentes.
“Antes buscábamos cangrejos”
“Cuando éramos pequeños, mis amigos y yo buscábamos cangrejos, jugábamos al fútbol y nos refugiábamos bajo la sombra de los árboles”, recuerda Laura. También rememora cómo, cuando iban a comer al antiguo chiringuito, el propietario se acercaba mesa por mesa para explicarles qué pescado había comprado aquella mañana en el mercado.
Cuando éramos pequeños, mis amigos y yo buscábamos cangrejos, jugábamos al fútbol y nos refugiábamos bajo la sombra de los árboles
Gabriel Pizzuto, de 29 años y también de Eivissa, conserva recuerdos parecidos. Durante la Primaria acudía con el colegio de excursión a Cala Gracioneta y, ya de adolescente, volvía muchas veces con sus amigos. Este privilegio para los residentes desapareció la temporada pasada con el cambio de modelo del negocio y hoy queda reservado, en gran medida, a quienes pueden permitirse consumir allí.
Los precios reflejan ese viraje. Los postres alcanzan los 20 euros, una ración de calamares a la andaluza cuesta 30 y un coco importado de países próximos al trópico, 16. Según los últimos datos disponibles de la Agencia Tributaria, correspondientes a 2023, la renta bruta media de los residentes de Sant Antoni fue de 32.668 euros. Tras impuestos y cotizaciones, cada declarante dispone de una renta neta media de 26.294 euros anuales, la más baja de toda Eivissa. En el extremo opuesto se sitúa Sant Joan, con una renta neta media 7.258 euros superior –alrededor de un 22 % más–. Por detrás figuran, por este orden, Santa Eulària, Sant Josep y Vila.
Del turismo de masas al turismo premium
Hace aproximadamente un lustro que los alojamientos y buena parte de la restauración de Sant Antoni experimentan una subida general de categoría. Incluso en el casco histórico del municipio, tradicionalmente asociado al turismo de masas extranjero –especialmente británico, aunque también francés, alemán y neerlandés– han proliferado los hoteles boutique. Muchos de esos establecimientos acogían hasta hace pocos años a un perfil de visitante muy distinto: el que llegaba a la isla atraído por el ocio nocturno de bajo coste y que el Ayuntamiento intenta ahora sustituir por otro de mayor poder adquisitivo. El cambio no se limita a los hoteles, sino que también afecta al paisaje urbano, a los negocios y a la forma de consumir en el municipio.
Hace aproximadamente un lustro que los alojamientos y buena parte de la restauración de Sant Antoni experimentan una subida general de categoría. Incluso en el casco histórico del municipio, tradicionalmente asociado al turismo de masas extranjero -especialmente británico, aunque también francés, alemán y neerlandés- han proliferado los hoteles 'boutique'
Las décadas de los ochenta y noventa marcaron la expansión de la cultura LGTBIQ+ en Eivissa y consolidaron Sant Antoni como uno de los grandes centros de la vida nocturna de la isla. En ese contexto nacieron espacios como Café del Mar o Café Mambo, convertidos con el paso del tiempo en iconos internacionales de las puestas de sol y de la música electrónica. Ambos negocios ayudaron a construir una parte del imaginario turístico de Ibiza que todavía sigue vendiéndose dentro y fuera de la isla.
A pocos kilómetros, otro de los símbolos de aquella época también atraviesa un momento de transformación. La discoteca Amnesia –fundada por el filósofo Antonio Escohotado bajo el nombre de Taller del Olvido– ha perdido parte del protagonismo que mantuvo durante décadas tras la apertura de UNVRS, el nuevo hyperclub impulsado por The Night League en el mismo municipio y situado frente a la antigua Privilege, antes Ku.
La nueva postal de Cala Gració
El viraje hacia un turismo de mayor capacidad económica también se aprecia en el entorno de Cala Gració. El triángulo hotelero situado detrás de la playa ha experimentado un profundo proceso de renovación en los últimos años. En 2021, abrió OKU Ibiza y, un año después, TRS Hotel Ibiza amplió la apuesta por el segmento premium. A ellos se suma Cubanito Ibiza Suites, inaugurado en 2018 tras la reforma integral de los antiguos apartamentos El Coto. El establecimiento, propiedad de Concept Hotel Group, recrea la estética de la Habana de los años cincuenta y forma parte de la estrategia del grupo empresarial de convertir cada uno de sus hoteles en una experiencia temática.
El circuito se completa ahora con la llegada de Pomelo Playa, el antiguo chiringuito de Cala Gració adquirido por Grupo Mambo. La empresa ha declinado responder a las preguntas de elDiario.es sobre la operación y sobre el cambio de modelo aplicado al establecimiento.
