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Focos

Silvia Nanclares

Escritora, editora pro-am y activista cultural. Utiliza la ficción y el humor para entender la realidad y tratar de contarla. Trabaja e investiga en la órbita de la literatura, el mundo editorial y la Cultura Libre, desarrollando e impulsando proyectos colectivos como Helvéticas, Escuela de Escritoras o #bookcamping, colectivo de archivo e investigación editorial.

Ha publicado la colección de relatos El Sur: Instrucciones de Uso (bucolicas.cc) y colabora periódicamente en publicaciones como Diagonal o Vacaciones en Polonia. Mantiene su blog  Entorno de Posibilidades.

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Quién quiere ser madre

La sucesión de campos secos se agita desde las ventanillas del coche, despidiendo la tensión y la impaciencia alojada en nuestra casa, en nuestra ciudad, en nuestros cuerpos. Cruzamos en línea recta hasta Portugal con el reluciente y mágico kit de tiritas de ovulación bajo el brazo y un saquito de cenizas en la maleta. Mi madre nos ha propuesto a los tres hermanos que esparzamos las cenizas de mi padre por rincones del mundo que a él le gustaron o le hubiera gustado conocer. Ha confeccionado pequeños sacos con tela de arpillera, a veces áspera pero siempre confiable, como ella misma.

Llegamos a Lisboa con la devoción de los creyentes; tenemos ganas de relajarnos y de dejar el tic de contar días con las manos. Aun así, todo parece irse de vacaciones menos nuestra ansiedad y nuestro deseo. En la primera semana, casi todas nuestras conversaciones giran alrededor del tema y las cien variaciones sobre su posibilidad y su imposibilidad. A partir del octavo día nos proponemos jugar a lo que de verdad somos, una pareja reciente en su primer viaje de vacaciones de verano. Sí, vacaciones, uno de los fetiches de la pareja burguesa –la modalidad social más aceptada cuando decidimos montar una familia– y de la búsqueda de embarazo.

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Lo mejor de la cosecha de 2016

                             

Uno de esos hitos de 2016 fue la publicación del octavo tomo de Harry Potter en forma de libreto del texto teatral que se estrenó en Londres..., ¡y la gente fue en masa a las librerías igualmente! Este año se ha estimado que cada 30 segundos, un nuevo lector abre un libro de Harry Potter. Además, tuvimos también grandes dosis de magia cuando a Patti Smith le tembló la voz en la ceremonia de entrega de los Premios Nobel al cantar “ A Hard Rain’s A-Gonna-Fall” del laureado Bob Dylan.

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El amor del derecho, del revés y de todas las maneras

Luisgé Martín y su autobiografía sentimental, El amor del revés, han sido los protagonistas de nuestro programa de noviembre. La metamorfosis de un muchacho de 16 años que juró que nadie sabría que era homosexual, y que, a día de hoy, vive felizmente casado con otro hombre.

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Días de lectura y polémicas literarias

En estos días en los que Bob Dylan no acaba de aceptar el Nobel de Literatura, entre opiniones varias sobre si su obra merece o no la categoría de poesía, hemos entrevistado a la protagonista de la última polémica literaria patria: la escritora Elvira Navarro, autora del libro Los últimos días de Adelaida García Morales relato, en clave de ficción, de las jornadas que precedieron a la muerte de la escritora… y que tanto ha dado que hablar últimamente por el Erice Gate.

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Dramas, dramones y soluciones kamikaze

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Tomo y Lomo: Teatro Kamikaze

Nuevo programa monográfico de Tomo y Lomo

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Las buenas vecinas

Esta mañana una cuerda verde. Una cuerda verde trenzada que va rematada con un poco de cera quemada y se vende por metros en algunas ferreterías. Sí, esas. Una cuerda se ha roto en un piso de Arganzuela. Consuelo, nuestra vecina de enfrente, se ha quedado con el cabo suelto en la mano, probablemente con cara de boba, hasta que el estruendo de la persiana desenredándose de golpe le ha hecho dar un respingo y recordar el día que se la instalaron. “Sesenta y un años ha tardado en romperse”.

La voz estridente de la buena vecina desde el otro lado del descansillo nos saca de nuestra siesta de verano. Podéis llamarme Chelo, nos dijo el día que nos presentamos. Tiene una voz aguda pero quebrada y da besos apretados. Chelo tiene el pelo primorosamente teñido de un negro azulado que contrasta con su blanco cuero cabelludo. Chelo lleva un mandil encima de la ropa. Siempre. Chelo está encorvada. Para hablarnos levanta el cuello como la tortuga Morla. Chelo suele querer cháchara. Normal. Puede pasar días, quizá semanas, sin entablar conversación con nadie.

