Las lágrimas de Bernat: 93 años esperando justicia para su padre y su tío asesinados por los franquistas

Esther Ballesteros

Mallorca —
2 de noviembre de 2026 11:47 h

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“Gracias por este acto en memoria de mi padre y de mi tío Andreu”. Fueron las palabras que, entre lágrimas, pronunció Bernat, de 93 años, durante el acto llevado a cabo en el municipio mallorquín de Inca en homenaje a Bernat Mateu Ferrer y Andreu París Martorell, asesinados por los franquistas en marzo de 1937. Con la colocación de las piedras de la memoria en su recuerdo, la ceremonia, a la que asistieron decenas de familiares y vecinos, devolvió al espacio público los nombres de dos hombres cuyas vidas quedaron truncadas por la represión y la de sus familias, por la incertidumbre, el silencio y la ausencia.

La historia de ambos está ligada a Inca y a la militancia republicana y obrera. Andreu París era zapatero y uno de los referentes del movimiento obrero de Inca. Mateu Ferrer era republicano, de izquierdas y hermano de Antoni Mateu, alcalde de Inca, además de cuñado de Andreu París. Ambos fueron detenidos en julio de 1936 y encarcelados, primero en Inca y después en la prisión palmesana de Can Mir. Sus cuerpos continúan desaparecidos.

Durante el acto, el cronista de Inca Miquel Llorenç Villalonga recordó que, a principios del siglo XX, la ciudad estaba marcada por las desigualdades sociales. Mientras las familias terratenientes conservaban el poder y los nuevos industriales y comerciantes ganaban influencia, los jornaleros, los pequeños propietarios y los obreros fabriles vivían a menudo al límite de la supervivencia. Las largas jornadas, los bajos salarios, el trabajo infantil y la falta de viviendas dignas y de educación básica alimentaban un movimiento obrero cada vez más activo. En ese contexto, Andreu París y Bernat Mateu crecieron en una sociedad en la que empezaba a extenderse la esperanza de que las injusticias no fueran eternas.

Como recordó Villalonga, las revoluciones liberales y obreras del siglo XIX y, especialmente, la Revolución rusa de 1917 contribuyeron a imaginar una transformación del orden social. En Inca, republicanos, anarquistas y socialistas, junto con personas de otras sensibilidades políticas, compartían el objetivo de construir una sociedad más justa. Uno de los instrumentos fundamentales de aquella lucha fue el sindicato La Justícia, fundado en 1901 y vinculado al sector del calzado, que encabezó buena parte de las reivindicaciones obreras de la ciudad. Sus integrantes también participaron en la vida política local con la llegada de la Segunda República.

El cronista subrayó que los errores de la Segunda República no podían justificar el golpe de Estado ni la posterior represión, que calificó como una de las más cruentas: el 19 de julio de 1936 se puso en marcha una persecución planificada contra personas y organizaciones vinculadas a la democracia, la República y la justicia social, en la que acabaron siendo víctimas Andreu París y Bernat Mateu. Villalonga defendió que la colocación de las dos pedres de la memòria era una forma de reparar aquel sufrimiento y dignificar la memoria de ambos inqueros. Cerró su intervención con una petición: que nadie retire esas piedras, asentadas, dijo, “con el cemento del respeto, con el cemento de la libertad y con el cemento de la justicia”.

Andreu París presidió el sindicato La Justícia y fue fundador y vicepresidente de la Agrupación Socialista de la localidad, desde donde defendió los derechos de los trabajadores y la justicia social. En febrero de 1936 había firmado el documento de constitución de la agrupación socialista de Inca. Meses después, el golpe militar contra la Segunda República truncó su trayectoria.

París fue detenido el 19 de julio de 1936. Aunque quedó en libertad poco después, y ante el temor de que esconderse pudiera acarrear represalias contra los suyos, se entregó a la Guardia Civil en agosto, una vez nacida su hija pequeña. Primero estuvo preso en Inca y después fue trasladado a Can Mir, un antiguo almacén de maderas reconvertido en cárcel franquista. Un día, transcurridos siete meses, le dijeron a su hija, Antònia, que no volviera a llevarle comida, que había quedado en libertad.

Andreu París, siete meses preso y una desaparición sin respuesta

Hasta la estación de tren próxima a Can Mir llegó no sólo su abuela con su hija pequeña en brazos, sino también otras mujeres del pueblo que, desesperadas, “comenzaron a ir por todo, a Gobernación Civil y a otros edificios oficiales, preguntando adónde se lo habían llevado”, relató su nieta alDiario.es. Nunca encontraron el cuerpo de Andreu París, quien presumiblemente había sido víctima de una 'saca': cada dos o tres días, los presos de Can Mir eran 'liberados' y, conducidos bajo engaño por grupos de falangistas, acababan fusilados en las cunetas de las carreteras y en las tapias de los cementerios.

Sin embargo, en Inca, la más pequeña de las hijas se dirigía cada tarde a las cinco a esperar el tren que llegaba de Palma para ver si veía bajar a su padre. “Le habían dicho que era un hombre muy guapo y que llevaría puesto un abrigo azul marino, que era el que su madre le había llevado a la prisión cuando comenzó a hacer frío”, relató Oliver. Pero nunca lo vio apearse de ninguno de los vagones.

Bernat Mateu, entregado a sus verdugos pese a los intentos de salvarle la vida

Bernat Mateu Ferrer, conocido como Rinya, tenía 40 años cuando fue detenido. Era republicano, de izquierdas y hermano de Antoni Mateu, alcalde de Inca, además de cuñado de Andreu París. Su detención se produjo el mismo 19 de julio de 1936, mientras tomaba café en el Centro Socialista. Fue encarcelado en Can Mir. Según la documentación recogida por el portal Fideus, un sacerdote ordenó al director de la prisión que no lo entregara a nadie bajo ningún concepto. Sin embargo, la intervención no sirvió de nada: el policía Ramonell lo entregó a los ocupantes de un coche que merodeaba por la calle. Desde entonces, no se volvió a tener noticias de su paradero.

La violencia contra Andreu París y Bernat Mateu se inscribió en una represión que golpeó especialmente a quienes habían participado en la vida política y sindical republicana. En el caso de esta familia, la persecución no se limitó a dos hombres: el hermano de Bernat Mateu, Antoni Mateu, alcalde republicano de Inca, también fue asesinado. La historia familiar quedó así atravesada por la cárcel, las desapariciones y la pérdida de varios de sus miembros.

La emoción de Bernat, a sus 93 años, condensó el sentido del homenaje. Su agradecimiento por el recuerdo de su padre y de su tío fue también el testimonio de una memoria familiar que ha sobrevivido a la represión. Las piedras quedan como señal visible de esa historia y como recordatorio de que, detrás de cada nombre, hubo una vida, una familia y una ausencia que nunca dejó de pesar.