El Ayuntamiento de Sant Antoni sostiene que el número de elementos autorizados sobre la playa no ha variado respecto a años anteriores: cien camas y cincuenta parasoles. Sin embargo, las camas balinesas ocupan una superficie considerablemente mayor que las antiguas hamacas, reduciendo el espacio disponible para quienes acuden a la playa con su propio equipo.
El Ayuntamiento de Sant Antoni sostiene que el número de elementos autorizados sobre la playa no ha variado respecto a años anteriores: cien camas y cincuenta parasoles. Sin embargo, las camas balinesas ocupan una superficie considerablemente mayor que las antiguas hamacas, reduciendo el espacio disponible para quienes acuden a la playa con su propio equipo
Los datos de la Plataforma de Contratación del Sector Público muestran que la explotación de los servicios desmontables de playa fue adjudicada para el periodo 2023-2026 por un presupuesto base de licitación de 33.303,67 euros anuales, lo que eleva el valor estimado del contrato hasta 133.214,68 euros. En la concesión anterior, correspondiente al periodo 2021-2022, el importe ascendía a 86.584,88 euros. Durante el año de la pandemia, el contrato se adjudicó por vía de urgencia por 46.517,68 euros.
El entorno de Cala Gracioneta ya había sido objeto de controversia en 2023, cuando una macrofiesta organizada por Grupo Mambo junto al colectivo alemán Keinemusik –y prevista para unas 5.000 personas– extendió el aforo del chiringuito –de unas 400– por toda la superficie de arena hasta la orilla, dificultando el acceso habitual a la pequeña cala.
El entorno de Cala Gracioneta ya fue objeto de controversia en 2023, cuando una macrofiesta organizada por Grupo Mambo junto al colectivo alemán Keinemusik amplió el aforo del chiringuito -unas 400 personas- hasta ocupar toda la superficie de arena de la cala
Colonización del litoral
La historia de Cala Gració no es una excepción. Se repite, con distintos matices, a lo largo de buena parte del litoral ibicenco, donde los precios aumentan temporada tras temporada y el espacio disponible para el uso cotidiano de residentes y visitantes se reduce progresivamente.
Las concesiones públicas para explotar servicios de playa han terminado, en muchos casos, en manos de empresas con una capacidad económica difícil de igualar. El resultado es un modelo de negocio orientado cada vez más hacia un visitante de alto poder adquisitivo, mientras que para buena parte de la población local sentarse a comer o tomar algo frente al mar se convierte en una opción cada vez menos accesible.
Las concesiones públicas para explotar servicios de playa han terminado, en muchos casos, en manos de empresas con una capacidad económica difícil de igualar. El resultado es un modelo de negocio orientado cada vez más hacia un visitante de alto poder adquisitivo
El verano pasado, vecinos del litoral de Sant Josep denunciaban precisamente esa sensación de pérdida del espacio público. Residentes de enclaves como Cala Espart o Cala Molí criticaban la ocupación creciente de las playas por parte de villas de lujo cercanas y de beach clubs que, según aseguraban, habían transformado por completo el uso tradicional de estos espacios.
“La playa es un espacio público”, trasladaron entonces a los trabajadores de varias de estas mansiones, denunciando prácticas que, a su juicio, restringían el acceso al litoral. La normativa establece que cualquier actividad comercial de alquiler de hamacas o sombrillas requiere de una concesión administrativa. Cuando la playa tiene carácter urbano, la competencia corresponde al ayuntamiento; cuando forma parte del dominio público marítimo-terrestre, depende del Govern balear, a través de la Dirección General de Costas.
El verano pasado, vecinos del litoral de Sant Josep denunciaban la pérdida del espacio público. Residentes de enclaves como Cala Espart o Cala Molí criticaban la ocupación creciente de las playas por parte de villas de lujo cercanas y de 'beach clubs' que habían transformado por completo el uso tradicional de estos espacios
Sin embargo, como comprobó elDiario.es el verano pasado durante la elaboración de otro reportaje, los precios regulados en muchas concesiones no siempre se respetan. Algunos establecimientos condicionan el acceso a hamacas y sombrillas a un consumo mínimo, una práctica que, aunque permite mantener formalmente el precio fijado para cada elemento –diez euros por hamaca y diez por sombrilla–, termina elevando considerablemente el coste real para los usuarios.
“A mí me gustaba el chiringuito porque podías sentarte y apoyar los pies sobre la arena”, explica Laura, que rutinariamente se encamina aún a la playa donde pasaba su infancia, sin poder disfrutarla ya de la misma manera.