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Las niñas de la primera fila

Recientemente estuve en un par de clases de tercero de primaria con motivo del Día del Libro. Fui a contar en qué demonios consiste esto del oficio de escribir. En las dos clases, las primeras filas estaban ocupadas por niñas, con sus cuadernos en la mano, dispuestas a tomar apuntes de aquello sin duda indispensable que yo les iba a desvelar. Salvo algunas honrosas excepciones de niños despiertos y volcados en la actividad, las personas que participaron con más entusiasmo, hicieron preguntas, comentaron impresiones con mayor soltura, eran niñas. Me reconocí en ellas. No quise achacarlo al síndrome de la buena alumna, de la buena niña. Todavía no. Quise achacarlo al interés, a la motivación, a las ganas de aprender de aquello sin duda insignificante que yo les iba a contar (sí, en todas mis intervenciones públicas me asalta el síndrome de la impostora).

Apenas se da el síndrome del impostor. Mis amigas y yo descubrimos un día que estaba tipificado, leyendo un artículo barato de una revista "para mujeres". Lo habíamos comentado muchas veces: cuántas veces no nos habíamos sentido unas farsantes en nuestros logros profesionales, intrusas en un ciclo de ponencias, en un escenario, desclasadas en las mesas de defensa de la tesis, incómodas ante un ascenso o ante la consecución de cualquier objetivo en un concurso de méritos. "¿Cuándo me van a pillar? ¿Cuándo se van a dar cuenta de que YO no debería, no merezco estar aquí?", era la cantinela que nos perseguía en el interior de nuestras cabezas mientras, empujadas por el sentido de la responsabilidad o por la lucidez feminista también clave en la construcción de nuestra subjetividad, aceptábamos los cargos que se nos habían encomendado. Esos potenciales jueces que sin duda nos desenmascararían en breve encarnaban la autoridad. Que casi siempre viene vestida con hábito masculino. La autoridad y los hombres son sinónimos en nuestra sociedad androcentrista. El feminismo lo sabe y por eso ha luchado por construir autoridad feminista y, si queréis, femenina.

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Los otros sobres del PP

Trabajo cerca de Gran Vía y, desde 2011, no es infrecuente ver grupos de personas movilizadas en ella por distintas causas. Así que casi no presté atención esta semana al grupo que se plantaba frente a un portal con pancartas y silbatos. A punto estaba de pasar de largo cuando un montón de pegatinas que empapelaban el portal frente al que se manifestaban los trabajadores llamó mi atención. Invocaban a un tal Gruschka. Buen nombre para un villano. Me recordó a Gru. "Grushcka mata Unipapel", rezaban alguna de las pegatinas. Me paré. Pregunté a una de las manifestantes quién era el tal Gruschka.

Y me contó. Gruschka es el fundador de una empresa suiza de capital riesgo, Springwater (¡lindo nombre!), que en 2014 se hizo, con la pericia de croupier experto en economía de casino, con Unipapel (entre otras empresas), hasta entonces propiedad de Adveo, líder europeo de suministros de oficinas. "El plan era inyectar capital en la empresa, pero lo que está haciendo es dejarla morir", me explica Milagros, trabajadora de la empresa desde hace veintisiete años y que, a día de hoy, lleva sin cobrar su nómina desde abril y se expone a ser despedida sin siquiera indemnización (la empresa quiere declararse en suspensión de pagos a este respecto).

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Recuperar lo que fuimos

Mis padres odiaban lo viejo. Uno de mis bisabuelos tenía un puesto de “efectos militares” en El Rastro y el otro era pastelero en la calle Toledo. Mi abuela se crió en una corrala de la Ribera de Curtidores, su madre y sus hermanas parecían personajes sacados directamente de un sainete de Arniches. Otro de los tíos de mi madre era trabajador del matadero municipal. Matarife. Se dice pronto. Un auténtico mujik urbano de vida disoluta que, según cuenta la leyenda familiar, no acabó muy bien. A veces me repito este árbol genealógico en silencio, entre otras cosas para recordarme que la gente de Madrid también tenemos raíces, y para de paso quitarme de encima el centralismo: los de “aquí” tendemos a leer el sabor castizo como universal —tal vez porque está hecho de pedacitos de mil lugares.

Nacidos y criados en la Colonia Moscardó de Usera y en Tetúan de las Victorias, respectivamente, con su historia de amor, mis padres trazaron una línea recta entre los barrios populares del norte y el sur de la ciudad que, finalmente, se fue a salir por la tangente hacia el este, al otro lado de la autopista. Una vez casados, se mudaron a lo nuevo. Lo más nuevo. Moratalaz, un barrio nacido de la nada, construido sobre antiguas huertas, parecía un lugar tan bueno como cualquier otro para resetear y enraizar a las criaturas del baby boom en el suelo del fin de la historia y prepararlos de paso para la España por venir, libre ya de hambre y miseria.

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