Opinión y blogs

Sobre este blog

El paisaje después de la batalla

Al final de la calle donde vivo, en el barrio de Arganzuela (Madrid), comenzaba, hasta finales de los años 50 del siglo XX, un asentamiento de chabolas conocido como el Poblado de Jaime el Conquistador. Para inaugurar la década de los 60 como merecía, el ministro de la vivienda franquista, José Luis Arrese, en un gesto claro que declaraba el fin del intervencionismo autárquico y el comienzo del intervencionismo del libre mercado, hizo demoler las chabolas para ceder los terrenos a constructoras privadas que alzarían altas torres (adiós a la vivienda unifamiliar, por precaria que fuese) entre las calles Torres Miranda y Fernando Poo. Sus habitantes fueron desplazados a “casa baratas” del barrio de San Fermín y en ese triángulo de oro se empezó a especular (sin banco malo mediante) con la vivienda social. Negocio viejo que llega hasta hoy.

Según el escritor londinense y psicogeógrafo Iain Sinclair deberíamos hoy sentir algo al pasear por esa parte del barrio. Y la verdad es que se siente. Es un cementerio del desarrollismo lleno de calles dedicadas a militares.

Se siente algo. Paseando por la nueva prolongación del muelle de Setúbal (Portugal), hoy llamada José Mourinho (sí, el entrenador del Chelsea nació allí) también. Es fácil encontrar en la zona pintadas que rezan: “Tróia é nossa” (Troia es nuestra), “Quero a velha Tróia” (Quiero la vieja Troia). Pintadas hechas por los movimientos de resistencia a la construcción del Troia Resort, un proyecto de turismo elitista que conmocionó a la comunidad del estuario del río Sado. Pintadas como rastros de una batalla urbanística lidiada hasta la década de los dosmiles. Y perdida por los setubalenses.

En la avenida mourinhista, flamante parque urbano con playa y multitud de restaurantes con barbacoas de exquisito pescado grelado -mucho mejor perderse por las callejuelas interiores y las tascas del antiguo barrio de pescadores, Troino-, es otro buen cementerio, digo promontorio, donde admirar el desastre paisajístico que dejó a los setubalenses, de rebote, sin la playa popular de Troia a la que accedían por carretera, hoy truncada por la propiedad privada de los condominios, y mediante barcazas que, a precio también popular, cruzaban el estuario. Hoy el ferry cuesta 6,95€ y prácticamente solo trae y lleva a turistas.

¿Acaso el paisaje no es un bien común y ha de preservarse como se cuida la memoria? Desde los años 70 del siglo XX se maneja institucionalmente el difuso concepto de “paisaje protegido” y comunidades autónomas como Cantabria, Euskadi o Galicia han llegado a sacar adelante sus propias leyes de protección del paisaje. Pero, más allá del papel y las buenas intenciones, ¿cómo se defienden los espacios de uso común que contienen esos paisajes de las amenazas del supuesto desarrollo económico?

Un día, mientras un brutal incendio comenzado en Ríotinto, Huelva, asolaba varias provincias andaluzas, un amigo de Berrocal, Huelva, me decía con los ojillos brillantes: “Joder, se me está quemando la infancia”. Mi paisaje fetiche es el Pirulí visto desde los descampados que separan Moratalaz de La Elipa, ahora cruzados por la M40. Cada palo que aguante su vela. Un día quizá me vea manifestándome para que no tiren una torre de telecomunicaciones que probablemente, para entonces, se sepa tóxica para los que hemos vivido en su radio de acción.

Decía Georges Perec que, analizado con detenimiento, nuestro camino de casa al colegio (posiblemente el que más veces hayamos hecho de manera continuada) contenía las claves de nuestra vida. Ya sea desde las lecturas animistas de Iain Sinclair y Georges Perec o desde la pelea ecologista y la reflexión urbanística contra los grandes proyectos como el de Troia, es preciso que identifiquemos el paisaje y su disfrute como bienes comunes a defender.

En Setúbal, tras la humillación de haber visto cómo les robaban la infancia, los portugueses se han mudado a la playa de Figuerinha, justo enfrente, desde donde tratan de mirar en dirección opuesta, al Atlántico que se abre, y no ver los hoteles de más de diez alturas que destrozan el horizonte al otro lado.

Allí, en Troia, esa bella barra de arena, hoy desierta (el negociazo solo resultó lucrativo a los que construyeron en su día a manos llenas), en ese paraíso natural privatizado, cuando baja la marea, se dejan ver las decenas de medusas que asolan, inexplicablemente, sus aguas heladas. A lo mejor vienen a convertir en piedra con su mirada a los constructores hijos de Agamenón, el caudillo que destruyó Troya. O como dice la última pintada del muelle de Setúbal: “O ferry vai e volta, a nós resta-nos a revolta”, “El ferry es de ida y vuelta, pero a nosotros nos queda la revuelta”.

Al final de la calle donde vivo, en el barrio de Arganzuela (Madrid), comenzaba, hasta finales de los años 50 del siglo XX, un asentamiento de chabolas conocido como el Poblado de Jaime el Conquistador. Para inaugurar la década de los 60 como merecía, el ministro de la vivienda franquista, José Luis Arrese, en un gesto claro que declaraba el fin del intervencionismo autárquico y el comienzo del intervencionismo del libre mercado, hizo demoler las chabolas para ceder los terrenos a constructoras privadas que alzarían altas torres (adiós a la vivienda unifamiliar, por precaria que fuese) entre las calles Torres Miranda y Fernando Poo. Sus habitantes fueron desplazados a “casa baratas” del barrio de San Fermín y en ese triángulo de oro se empezó a especular (sin banco malo mediante) con la vivienda social. Negocio viejo que llega hasta hoy.

Según el escritor londinense y psicogeógrafo Iain Sinclair deberíamos hoy sentir algo al pasear por esa parte del barrio. Y la verdad es que se siente. Es un cementerio del desarrollismo lleno de calles dedicadas a militares.